Mesianismo

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El mesianismo es una concepción del mundo que se caracteriza por la esperanza en la llegada de un Mesías (rey ungido de Israel) que surge como resultado de un largo proceso histórico y político, en la antigua Palestina. La cultura mesiánica, depositaria de un saber escatológico que habla sobre el fin de los tiempos y sobre un salvador redentor del pueblo judío, estaba centrada en el concepto de El Mesías o Ungido, y su data de nacimiento se remonta a la época del profeta Daniel, cuando los judíos estaban bajo el poder de los seleúcidas.

Contenido

Genealogía del Mesianismo

El mesianismo del mundo judío estaba basado, esencialmente, en dos componentes harto diferenciados que no se vinculan entre sí necesariamente. El primero de ellos es la creencia o la esperanza en la llegada de un rey, o Mesías que unificaría el reino del norte (Israel) con el reino del sur (Judá) y traería al pueblo judío una época de paz y prosperidad como la que recordaban de los días del rey David y el rey Salomón. El otro componente del mesianismo es la creencia de que el advenimiento del Mesías será precedido por una época terrible que marcaría de un modo escatológico el fin de los sufrimientos de Israel. Esta concepción escatológica fue elaborada sobre la base de un conjunto de profecías que, en su verdad desnuda, no eran otra cosa que una manera de defenderse ante la amenaza o la realidad de la opresión. De hecho, los judíos fueron los únicos en desarrollar este tipo de profecías, la profecía escatológica que habla sobre el fin de los tiempos. Los judíos se diferenciaban de los otros pueblos en el hecho de que su actitud ante la historia estaba unida a la convicción de que tenían una misión en la historia. A diferencia de los otros pueblos ellos fueron los únicos en estimar que su dios no era únicamente de ellos, sino que era el único dios verdadero de todas las naciones, y que los había escogido a ellos para llevar a cabo la misión de realizar su voluntad, la dominación del mundo. De esas creencias los judíos sacaban variadas consecuencias. Algunos creían que por ser el pueblo escogido de dios, ello les obligaba a iluminar a las otras naciones para llevar la salvación de dios hasta los más apartados rincones de la tierra. Pero, paulatinamente, se fue haciendo más popular la creencia, según la cual, ser el pueblo elegido era sinónimo de un triunfo total sobre las otras naciones (dominación del mundo) y una prosperidad ilimitada que dios les otorgaría en el fin de los tiempos. Esta creencia pudo haberse forjado ante la dura realidad que los judíos tenían que enfrentar sometidos, como estaban, a las derrotas, las deportaciones y la dispersión.

El Profeta Daniel

La apocalíptica escatológica, antes del profeta Daniel, señalaba ya que la nueva Palestina surgiría de una inmensa catástrofe cósmica como un nuevo Edén; que por apartarse de dios, el pueblo judío debería ser castigado con el hambre y la peste, y debería ser sometido a un juicio muy severo que diera lugar a una total purificación; que dicho juicio tendría lugar el día de la Ira en el que el Sol y la Luna se oscurecerían, se juntarían los cielos y la tierra se estremecería; que allí serían juzgados los incrédulos, pero que un remanente salvador de Israel sobreviviría a estos castigos, cumpliéndose con él el designio divino; que, luego de esto, dios no insistiría en su venganza y se convertiría en un libertador; y, por último, que dios, junto con el único sobreviviente, el salvador justo, y los santos muertos, se reuniría de nuevo en Palestina para ser Juez y señor.

Con Daniel, sin embrago, se inicia una apocalíptica escatológica dirigida a los estratos más bajos de la población. Allí, en cuanto al castigo, el tono de voz es aún más crudo. En el sueño de Daniel, escrito hacia el año 165 antes de la era cristiana se fija el primer Apocalipsis que puede ser tomado propiamente como tal. Este es escrito en una época en que Palestina estaba bajo el poder de la dinastía greco-siria de los seleúcidas. El pueblo se hallaba dividido entre aquellos que adoptaban fácilmente las costumbres griegas y aquellos que se aferraban a las tradiciones judías. Es entonces cuando Antíoco IV Epífanes interviene a favor del partido pro-griego y prohíbe la práctica de la religión judía. Los pro-judíos responden violentamente a las pretensiones de Antíoco IV Epífanes y dan lugar a la insurrección conocida en la historia judía como "la revuelta macabea". El sueño de Daniel es escrito en estas circunstancias.

De acuerdo con lo establecido por Daniel en su sueño, el mundo es dominado por un poder tiránico cuya capacidad de destrucción es ilimitada. Según los judíos, el despotismo de ese dominio se hará cada vez más insoportable, hasta que llegue la época del Mesías en las que guiados por él lograran liberarse. Entonces, según los ellos, les será dado a los judíos heredar la tierra y así culminará la historia. El reino de los judíos superará, supuestamente, a todos los reinos anteriores y no tendrá sucesor.

Construcción de la Idea del Mesías

Desde la anexión de Palestina por Pompeyo, en el año 63 antes de la era cristiana, hasta la guerra judía de los años 66-72 de la era cristiana, la lucha de los judíos en contra de los romanos era estimulada por esta apocalíptica militante que databa de los tiempos de Daniel y que no había dejado de elaborarse desde entonces. Así, la propaganda subversiva en contra de los romanos se acomodaba muy bien con la fantasía de un salvador escatológico. Ese salvador del pueblo de Israel fue concebido, al comienzo, como un simple monarca descendiente del rey David y restaurador de la Nación. Pero con el tiempo, a medida que la situación política se hacía más desesperada, el semblante de este salvador se fue transformando, paulatinamente, hasta aparecer como la figura de un ser sobrehumano dotado de poderes excepcionales. En el sueño de Daniel, el Hijo del Hombre (forma particular que cobra en Daniel la figura del Salvador), parece personificar a todo Israel. No se trata allí, por tanto, de la figura de un solo hombre: el Mesías profetizado no sería otro que el propio pueblo judío. Pero, apenas un siglo más tarde, esta idea había cambiado, adquiriendo los ribetes fundamentales con los que aparecería en los tiempos de Jesús.

Desde Daniel a Esdras el sentido y la significación del Mesías se ha ido transformando, precisando y especificando. Menos de un siglo los separa. En Esdras, la significación del Mesías es mucho más concreta que en Daniel: el Mesías es el León de Judá, que con su rugido consume a su última bestia, el águila romana; y es también, el Hijo del Hombre, que aniquila con la tormenta y con el fuego de su aliento a las multitudes de gentiles y reúne a las diez tribus dispersas de Israel por tierras extrañas y establece en Palestina un reino de paz y de armonía. En todos estos apocalipsis la cizaña, el rencor y el espíritu revanchista en contra del victorioso Imperio romano es evidente.

Apocalipsis de Baruch

En el Apocalipsis de Baruch, el Mesías aparecerá únicamente en el momento culminante de la historia. Según Baruch, debe venir un tiempo de terrible opresión e injusticia, el del último y peor imperio, que para ellos, por cierto, se identifica con el Imperio romano. Cuando el poder de los romanos sobre los judíos haya alcanzado su punto culminante aparecerá el Mesías. El Mesías de este período es representado como un gran guerrero que vencerá y aniquilará a los ejércitos enemigos, tomará cautivo al caudillo de los romanos y lo ajusticiará en el Monte Sión. Luego de esto establecerá un reino que permanecerá hasta el fin de los tiempos. El pueblo judío, entonces, dominará sobre todas las naciones.

Mesianismo en el Siglo I

Debido a que el conflicto con Roma se hizo cada vez más duro, el mesianismo se fue transformando en una cuestión cada vez más popular. Fue precisamente esta fe demencial en un Mesías prometido lo que impulsó a los judíos al levantamiento contra Roma que culminó con la destrucción del Templo y de Jerusalén hacia el año 70 de la era cristiana. Y fue también el mismo mesianismo el que los condujo a la sangrienta revuelta del año 131 de la era cristiana, encabezada por Simón Bar Cochba, el último de los Mesías de ese período de la historia de Israel. La ejemplar represión contra este último levantamiento judío terminó por opacar su belicosidad política y acabó definitivamente con sus esperanzas en un Mesías guerrero. A partir de allí, surgirán entre las comunidades dispersas muchos Mesías, pero ninguno de ellos capaz de encabezar un levantamiento armado.

Mesianismo Cristiano

En el siglo I de nuestra era será un grupo judío marginal, conocido entonces como los cristianos, el que abrazará las esperanzas mesiánicas contenidas en el sueño de Daniel. Esas esperanzas mesiánicas estaban cifradas, para ellos, en la segunda venida de Jesús. Puesto que identificaban a la figura del Mesías con un carpintero muerto en Jerusalén hacia el año 36 o 37 de la era cristiana, de lo que se trataba ahora, para ellos, era de la segunda venida del Mesías. Los cristianos o nazarenos, como se les conocía entonces, consideraban la historia (al igual que los judíos que los habían precedido) como dividida en dos épocas, en el antes y el después de la victoriosa venida del Mesías. Como el Mesías se había apersonado en la figura del carpintero Jesús, los nazarenos confiaban en la inminencia de una segunda venida, victoriosa y final. La convicción de los cristianos era la de que la segunda venida de Jesús ocurriría pronto, en poder y majestad, y que se establecería un reino mesiánico sobre la tierra que duraría mil años. Dado que los cristianos no eran otra cosa que un movimiento de reforma del judaísmo, imaginaron la época mesiánica con las categorías de las apocalípticas judías. Ahora bien, la idea de que la segunda venida era inminente fue, poco a poco, perdiendo su vigor y su fuerza. A medida que pasaban los años fue haciéndose evidente que la segunda venida de Jesús no estaba a la vuelta de la esquina. Paulatinamente, los innumerables Apocalipsis cristianos fueron siendo desacreditados hasta no subsistir más que uno solo, el Apocalipsis de Juan. De todos modos, pese a que la segunda venida de Jesús no se produjo nunca, el cristianismo logró imponerse.

Fuente

  • Martín Geneve, El Mito de Cristo

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