Antidemocrático

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Antidemocrático es un término utilizado para referirse a una posición que rechaza la democracia como la forma más adecuada para tomar decisiones dentro de un determinado tipo de organización social. Hasta la independencia de Estados Unidos en 1776 la democracia fue rechazada de manera generalizada como forma de gobierno. Desde entonces la misma fue aceptada "a regañadientes", tanto en las organizaciones estatales como sociales y privadas. Sin embargo, contra lo que muchas veces se sostiene[1] la aceptación de la democracia no ha sido unánime, y en muchas organizaciones, campos y países, existen grupos y personas que se oponen a la democracia, sosteniendo que existen mejores formas de tomar decisiones.

El nacionalsocialismo del Tercer Reich o el fascismo durante el gobierno de Benito Mussolini son algunos de los mejores ejemplos sobre gobiernos antidemocráticos.

Contenido

Características de la posición antidemocrática

La posición antidemocrática puede apoyarse en algún tipo de pensamiento elitista, que sostiene que un pequeño grupo de miembros de la organización de que se trate, puede dirigir mejor la organización y satisfacer mejor los intereses comunes, que la mayoría. También puede plantearse en términos de que el exceso de democracia en ciertos aspectos puede ser contrario a la libertad individual y la razón, dándole a la mayoría el poder de reglar la vida privada, o argumentando que idealizar la democracia, exaltando las mayorías, puede favorecer la aparición de la oclocracia o el populismo.

Este tipo de posición suele predominar también en organizaciones militares y económicas respectivamente. En las primeras se sostiene que las características de la guerra impiden que las decisiones sean tomadas de manera deliberativa; en las segundas, el derecho de propiedad impone la preeminencia del aporte de capital sobre el aporte personal a las empresas.

En la Iglesia Católica y en las organizaciones académicas también existe una cierta presencia de criterios antidemocráticos.

Artículo de opinión

Soy antidemócrata

por Jorge Álvarez, de El Reta Blog


Hay que reconocer que la democracia tiene una capacidad asombrosa para resistir de forma rocosa a todos sus fracasos, a todas sus contradicciones y a todas sus miserias. Se ha convertido en un sistema político perfecto, no porque sea el más beneficioso para las sociedades, sino porque es capaz de sobrevivir sin un rasguño después de haber sumido a cualquier nación en el caos y en la ruina. La democracia es perfecta en el sentido en el que lo era ese organismo alienígena que se apoderaba de la nave Nostromo de la suboficial Ripley y liquidaba a casi toda su tripulación sin pestañear. O en el sentido en que era perfecta la tormenta que engullía y mandaba al fondo del mar al Andrea Gail de George Clooney.

España, una de las naciones-estado más antiguas (según fuentes, la más antigua) del mundo, con un mínimo de 500 años de existencia, se halla actualmente al borde de la extinción. Y para conseguir lo que durante siglos no lograron reyes mezquinos, gobernantes incompetentes y guerras catastróficas, han bastado sólo tres décadas de democracia. En 1931, España ya pasó por un trance similar. La democracia de la Segunda República estuvo a punto de acabar con nuestra Patria en los años treinta. La reacción del 18 de Julio de 1936 evitó que se consumara la tragedia. Pero fue un primer aviso de lo que la democracia era capaz de hacer con España en muy poco tiempo.

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Un aviso que los españoles de 1975 olvidaron, con las consecuencias que hoy están a la vista de todos: separatismo consentido e institucionalizado, insolidaridad entre las regiones, burocratización sin límites, ruina económica absoluta, tasa de paro de Libro Guiness, corrupción generalizada de la clase política en connivencia con la alta clase empresarial, sindicatos sin afiliados que reciben subvenciones descomunales, partidos políticos que velan exclusivamente por sus intereses sin importarles lo más mínimo el futuro de España y de los españoles, ahorro familiar inexistente, rupturas matrimoniales a la orden del día, tasa de natalidad bajo mínimos, aborto como método anticonceptivo, índice de fracaso escolar disparatado, pésima calidad del sistema educativo, pérdida de autoridad de los maestros, niveles altísimos de inseguridad ciudadana, invasión de inmigrantes, violencia doméstica como fenómeno cotidiano, consumo desmedido de drogas y de alcohol en amplios sectores de la juventud, precio de la vivienda prohibitivo, salarios bajos, precios altísimos, empleo precario…

Ahora una familia con dos sueldos, se las ve y se las desea para mantener un hogar con un único hijo. La cónyuge, “felizmente liberada” del machismo patriarcal, se pasa tantas o más horas que su cónyuge masculino en un trabajo fuera de casa. Sumados los sueldos de los dos, y el efecto hipnótico de la publicidad de la televisión, tienen lo justo para vivir encadenados al crédito, amarrados de por vida al pago de una hipoteca que directamente se traga el salario íntegro de uno de ellos, puteados cada fin de mes, en casas vacías de niños y repletas de cacharros de alta tecnología, visitando regularmente a un psicólogo (o psiquiatra) que les sopla otra porción de sus exiguos ingresos, consumiendo antidepresivos y pastillas para dormir. Y encima, tienen que soportar la consigna machacona de que forman parte de la generación mejor preparada de la Historia de España… De lo cual se acuerdan especialmente cuando se ven en las colas del INEM o con mucha suerte, aceptando un empleo muy por debajo de su capacitación, por un sueldo de miseria y con un contrato precario.

Y, a pesar de todo este cúmulo de fracasos, la democracia, en su perversa perfección, no sufre desgaste. Incluso cuando todo va fatal, como ocurre ahora, los idiotas de los españolitos indignados, en lugar de pedir menos democracia… ¡piden más!

Es necesario que alguien empiece a llamar a las cosas por su nombre y diga la verdad. Los problemas que han llevado a España al borde del colapso no son causa de una falta de democracia, o de una democracia que funciona mal. Y, por supuesto, la solución no pasa por profundizar más en la democracia o por buscar una democracia real. Al revés, los problemas los ha generado la democracia y lo que se hace imprescindible es que los españoles comiencen a asumir que la “democracia real” es esto, exactamente lo que tenemos ahora, y no otra cosa. Es decir, división, corrupción e incompetencia.

Hace 36 años, cuando acabó la dictadura, España era una nación próspera y unida. Había alcanzado prácticamente el pleno empleo y la convergencia económica con las naciones europeas más ricas (a pesar de no haber disfrutado del Plan Marshall), y el pueblo español, en su inmensa mayoría, estaba unido en torno a ese proyecto común con siglos de antigüedad llamado España.

Cuando murió Franco yo estaba a punto de cumplir los quince años. Mis recuerdos de aquella España son pues nítidos y fruto de la experiencia directa, no de relatos de terceros. ¿Cómo se vivía entonces?

La pareja de españoles medios tenía cuatro o más hijos a los que mantenía más que decorosamente, había adquirido una vivienda en propiedad, disponía de un automóvil utilitario y disfrutaba de sus vacaciones en familia sin necesidad de acudir al crédito. Y estas familias conseguían todo esto con un solo sueldo, casi siempre el del padre. Y además ¡ahorraban! La mujer solía atender a las labores domésticas y asumía la mayor parte de la enorme responsabilidad de la educación de los hijos. Los niños crecían rodeados de cariño pero también de disciplina, sabían jugar y divertirse, pero también respetar a los mayores. Y además, criados por sus madres, recibían una alimentación realmente sana y equilibrada, de forma que la obesidad infantil era un problema prácticamente desconocido. Comer alimentos frescos comprados cada día en el mercado del barrio por el ama de casa era una práctica bastante saludable (aunque esos alimentos no viniesen magníficamente empaquetados, ni repletos de etiquetas con indicaciones de procedencia, fecha de caducidad y lista de ingredientes). También contribuía a combatir la obesidad infantil la sana costumbre que tenían los niños de emplear los ratos de ocio en jugar con amigos y hermanos, en lugar de tragarse horas y horas de telebasura y videojuegos embrutecedores. Los colegios, públicos y privados, compartían principios básicos, como la autoridad de los educadores, la disciplina en las aulas y el estímulo del esfuerzo. Un profesor manejaba a la perfección un aula con más de cuarenta niños, cuando en la actualidad es, en muchos casos, incapaz de controlar a un grupo de veinte. Los psiquiatras y los psicólogos eran por aquellas fechas seres tan familiares para los españoles como podían serlo los marcianos. Nadie padecía cuadros de estrés, ni de ansiedad y las depresiones eran algo que tan sólo afectaba a los escasos opositores a Franco. Sólo en los últimos diez años de democracia el consumo de antidepresivos se ha triplicado, especialmente entre las mujeres tan “felizmente liberadas” (una de cada cuatro mujeres españoles toma antidepresivos habitualmente). Durante la Dictadura los suicidios en España no hicieron más que disminuir y en 1975 España alcanzó la cifra de suicidios más baja de todo el siglo XX y la más baja de Europa occidental. La democracia ha cuadruplicado la tasa de suicidios de 1975 y ha conseguido aupar a España de la última a la tercera posición en este siniestro “ranking”.

La Dictadura hacía funcionar como un reloj a una nación de 37 millones de habitantes con ochocientos mil funcionarios, mientras que hoy, 47 millones de españoles, vivimos sumidos en el caos, la arbitrariedad y la ruina con más de tres millones de empleados públicos, de los que casi tres cuartas partes corresponden a las onerosas taifas autonómicas. A la muerte del dictador había quince mil presos en las cárceles, con la democracia tenemos ya más de ochenta mil y eso sin contar con que hay miles de delincuentes reincidentes en las calles. Cuando la familia de españoles se iba de vacaciones no tenía, como ocurre ahora, que atrancar con cerrojos puertas y ventanas, ni activar sofisticados sistemas de alarma, ni rogar a sus vecinos que retirasen de vez en cuando las cartas del buzón. Los automovilistas podían circular por las ciudades con las ventanillas bajadas y las puertas sin asegurar, con un bolso de mujer o cualquier objeto de valor en el asiento vacío. También tenían por costumbre detenerse a cualquier hora del día y en cualquier carretera o camino si veían a alguien accidentado, sin temor a que se tratase de una argucia para atracarles salvajemente. Y es que la delincuencia era un fenómeno casi desconocido. Las farmacias no tenían rejas, y las de guardia no habían abierto ventanucos para dispensar medicamentos por la noche como si estuviesen vendiendo de forma clandestina. Los dependientes de las gasolineras no se atrincheraban en el interior de las mismas al caer el sol. Y los serenos rondaban plácidamente y desarmados, llevando encima las llaves de los portales de varias manzanas durante toda la noche. Si a un español en 1975 alguien le hubiese dicho que a la vuelta de pocos años muchos comerciantes acabarían construyendo en las aceras delante de sus establecimientos enormes mojones metálicos para impedir que alguna banda de delincuentes estrellase una furgoneta contra sus escaparates, directamente se habría partido de risa.

Aunque 36 años después, la cosa no está precisamente para partirse de risa…

Lo que la “Democracia Real” ha hecho con España en tan sólo tres décadas es de juzgado de guardia, así que, puestos a indignarnos, por favor, identifiquemos correctamente el objeto de nuestra indignación. Y creo que deberíamos empezar a perder el miedo a decir: “soy antidemócrata.”

Referencias

  1. Fukuyama, Francis: The end of history?, The national interest, 16, 1989; Fukuyama, Francis (1992). The end of history and the last man. New York: Avon

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