Campo de concentración

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Un campo de concentración (o campo de internamiento) es un centro de detención o de confinamiento en masa, sin juicio ni garantías judiciales, aplicado a los opositores políticos, grupos étnicos o religiosos específicos, prisioneros de guerra o en general cualquier tipo de gente que se considere peligrosa en tiempo de guerra.

Contenido

Historia

El primer registro moderno de un campo de concentración del que se tiene noticia es el campo de prisioneros de Andersonville, Estados Unidos que albergó a 30.000 federales en 1865 durante la Guerra Civil Norteamericana. Los prisioneros de este campo sufrieron una mortandad del 50%, frente al 10–15% del resto de campos en ambos bandos, y su responsable, el capitán Wirz, fue declarado criminal de guerra al terminar el conflicto.

Otros antecedentes fueron los campos de reconcentración que construyeron las autoridades españolas en la isla de Cuba, en los turbulentos momentos políticos previos a la guerra por la independencia por los que pasaba la colonia hacia el año 1896. Luego vinieron los campos de concentración creados por las autoridades británicas durante la Guerras de los Bóers en Sudáfrica (1899 - 1902), ocasión en la cual dejaron morir de hambre a 24.000 mujeres y niños bóers.

La Policía Estatal soviética (Checa, más tarde GPU, NKVD, MWD) se sirvió de una cantidad de tales campos a los que llamó Gulags para aniquilar a millones de personas indeseadas mediante trabajos forzados y subalimentación.

En Austria, el régimen dictatorial Dollfuss-Schuschnigg (1932 - 1938) instaló los tristemente célebres "campos de detención" (Anhaltelager), en los cuales los adversarios de la dictadura perdieron su libertad y su salud.

Durante la Segunda Guerra Mundial se construyeron muchos campos de concentración, tanto por los aliados como por por las Potencias del Eje para encerrar a los prisioneros capturados. Reino Unido y EE.UU. crearon en 1939 gigantescos campos de concentración, que en los EE.UU. eran llamados vergonzosamente "campos de realojamiento".

En 1953, en el marco de la Guerra Fría, los EE. UU. han vuelto a erigir ocho nuevos campos de esta índole, para, en caso de un eventual estallido de guerra, poder de este modo apartar de la vida pública a elementos indeseados o inseguros.

Campos de concentración

Crímenes de guerra

Sobrecogedor relato del Profesor Martin Brech, excombatiente de la II Guerra Mundial y exprofesor adjunto de la Cátedra de Filosofía y Religión de la Universidad de Mercy, Nueva York.


En octubre de 1.944, a la edad de dieciocho años, fui reclutado en el ejército de los Estados Unidos. Debido en gran parte a la Batalla de las Ardenas, mi formación fue interrumpida. Mi permiso se redujo a la mitad, y me enviaron de inmediato al extranjero. Llegamos a Le Havre, Francia, y fuimos rápidamente cargados en los coches y enviados al frente. Cuando llegamos allí, yo sufría gravemente síntomas de mononucleosis, y fui enviado a un hospital de Bélgica. Como entonces la mononucleosis se conocía como la "enfermedad de los besos", envié miles de cartas de agradecimiento a mi novia.

Para cuando salí del hospital, el equipo con el que me había formado en Spartanburg, Carolina del Sur, estaba en el interior de Alemania, por lo que, a pesar de mis protestas, me reubicaron en un depósito de reposición. Perdí el interés en las unidades en las que fui asignado y no recuerdo a todos ellos: las unidades que no entraban en combate no eran ridiculizadas en aquel tiempo.

A finales de marzo o a principios de abril de 1.945, fui enviado como guardia de un campo de prisioneros de guerra cerca de Andernach, a lo largo del Rhin. Tuve cuatro años de alemán en la escuela secundaria, por lo que podía hablar con los presos, aunque estaba prohibido. Gradualmente, sin embargo, se me utilizada como intérprete, y se me pidió encontrar miembros de las SS (jamás encontré ninguno).

En Andernach, cerca de 50.000 prisioneros de todas las edades estaban encerrados en un campo abierto rodeado de alambres de púas. Las mujeres se mantenían en un recinto apartado que no vi hasta mucho después. Los hombres que vigilaba no tenían refugios ni mantas; muchos no tenían abrigos. Dormían en el barro, húmedo y frio y sin letrinas. Era una fría, húmeda primavera y la miseria era evidente.

Aún mas sorprendente fue ver a los prisioneros meter césped y malezas en una lata para prepar una sopa. Me dijeron que lo hacían para aliviar el dolor del hambre. Rápidamente, empezaron a demacrarse. La disentería apareció y así dormían entre sus propios excrementos, demasiado débiles para llegar a las letrinas. Muchos rogaban por comida, enfermos y muriendo ante nuestros ojos. Teníamos abundante comida y suministro, pero no hicimos nada para ayudarlos, ni siquiera asistencia médica.

Indignado, protesté a mis oficiales y me encontré con la hostilidad o la cruel indiferencia. Cuando presioné, me explicaron que estaban bajo órdenes estrictas de "más arriba". Consciente de que mis protestas eran inútiles, le pedí a un amigo que trabajaba en la cocina si él podría deslizarme algunos alimentos adicionales para los presos. También dijo que estaban bajo órdenes estrictas de no alimentar a los presos y que esas órdenes procedían de "más arriba". Pero él dijo que había más alimentos de lo necesario y que pasaría algunos.

Cuando arrojé la comida sobre el alambre de púas a los prisioneros, me atraparon y me amenazaron con encarcelarme. Repetí la "ofensa", y un oficial con enojo amenazó con dispararme. Creía que era lo más horrible que podía ver una persona hasta que encontré a un Capitán en una colina por encima del Rhin disparando a un grupo de civiles alemanas con su pistola calibre 45. Cuando le pregunté por qué, murmuró, "Práctica de tiro" y disparó su pistola hasta acabar su munición. Vi que las mujeres corrían para protegerse, pero, a esa distancia, no podía saber si alguna había sido alcanzada.

Ahí fue cuando me di cuenta que se trataba de asesinos a sangre fría llenos de odio moralista. A su juicio, los alemanes eran una raza infrahumana y digna de ser exterminados; otra expresión de la espiral de racismo. Artículos de los periódicos "Star and Stripes", enfatizaban la importancia de los campos de concentración alemanes, completos con fotos de cuerpos descuartizados, lo que amplificaba nuestra moral y crueldad, lo que hizo que fuera más fácil de imitar el comportamiento al que se supone que nos oponíamos. También, creo, los soldados que no fueron expuestos al combate, trataban de demostrar lo duros que eran disparando a los prisioneros y los civiles.

Me enteré que estos presos eran en su mayoría agricultores y obreros, tan simples e ignorantes como muchas de nuestras tropas. A medida que pasó el tiempo, muchos de ellos parecían "zombis" por su indiferencia, mientras que otros trataban de escapar de una forma demente o suicida, corriendo a través de campos abiertos en plena luz del día hacia el Rhin, buscando apaciguar su sed. Fueron fusilados. Algunos presos estaban tan deseosos por cigarrillos como por comida, diciendo que calmaban su hambre. En consecuencia, soldados "emprendedores" adquirían hordas de relojes y anillos a cambio de puñados de cigarrillos. Cuando empecé a tirar cajas de cigarrillos a los prisioneros para arruinar este comercio, fui amenazado por soldados y oficiales de alto rango.

La única luz en este sombrío panorama llegó una noche cuando fui asignado al puesto en el "cementerio" de 2 a 4 am, a no muchos metros de distancia. Mis superiores habían olvidado darme una linterna y no me había molestado en preguntar por una, pues estaba disgustado con toda la situación de ese momento. Fue una noche bastante brillante y pronto vi un prisionero que se arrastraba por debajo del alambrado hacia el cementerio. Se suponía que debíamos disparar a cualquiera que intentara escapar, así que empecé a levantarme del suelo para advertirle para que regresara. De repente me di cuenta que otro preso se arrastraba desde el cementerio de nuevo hacia el alambrado. Arriesgaban sus vidas para llegar al cementerio por algo, tenía que investigar.

Cuando entré en la oscuridad de este matorral, ese arbolado cementerio, me sentía totalmente vulnerable, pero de alguna forma la curiosidad me hacía seguir. A pesar de mi cautela, tropecé con las piernas de alguien en posición prona. Tratando de recuperar la compostura de la mente y el cuerpo, pronto me sentí aliviado de no haber disparado accidentalmente. La figura se sentó. Poco a poco, pude ver la hermosa pero aterrorizada mirada de una mujer con una cesta de picnic: Los civiles alemanes no podían alimentar, ni siquiera acercarse a los prisioneros, por lo que rápidamente le aseguré que aprobaba lo que estaba haciendo, le dije que no tuviera miedo, y que me iría del cementerio para no entrometerme.

Lo hice de inmediato y me senté, apoyado contra un árbol al borde del cementerio para parecer distraído y no asustar a los prisioneros. Me imaginé entonces, y todavía lo hago ahora, lo que sería encontrar a una bella mujer con una cesta de picnic en esas condiciones como prisionero. Nunca olvidaré su rostro.

Eventualmente, más presos se arrastraban de nuevo hacia el alambrado. Vi que arrastraban alimentos para sus compañeros y sólo podía admirar su valor y devoción.

El 8 de mayo tomé la decisión de celebrar con algunos presos que vigilaba que horneaban el pan que de vez en cuando recibían otros presos. Este grupo comió todo el pan que podían, y compartimos el jovial ánimo generado por el final de la guerra. Todos pensamos que pronto iríamos a casa, una patética esperanza de su parte. Estábamos en lo que sería la zona francesa, donde pronto sería testigo de la brutalidad de los soldados franceses cuando transferimos nuestros prisioneros a ellos para sus campamentos de mano de obra esclava.

Poco después, algunos de nuestros débiles y enfermizos presos marcharon con soldados franceses a su campamento. Íbamos en un camión detrás de esta formación. Temporalmente bajaba la velocidad y paraba, tal vez porque el conductor estaba tan conmocionado como yo. Siempre que un alemán preso cayese o tratara de escapar, lo mataban a culatazos. Los cuerpos eran apartados a la orilla de la carretera para ser recogidos por otro camión. Para muchos, esta muerte rápida podría haber sido preferible para frenar el hambre en nuestros "campos de la muerte".

Cuando finalmente vi a las mujeres alemanas en el recinto aparte, pregunté el motivo por el que se las tenía presas: me dijeron que eran "seguidoras del campamento" ("camp followers") seleccionadas como cultivo o reproductoras de las SS para crear una superraza. Hablé con algunas y debo decir que nunca conocí un grupo más enérgico y atractivo. Ciertamente, pensé que nunca merecieron estar presas.

El hambre empezó a propagarse entre la población civil alemana también. Era una algo común ver mujeres alemanas hasta sus codos en nuestra basura en busca de algo comestible.

Cuando entrevisté a los alcaldes de los pequeños pueblos y aldeas, me dijeron que su suministro de alimentos había sido quitado por "personas desplazadas" (extranjeros que habían trabajado en Alemania) los cuales empacaron la comida en camiones y se la llevaron. Cuando informé de esto, la respuesta fue un encoger de hombros. Nunca vi a la Cruz Roja en el campamento o ayudando a los civiles, a pesar de que su café y rosquillas estaban disponibles en cualquier lugar para nosotros. Entre tanto, los alemanes tuvieron que confiar en la distribución de los almacenes ocultos hasta la próxima cosecha.

El hambre hizo a la mujer alemana más "disponible", pero a pesar de esto, la violación era frecuente y, a menudo, acompañada de violencia innecesaria. En particular, recuerdo a una mujer de dieciocho años, que le rompieron su rostro con la culata de un rifle, y luego fue violada por dos soldados. Incluso los franceses se quejaron de que las violaciones, saqueos y destrucción por embriaguez por parte de nuestras tropas eran excesivas. En Le Havre, nos habían dado folletos de advertencia de que los soldados alemanes habían mantenido un alto nivel de comportamiento con la población civil francesa que era pacífica, y que debíamos de hacer lo mismo. En esto, miserablemente hemos fracasado.

Me doy cuenta de que es difícil para el ciudadano común y corriente admitir haber atestiguado un crimen de tal magnitud, especialmente si lo implica a uno mismo. Incluso soldados que se compadecían de las víctimas me dijeron que tenían miedo de quejarse y meterse en problemas. Y el peligro no ha cesado. Desde que hablé hace unas semanas, he recibido amenazas telefónicas y rompieron mi buzón de correo. Pero vale la pena. Escribir sobre estas atrocidades ha sido una catarsis de sentimientos que he reprimido durante mucho tiempo, una liberación, y quizás recordará a otros testigos que "la verdad os hará libres, no tengan miedo". Incluso podemos aprender una lección suprema de todo esto; sólo el amor puede conquistar todo".

Fuente: In 'Eisenhower's Death Camps': A U.S. Prison Guard Remembers, en The Journal of Historical Review, Summer 1990 (Vol. 10, No. 2), pp. 161-166. (en inglés)

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