Edad Media

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Iglesia Medieval
Caballero Medieval

La Edad Media es un período histórico de la civilización occidental que abarca un período de tiempo de mil años que abarca desde los siglos V d.C. (Caída del Imperio Romano en el año 476) al siglo XV d.C. (Caída de Constantinopla en 1453), aunque estas referencias son arbitrarias y establecidas con fines prácticos, ya que algunos estudiosos consideran el fin de la Edad Media a partir de la invención de la Imprenta moderna en 1449, o incluso a partir de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492.

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Origen del nombre Edad Media

No cabe duda alguna de que la historiografía moderna ha logrado el monopolio de la academia no solo desde el ámbito de la propia producción historiográfica sino además del lenguaje. Esto es fácilmente constatable con el solo análisis del título con el que este período histórico ha sido denominado. La Edad Media en Europa fue un período en el que la concepción filosófica del mundo estaba regida en gran medida por la religión cristiana y en donde todas las dimensiones de la vida eran abarcadas por esta concepción o cosmovisión filosófico-religiosa. De esta manera, el iluminismo triunfante desde el siglo XVIII ha catalogado a esta fase de la historia con más de diez siglos de duración con el epíteto de “Media”; un ciclo que no tiene más razón de ser que una fase intermedia entre la Antigüedad grecolatina y la Modernidad “triunfante”. De la misma manera, es común que en el círculo académico y periodístico se hable de los Dark Ages, “Años de oscuridad” u "Oscurantismo", pues la religiosidad de la época es para la cultura materialista dominante, sinónimo de oscuridad, retroceso, persecución y muerte, reflejando con ello los códigos del pensamiento dominante en la época moderna. Nada más alejado de ello. El historiador medievalista francés Fossier ha señalado la vital importancia de este período de la historia occidental para comprender nuestra actual forma de ver el mundo y el carácter netamente aperturista de la época en cuanto a libre pensamiento e investigación científica entre otras.

Los componentes de la Edad Media

La Edad media es un período de tiempo en el que tres grandes componentes dan forma a toda una cosmovisión. Estas son la romanidad, el cristianismo y el mundo germánico. Cada uno de ellos brindará su lógica y dimensiones sociales políticas y culturales que brindarán una simbiosis particular que con el correr del tiempo, fundarán lo que hoy se conoce como Europa. Europa no hubiese sido posible sin el medioevo, ya que la europeidad no se circunscribe a una zona geográfica delimitada por límites artificiales creados por el hombre sino a una realidad civilizatoria, una forma de ser y sentir el mundo.

Lo que inaugura la Edad Media

A pesar de sostenerse que el período del medioevo fue una época estéril en cuanto a desarrollo científico y apertura del pensamiento, es en estos diez siglos que el mundo verás gestarse las grandes inauguraciones de la historia de occidente y el mundo entero.

En primer lugar, la edad media racionaliza el tiempo, razón por la cual, a través de las campanas de las cientos de iglesias y parroquias que poblaron uno y otro punto de Europa, el pueblo europeo logró en gran medida, despegarse en cuanto a mentalidad productiva respecto a otros pueblos.

En segundo lugar, la edad media inaugura la pareja. La posibilidad de que tanto el hombre como la mujer sean considerados sujetos de derechos en igualdad de condiciones. Este componente claramente germánico fue integrado a una romanidad que no consideraba a la mujer un adulto, sino un menor de edad eterno. La mujer del medioevo tiene la posibilidad de elegir libremente su pareja, pues el derecho medieval incluso estipula que una de las razones entendibles de una separación es la insatisfacción sexual de la mujer. Cabe destacar que la visión cristiana del ser humano ayudó en toda esta concepción de igualdad. Aparece el amor como posibilidad de unir a un hombre y una mujer ya que el casamiento de la antigüedad grecorromana no contemplaba este sentimiento.

El molino de viento y agua, la máquina de vapor que extraía el mismo de las minas, las roturaciones de la tierra con el arado de metal y el reloj mecánico del mediterráneo italiano del siglo XIII, son en tercer lugar la prueba clara de que el medioevo crea la máquina. La revolución industrial, sostiene el historiador y economista David Landes, no hubiesen sido posibles sin la Edad Media.

Finalmente, la Edad Media crea Europa. El cristianismo unifica a los cientos de pueblos que hasta entonces poblaban un territorio pero al cual no los unía más que la razón de haberse establecido allí. La religión monoteísta cristiana cohesionó a decenas de monarcas bajo una misma espada y una misma fe.

La organización medieval

Según J. D. Mooney, durante la época medieval hubo una notable evolución de los sistemas organizativos como resultado del debilitamiento del poder central de los últimos días del Imperio Romano. La autoridad pasó al terrateniente el cual tuvo poderes extraordinarios para fines tributarios y de policía dentro de su dominio o saltus. Se extendió también la "commendatio" o entrega de tierra por parte de un pequeño terrateniente que vivía en ella como precarium para su protección, posteriormente se le cobraba una cuota vitalicia a través del "beneficio", y por último el "beneficio" se convirtió en feudo que los vasallos recibían en ceremonias por servicios especiales prestados casi de carácter militar. Estos vasallos hacían lo mismo como otros y así se estableció una pirámide feudal en cuya cúspide estaba el rey. El rasgo característico del feudalismo es la naturaleza de la autoridad que delegaba el rey, quien investía a su vasallo como autoridad revocable a voluntad. En donde los vasallos dependían poco del rey y sólo los controlaba por el juramento de lealtad, por lo que en muchos casos esta obligación descansaba mas bien en el honor personal que en el reciproco interés, por lo que las personas situadas en la base de la pirámide feudal dependían de su señor inmediato pero esta dependencia no se daba en gradaciones hasta la cima.

En tales condiciones, o los vasallos se desprendían de la autoridad haciéndose independientes, o bien, el rey por medio de otras fuentes de poder, conseguía reducir a los vasallos a la condición de súbditos. Lo primero sucedió en Alemania y lo segundo en Francia.

Los campesinos o siervos, gozaban de una economía propia basada en el trabajo personal en donde el señor feudal les prestaba la tierra y el tiempo de trabajo se dividía en dos: El tiempo necesario, en el que creaba el producto necesario para su sustento y el tiempo adicional en el que se creaba un excedente que se apropiaba el señor feudal en la forma de renta del suelo y que además se podía pagar con trabajo, con dinero o en especie.

La Ley económica fundamental del régimen feudal, consiste en la obtención de un plus-producto por los señores feudales, en forma de renta feudal.

El sentido de la caballería

Para el filósofo italiano y tradicionalista Julius Evola, La caballería es al Imperio, lo que el sacerdote a la Iglesia en la época medieval. Y así como el Imperio conoció el intento de reconstruir la unidad suprema de los dos poderes según el ideal pagano, igualmente la caballería conoció un intento de referir a un plano ascético, es decir, metafísico e iniciático, el tipo del guerrero, del aristócrata y del héroe. En el ideal político medieval, donde hemos señalado un doble aspecto -uno relativo al "ethos" feudal, el otro al aspecto interno del mito del Imperio- de irreductibilidad, ética y esotérica.

Por lo que respecta al primer aspecto, relativo al ethos, la constatación es casi banal. La caballería, teniendo por ideal al héroe antes que al santo y al vencedor antes que al mártir; para quien todos los valores se resumían en la fidelidad y el honor, más que en la caridad y el amor; viendo en la dejadez y la vergüenza males peores que el "pecado": poco inclinado a no resistir al mal y a devolver bien por mal, sino, más bien, habituada a castigar la injusticia y devolver mal por mal; excluyendo de sus filas aquellos que mantuvieran el principio cristiano de "No matarás", teniendo por principio no amar al enemigo sino combatirlo y no demostrar magnaminidad con él sino tras haberlo vencido; en todo esto la Caballería afirma, casi sin alteración, una ética heroico-pagana y aria en el seno de un mundo que tenía de católico solo el nombre.

Hay más. Si la "prueba de las armas", la solución de las conflictos por l fuerza, considerada como una virtud concedida por Dios al hombre para hacer triunfar la justicia y la verdad, es la idea fundamental sobre la que reposa el espíritu caballeresco y se extiende del derecho feudal al plano teológico proponiendo el uso de las armas y el "juicio de Dios", incluso en materia de fé, tal idea pertenecía, también, al espíritu pagano; más directamente aún, se refería a la doctrina mística de la "Victoria", que, extraña a los dualismos propios de las concepciones religiosas, unía el espíritu a la potencia, transformando la victoria en una especie de consagración divina, al vencedor y al héroe en un ser tan próximo a los "cielos" como podía estarlo un santo o un asceta; mientras que asimilaba al vencido, por el contrario, al culpable y casi al pecador. Las edulcoraciones teístas en nombre de las cuales, en la Edad Media se quería ver, alegóricamente, una intervención personal y directa de Dios, no muestran nada del fondo anticristiano presente en las costumbres de los que acabamos de hablar y que restituye al concepto de "gloria" (reducida por el cristianismo a la aureola de los santos y de los mártires) su significado original y viril, ya que la "gloria", es el varenô iranio, el arr de las más recientes tradiciones, es decir, el fuego divino propio de las naturalezas solares que alumbra a los reyes de la victoria su derecho de orden trascendental. Se nos objetará: la caballería ¿acaso no ha reconocido la autoridad de la Iglesia? La caballería ¿no emprendió las cruzadas en defensa del cristianismo? si, esto es cierto, pero debe ser situado en su justo lugar, sin olvidar todo lo demás. Si el mundo caballeresco, en general, proclama su fidelidad a la Iglesia, y también, al mismo tiempo al Imperio, demasiados elementos hacen pensar que, más que una aceptación de la creencia cristiana, se trataba de un homenaje similar al que se rendía igualmente a los diversos ideales y a las "damas" hacia las cuales el caballero se volvía de forma desindividualizada, pues, para él, y conforme a la vía que se había trazado, solo era decisiva la facultad genérica del sacrificio heroico de su propia felicidad y de su vida, y no el problema mismo de fe en el sentido específicamente teológico. En realidad, el espíritu mismo de las Cruzadas no fue diferente. En el ideal de las Cruzadas, se reencuentra aquel, no reductible evidentemente solo al cristianismo evangélico, pero fácilmente reconocible, por el contrario, tanto en la tradición irania como en la hindú (Bhagavad-gita) o en el Corán, sin hablar de las concepciones clásicas referidas a la mors triunphalis o la "guerra santa" como vía heroica de superación de la muerte y de inmortalización.

Incluso admitiendo que se combatiese para liberar a la tierra en la que murió el apóstol galileo, en las Cruzadas se encuentra una vez más, un fenómeno que, por su origen, entraba en el marco de estas visiones del mundo a las cuales pertenece la máxima: "La sangre de los héroes está más cerca Dios que las oraciones de los devotos y la tinta de los sabios", que mantenía el Walhalla (el "palacio de los héroes") como ideal celeste, la "isla de los héroes" donde reina el rubio Radamante sobre el trono de los inmortales -y no de la concepción que participando del horror pelasgo-meridional hacia la sangre, había adoptado la sentencia agustiniana: "Aquel que puede pensar en la guerra y soportarla sin grave dolor, verdaderamente ha perdido todo sentido de lo humano", y expresiones aun más drásticas como las de un Tertuliano, fiel al evangelio de "quien a hierro mata a hierro muere" y al mandato de Jesús a Pedro de retornar la espada a su vaina.

En realidad, si los cruzados pudieron aparecer como cristianos y ser queridos y santificados por la Iglesia, la conclusión que debe extraerse de todo esto, es que la tradición heroica, nórdico-germánica, ha terminado por privar sobre el cristianismo, incluso durante las Cruzadas. En lugar de una edulcoración de esta tradición en cristianismo, se constata, por el contrario, tras las formas cristianas, la restauración de la antigua virilidad espiritual, donde la vía del guerrero sacro, sustituye a la del santo y el devoto.

El tipo de guerrero sacro es, en el fondo, el tipo del caballero de las grandes órdenes medievales. En ellas la idea ascética se une al ethos nórdico, y fueron órdenes que practicaban, no en el sentido religioso, sino en el heroico, los mismos votos que los monjes: en fortalezas, en lugar de la del incienso. Poseyeron ceremonias regulares de consagración, llegaron en ocasiones hasta a ser dotados de iniciaciones en el sentido propio y de símbolos enigmáticos propios de una espiritualidad superior. A este respecto, la orden de los Templarios fue naturalmente una de las más significativas: y aún más significativa, fue su feroz destrucción bajo los golpes de la Iglesia y de un soberano, enemigo de la aristocracia y ya próximo al tipo laico moderno, como Felipe el Hermoso. Se sabe que, entre las acusaciones llevadas contra los Templarios, existía, en el grado preliminar de su iniciación, el imponer al neófito el rechazo al símbolo de la cruz, de ver en Jesús un falso profeta cuya doctrina no conducía a ninguna salvación. Otra acusación se refería a ritos abominables entre los cuales, se decía, figuraba, la quema de los niños. La colaboración sacrílega expresamente dad a estas supuestas confesiones arrancadas mediante la tortura: a pesar de la declaración clara y concordante de parte de los acusados de que se trataba de símbolos, no debe impedirnos presentir un sentido mucho más profundo. Rechazando la cruz, no se trataba, con toda seguridad, más que de rechazar una forma inferior de creencia, en nombre de una forma superior. La famosa acción de quemar a un recién nacido no significa otra cosa que el bautismo del fuego destinado a la regeneración (este símbolo puede ser aproximado al de la salamandra animal que, como el Fénix inmortal, se baña en el "fuego" del renacimiento heroico) -que es también uno de los signos que Federico II habría recibido del "Preste Juan"- rito que puede también hacer pensar en la ceremonia ritual de los cadáveres practicada por casi todas las grandes civilizaciones arias, y especialmente prescrita por Odín para aquellos que están destinados a entrar en el WalHalla.

Por otra parte, el simbolismo del Templo, al cual se habían consagrado los templarios, y por el cual la mayor parte de los cruzados luchaban y morían en la esperanza de transmutar la muerte en vida nueva e inmortalidad, de obtener la "gloria absoluta" y "conquistar un lecho en el paraíso", no se reduce sin más a ser un sinónimo de Iglesia. Justamente se ha dicho que el Templo es un término más augusto, vasto y menos condicionado que el de "Iglesia". El Templo está por encima de la Iglesia: las iglesias pueden destruirse, pero el Templo permanece como el símbolo del parentesco de todas las grandes tradiciones espirituales y de la peremnidad de su espíritu. Es por ello que el gran movimiento universal de las Cruzadas hacia Jerusalén, hacia el Templo en vista del cual Europa realiza, por primera y última vez, el ideal imperial de una unidad supranacional a través del rito de la acción y de la guerra santa, no está desprovisto, en nuestra opinión de un significado esotérico. El papel que jugaron los albigenses y los templarios, su carácter eminentemente gibelino, deberían bastar para atraer la atención. En realidad, en la corriente hacia Jerusalén se esconde frecuentemente una corriente oculta contra la Roma de los papas y que Romo, sin percibirlo, alimentaba ella misma, de la que la caballería era la militia y que debía encontrar su apoteosis con un emperador estigmatizado por Gregorio IX como aquel "que amenaza con sustituir a la fe cristina por los antiguos ritos de los pueblos paganos y, acusado en medio del templo, de usurpar las funciones del sacerdocio".

La figura de Godofredo de Bouillon -representante más significativo de la caballería de las Cruzadas, llamado lux monachorum (lo que nos lleva de nuevo a la unidad del principio ascético y espiritual y del principio guerrero propio de estas órdenes)- tal figura es la de un príncipe que no acepta ascender al trono de Jerusalem, sino después de haber traído a Roma la sangre y el fuego, matando con su propia mano al anticésar Rodolfo de Rhinfeld, y expulsa al papa de la ciudad de los Césares.

Además, la leyenda establece un "parentesco" significativo entre este rey de los Cruzados y el mítico "Caballero del Cisne" (el Helias francés, el Lohengrim germánico) quien, a su vez, se refiere a símbolos imperiales paganos (se piensa incluso en una conexión genealógica con el mismo César), solares (ver las relaciones etimolóligas entre Helias, Helio y Elías) y pagano- hiperbóreas (el cisne que conduce Helias o Lohengrin a la "sede celeste" es el mismo animal emblemático que lleva Apolo entre los Hiperbóreos y aparece frecuentemente en las huellas paleográficas del culto nórdico-ártico prehistórico). Tal conjunción de elementos hace de Godofredo de Bouillon fuera un símbolo más -en relación con las mismas Cruzadas- dando el verdadero sentido a esta fuerza secreta que, en la lucha política de los emperadores germánicos y en el triunfo mismo de un Otón I, no revela más que su manifestación superior más visible.

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