Bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki

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Artículo destacado
Hiroshima devastada por el bombardeo estadounidense
Explosión atómica sobre Hiroshima
Explosión atómica sobre Nagasaki

Los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki (ciudades de Japón) fueron lanzados por Estados Unidos el 6 de agosto y el 9 de agosto de 1945. Estas han sido las dos únicas bombas atómicas con uso militar no experimental de la historia mundial. En pocos segundos, ambas ciudades quedaron devastadas. Se calcula que en Hiroshima, la bomba mató a más de 120.000 personas de una población de 450.000 habitantes, causando otros 70.000 heridos y destruyendo la ciudad casi en su totalidad. En Nagasaki, el número de víctimas causadas directamente por la explosión se estima en 50.000 mortales y 30.000 heridos de una población de 195.000 habitantes. A estas víctimas hay que sumar las causadas por los efectos de la radiación nuclear. De una población de 645.000 habitantes, el número de víctimas pudo sobrepasar las 400.000 o 500.000, de ellas, 200.000 o 250.000 mortales (los datos difieren según diversas fuentes).

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Consecuencias

Pasados los minutos se vieron masas de gente viva, con jirones de piel colgando a consecuencia de las quemaduras de tercer y cuarto grado. Había mutilados por los escombros, personas quemadas parcialmente sólo por el lado expuesto a la explosión.... Los incendios se sucedían uno tras otro.

Media hora más tarde empezó a suceder algo extraño: empezó a caer una lluvia de color negro. Esta lluvia traía el carboncillo condensado de todo material orgánico quemado (entre ellos las víctimas humanas), y del material radiactivo de la bola de humo que se había levantado. Esta lluvia causó muchas víctimas días después por anemia, espasmos y convulsiones de origen hasta entonces misterioso. La lluvia negra empezó a caer al noroeste. Sus efectos se sintieron incluso en algunas zonas lejanas.

El caos, el desconcierto y la ruina fueron totales. El paisaje calcinado adquirió un tono gris uniforme, como si el color se hubiera extinguido. El pasto se volvió rojo grisáceo. El 92% de las edificaciones sólidas de Hiroshima quedaron arrasadas.

Críticas al bombardeo

Casi de inmediato después del término de la Segunda Guerra Mundial, y persistiendo, se han cuestionado desde el punto de vista ético los bombardeos atómicos sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

EE.UU. violó la convención de La Haya, que fueron los tratados estipulados en 1899, 1907 y 1923 (la ley sobre la guerra aérea), que en su acápite 23 trata sobre normas de bombardeos a objetivos militares y que prohíbe expresamente el bombardeo de ciudades con civiles, aunque haya objetivos militares incluidos en su perímetro.

Se calcula que cada ciudadano japonés muerto por el bombardeo atómico costó inicialmente a los EE.UU. entre 5.000 a 8.000 dólares, esta cifra aún sigue decreciendo.

El uso de armas atómicas ha sido calificado de bárbaro. En la actualidad se dice que el presidente Harry S. Truman estaba efectivamente informado de que el emperador Hirohito tenía la intención de rendirse en breve. Además en el momento del ataque el territorio estadounidense no estaba en peligro.

Artículo de opinión

Hace ahora exactamente 70 años. La espantosa verdad tras los bombardeos norteamericanos de Hiroshima y Nagasaki, por Christophe Servan - (extractado de "Último Reducto")


Sumemos un poco, por macabro que sea. Sin hablar de los heridos y mutilados, éstos son los muertos por los bombardeos anglo-norteamericanos: Hiroshima y Nagasaki (250.000), Tokio (150.000), Hamburgo (50.000), Dresde (250 .000), otras ciudades alemanas (Kassel, Darmstadt, Pforzheim, Swinemünde, etc.: 60.000). El presente artículo sólo trata, sin embargo, de aquellos cuyo septuagésimo aniversario ahora conmemoramos.

Hace setenta años Harry Truman daba la orden de bombardear Japón con el arma nuclear: probablemente la decisión de más duras consecuencias tomada por un solo hombre en toda la historia de la humanidad. En vísperas de este aniversario, el instituto de sondeos YouGov formuló a los norteamericanos la siguiente pregunta: “¿Tuvo razón Estados Unidos o se equivocó al lanzar dos bombas atómicas sobre Japón?”. Un 46% respondió sí tuvo razón, y un 29% no. En el mismo momento en que miles de sus compatriotas se conmueven por la muerte (vil) de un león en el fondo de las selvas de Zimbabue, el resultado de este sondeo parece incomprensible. La explicación hay que buscarla, sin duda, en la propaganda oficial lanzada por Washington desde el día siguiente de los bombardeos, a saber: un mal necesario para acortar la guerra y ahorrar un número aún mucho mayor de vidas. Lo chocante es que al cabo de tantos años el pueblo norteamericano aún pueda creerse semejante fábula. ¿Será tal vez que el crimen es demasiado horrible para ser mirado de frente?

La verdad —irrebatible ante los cuantiosos documentos de toda índole actualmente desclasificados— es la siguiente. Dos días después de la primera bomba sobre Hiroshima, el primer ministro Kantaro Suzuki se dirigió a los miembros de su gobierno diciéndoles: “Dadas las actuales circunstancias, no nos queda más remedio que capitular sin condiciones”. Lo declarado en el curso de dicha reunión fue hecho público de inmediato. Pero ello no fue óbice para que el día siguiente se tirara una segunda bomba. Japón “era incapaz de sostener una invasión más allá de octubre, y el Estado Mayor estadounidense lo sabía”, declara Paul H. Nitze, subsecretario de Estado de Defensa, en su libro From Hiroshima todo Glasnot (pp. 44-45). Japón “se había resignado a una rendición sin condiciones mucho antes de agosto”, insiste Ralph A. Bard, subsecretario de Estado de Marina (US News & World Report, 15 de agosto de 1960). El país “estaba dispuesto a capitular, era totalmente inútil golpearlo con semejante monstruosidad”, confesó el general Eisenhower, interrogado por Newsweek en noviembre de 1963.

Para explicar lo injustificable, la historiografía relativa a este acontecimiento destaca dos tesis. La primera la resume el secretario de Estado de Defensa Henry L. Stimson en los siguientes términos: “En el departamento de Estado ganó la idea de usar la bomba atómica como un arma diplomática (en contra de los soviéticos)”. Una tesis contra la cual Paul H. Nitze (antes citado) lanzó esta mortífera frase: “Para impresionar a los rusos hubiese sido sumamente simbólico lanzar las bombas sobre una de las islas desiertas del norte del archipiélago (nipón) que Stalin quería recuperar después de la guerra”. Otra idea parecida nos la proporciona el general de brigada Carter W. Clarke, entonces responsable del contraespionaje: “Era inútil y sabíamos que lo era: queríamos utilizar a los japoneses como cobayas en una experimentación a tamaño real”, escribe en The Decision to Use the Atomic Bomb (p. 359). Sin comentarios.

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