Licurgo

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Licurgo según el pintor neoclásico Merry-Joseph Blondel (1781-1853), en su obra Lycurgue

Licurgo (griego antiguo Λυκοῦργος -Lykoûrgos-) fue un legislador dorio, "Padre de Esparta", estableció la reforma de la sociedad espartana y se le atribuyen las líneas básicas de la constitución y la educación espartanas, lo que terminó con la Edad Oscura conduciendo a la polis griega a una nueva era.

No se sabe en qué momento histórico vivió Licurgo. Algunos dicen que pertenece al siglo IX a.C. —es decir, antes de las guerras mesenias—, otros, al siglo VIII a.C., y muchos historiadores creen que fue el responsable de las reformas militaristas que transformaron la sociedad espartana en la segunda parte del siglo VII a.C., denominada Gran Retra. Licurgo es tanto una figura histórica como legendaria. Su nombre significa "conductor de lobos". Era un veterano de las guerras mesenias, y heráclida, pues pertenecía al linaje real de los Ágidas, siendo hijo menor del rey Eunomo.

Se cuenta que su compromiso con sus leyes era tal que, tras hacer jurar a los espartanos que las acatarían hasta su regreso a la ciudad, se quitó la vida al salir de esta, para así, asegurar su aplicación perpetua.

Los principios sobre los que se fundan las reformas que se le atribuyen fueron: la subordinación de todos los intereses privados al bien público, la imposición de una estructura social modelada sobre la vida militar, en la que la educación de los jóvenes estaba encomendada al propio Estado, y la obligación de sobriedad en la vida privada. Más genéricamente, se puede expresar en tres ámbitos: buena educación, menosprecio de la riqueza y amor a la patria.

Se le atribuye el pensamiento de que "Lo importante de las leyes no es que sean buenas o malas, sino que sean coherentes. Solo así servirán a su propósito".

Historia

Entre los años 1200 y 800 a.C., hubo 400 años de una "edad oscura" griega. Los hombres de aquella época actuaban por gloria personal, es decir, su conducta estaba inspirada en las gestas legendarias de antiguos héroes individualistas. Hermanos de sangre se mataban insensatamente entre ellos en vez de unificarse en una voluntad común, no buscando ya la gloria personal, sino la gloria de su pueblo. Esparta misma estaba inmersa en este sistema heroico pero fraticida, donde cada hombre transitaba su camino buscando su propia inmortalidad. Los nobles dorios se mataban entre ellos mientras sus verdaderos enemigos proliferaban. Esparta no era sino un reino más de los muchos que existían en la Hélade, y además en condiciones bastante tumultuosas y caóticas.

Tras haber sofocado la segunda rebelión mesenia con gran dificultad, los espartanos se encontraron con el inquietante panorama de estar al borde de la derrota, muy vulnerables, y a las riendas de una población extranjera resentida y hostil que les superaba en cantidad de más de 10 a uno. Y no se trataba de esclavos fáciles de someter, sino de pueblos griegos que conservaban su identidad, su orgullo y su voluntad de poder. Todos los espartanos sabían de sobra que los subyugados volverían a rebelarse algún día tarde o temprano y que debían estar preparados para esa ocasión. En este ambiente enrarecido, si Esparta pudo preservar su pureza y sobrevivir, fue gracias a Licurgo.

El regente justo

Licurgo

El padre de Licurgo, Eunomo había suavizado su régimen para contentar a las multitudes, pero las mismas multitudes se envalentonaron por ello, y cayó apuñalado con el cuchillo de un carnicero. Heredó el reino su hijo mayor, el rey Polidectes, pero habiendo muerto pronto, Licurgo (que era su hermano menor) le sucedió en el trono. Su reinado duró 8 meses, pero fue tan correcto, justo y ordenado en comparación con la anarquía anterior, que conquistó el respeto de su pueblo para siempre. Cuando Licurgo supo que su cuñada (la anterior reina) estaba embarazada de su hermano y difunto rey, anunció que el fruto del embarazo heredaría el trono, como era correcto, y por tanto Licurgo pasaba a ser meramente regente.

Pero esta reina era una mujer ambiciosa que quería seguir entronizada, por lo que le propuso a Licurgo casarse con él y deshacerse del bebé heredero del trono en cuanto naciera, para que pudieran ser rey y reina a perpetuidad, y tras ellos, sus propios descendientes. Licurgo se enfureció ante esta proposición y la rechazó vehementemente en su interior. Sin embargo, como una respuesta negativa hubiese significado que el partido de la reina se alzaría en armas, mandó mensajeros para aceptar falsamente la proposición. Pero por otro lado, a la hora del nacimiento del bebé, envió siervos con órdenes de que, en caso de nacer una niña, la entregaran a su madre, y en caso de nacer un niño se lo entregaran a él. El bebé nació varón, y le fue entregado tal y como ordenó. Durante una noche en la que cenaba con los jefes militares espartanos, Licurgo mandó traerlo, con la idea de hacer saber a los líderes que había ya heredero. Alzándolo con sus brazos y sentándolo sobre el trono espartano, exclamó "¡Hombres de Esparta, he aquí un rey nacido para nosotros!" Y puesto que el heredero aun no tenía nombre, lo bautizó como Carilao, "alegría del pueblo". Con este gesto, Licurgo afirmaba su lealtad al heredero y futuro rey y dejaba claro que debería ser protegido, además de que se convirtió en su guardián y protector hasta que tuviese la edad de reinar.

Entretanto, Licurgo como regente era altamente reverenciado por su pueblo, que admiraba su rectitud, honradez y sabiduría. La reina madre, empero, no había perdonado su rechazo y que raptase y diese a conocer a Carilao. A base de manipulaciones e intrigas, hizo difundir el rumor de que Licurgo conspiraba para asesinar a su sobrino y convertirse así en rey de Esparta. Cuando este rumor llegó a oídos de Licurgo, decidió exiliarse hasta que Carilao tuviese edad para reinar, contraer matrimonio y dejar un heredero al trono espartano. En su exilio, Licurgo viajó por distintos reinos estudiando sus leyes y costumbres para poder mejorar las espartanas tras su vuelta. El primer país donde estuvo fue la isla de Creta, asentamiento dorio heredero de Micenas y de renombrada sabiduría, donde trabó amistad con el sabio Tales, convenciéndolo de que fuera a Esparta a ayudarle en su propósito. Tales apareció en Esparta como un músico-poeta —una suerte de trovador—, lanzando canciones de honor y disciplina al pueblo espartano, y preparándolo así para lo que vendría. Los codiciosos y ambiciosos abandonaron voluntariosamente sus deseos de riqueza y lujos materiales para unificarse en poderosa voluntad común con su estirpe. Licurgo también visitó Jonia, donde no sólo estudió a Homero, sino que se dijo que lo conoció personalmente (aquí es patente que ciertas fechas no cuadran). Recopiló su obra, la escribió y luego se la dio a conocer a su pueblo, a quien agradó mucho, iniciándose así la célebre afición espartana por Homero. Otra notable hazaña que se le atribuyó a Licurgo es el ser uno de los fundadores de los Juegos Olímpicos.

Licurgo hizo, además, un viaje a Egipto, donde pasó tiempo estudiando el adiestramiento del Ejército. Le fascinaba el hecho de que en Egipto los soldados lo fuesen durante toda su vida, ya que en las demás naciones los guerreros eran llamados a las armas en caso de guerra, y volvían a sus trabajos anteriores en épocas de paz. Aunque sin duda no fue éste el único propósito de su viaje a Egipto, ya que en la época ese país era donde iban todos aquellos que buscaban iniciación en la sabiduría antigua.

El espartano Aristócrates dice que Licurgo viajó también a España ("Iberia"), a Libia y a India, donde conoció a los famosos sabios gimnosofistas, con los que también se entrevistaría Alejandro Magno siglos más tarde. La escuela gimnosofista valoraba, entre otras cosas, la desnudez a las inclemencias de la intemperie como método para curtir la piel y hacer resistente el cuerpo y el espíritu en general. Como veremos después, esta idea se valoró mucho en la educación espartana.

Mientras Licurgo estaba fuera, Esparta decayó. Las leyes no eran obedecidas y no existía fuerza ejecutiva que castigara a los infractores. Los hombres rectos añoraban la época de la regencia de Licurgo y le rogaban: "Es verdad que tenemos reyes que llevan las marcas y asumen los títulos de realeza, pero en cuanto a las cualidades de sus mentes, nada los distingue de sus súbditos. Sólo tú tienes una naturaleza hecha para mandar y un genio para ganar obediencia".

La revolución de Licurgo

Licurgo volvió a Esparta y su primera acción fue reunir a 30 de los mayores jefes militares para informarles de sus planes y arengarlos. Después de que estos hombres le juraran su lealtad, les ordenó reunirse armados en la plaza del mercado al amanecer con sus seguidores, para insuflar terror en los corazones de aquellos que rechazaran los cambios que planeaban. Se confeccionó una lista negra de enemigos potenciales para darles caza y eliminarlos si hiciese falta. Ese día la plaza se abarrotó de fanáticos seguidores de Licurgo, y el efecto fue tan impresionante que el mismo rey se acogió en el templo de Atenea, pues pensaba que se había urdido una conspiración contra él. Pero Licurgo le envió un mensajero para informarle de que lo único que quería era implantar nuevas leyes para mejorar Esparta y fortalecerla. Así reconfortado, el rey salió del templo y, dirigiéndose a la plaza, se unió al partido de Licurgo. Con Licurgo, los dos reyes y los 30 líderes militares, dicho partido contaba con 33 miembros.

Mas, aun con el apoyo del rey, lo que había hecho Licurgo era claramente un golpe de estado, una conquista del poder, una imposición de su voluntad: una revolución. Había unido a su pueblo, inculcándole el sentimiento de cohesión que debe caracterizar a toda gran alianza: "la Especie lo es todo, el individuo nada". O como diría Hitler a sus seguidores: "tú no eres nada; tu pueblo lo es todo".

Tras haber elaborado sus leyes y hecho jurar a los reyes que las respetarían, informó que viajaría al santuario de Delfos (centro religioso más importante de la Hélade, considerado "ombligo del mundo") en busca del consejo de Apolo, para ratificar su decisión. Cerca de Delfos, núcleo marginal de población doria, había a las laderas del monte Parnaso un santuario dedicado a este dios, que se decía había matado allí a la serpiente Pitón (un ídolo telúrico relacionado con los pueblos pre-indoeuropeos). Existía allí toda una escuela iniciática, los llamados misterios de Delfos. Estos misterios fueron una venerable institución, doria hasta la médula, a la que acudían personajes notables de toda la Hélade en busca de consejo, iniciación y sabiduría. Se trataba de un emplazamiento altamente estratégico: desde el mar, el santuario domina las alturas y parece echarse encima del navegante, y desde Delfos, se ve nítidamente todo lo que entra y sale del Golfo de Corinto. El santuario venía a decir: "aquí estamos los griegos, dominamos el tráfico naval y el comercio que éste trae, y estamos vigilantes". En el templo de Apolo había una sibila o pitia, sacerdotisa virgen que se creía poseía un vínculo especial con dicho dios y, como él, dones de videncia que la hacían capaz de ver el futuro y realizar profecías. Tras recibir a Licurgo, la Sibila lo calificó de "más dios que hombre", afirmó que era un elegido de los dioses, anunció que sus leyes eran buenas y bendijo sus planes para establecer la constitución espartana, pues haría de Esparta el reino más famoso del mundo.

Con la bendición de la sacerdotisa, Licurgo estableció la constitución espartana (la Gran Retra) y sus leyes tan duras y severas, leyes de tradición oral que prohibió escribir, para que cada individuo las asimilara en su alma a lo largo de años de entrenamiento, práctica e interiorización que lo harían portador de tales leyes a dondequiera que fuese y en cualquier situación. Su intención no era crear un sistema mecánico, cuadriculado, rígido y frío, sino una rueda viva, flexible y adaptable cuya ley fuera, no sólo el sentido común y la lógica, sino también su intuición e instinto ancestral.

Por aquel entonces Esparta estaba rodeada de vecinos hostiles difíciles de repeler y poseía sólo unos nueve mil hombres no-militarizados para actuar en caso de guerra o crisis. Licurgo previó que si cada uno de ellos era seleccionado y entrenado duramente en las artes de la guerra desde la infancia, lograrían triunfar sobre sus adversarios aunque éstos fuesen superiores en número. A lo largo de generaciones, el pueblo espartano se endurecería tanto que no tendría enemigos que temer, y su fama se extendería por los cuatro puntos cardinales. Desde entonces, los varones espartanos se convirtieron en algo más que guerreros. Se convirtieron en luchadores de propósito, con una misión de por vida, empeñados en cuerpo y alma, sacrificados enteramente en honor de su Patria. Se convirtieron, pues, en soldados —tal vez los primeros de Europa.

Licurgo no pretendía precisamente instaurar una especie de democracia. En una ocasión un hombre hizo ante él un elogio de la misma, dando un encendido discurso. Licurgo, tras haber escuchado todo el discurso en silencio, le respondió: "Excelente, ahora ve y da ejemplo instaurando una democracia en tu casa". Hemos de tener en cuenta que incluso en aquellas antiguas "democracias" griegas sólo votaban los ciudadanos, esto es, varones de sangre helénica pura que hubiesen alcanzado la mayoría de edad. No tenían, pues, nada que ver con la idea moderna. A pesar de esto, no faltan los embaucadores que nos intentan vender incluso que Esparta era una especie de sistema comunista, sólo porque el Estado estaba omnipresente y porque los espartiatas sabían compartir ―entre ellos.

La revolución de Licurgo no fue totalmente pacífica. El pueblo espartano pronto vio que las leyes eran extremadamente duras incluso para ellos, helenos de buena estirpe doria, pues se habían acostumbrado a la comodidad y al lujo que llegan siempre al victorioso cuando éste no se mantiene prudentemente en guardia. El sobrio, ascético y marcial socialismo predicado por Licurgo, que obligaba a todos los hombres jóvenes a desprenderse de sus familias y comer con sus camaradas, no fue bien recibido entre muchos, especialmente entre los ricos y acomodados. Hubo una oleada de indignación y una turba enfurecida se reunió para protestar contra Licurgo. La turba estaba compuesta especialmente por antiguos individuos ricos que encontraban degradante la regla militar que prohibía comer si no era en una mesa colectiva con los camaradas de armas. Cuando Licurgo apareció en las cercanías, la multitud comenzó a apedrearlo, y se vio forzado a escapar para no morir lapidado. La muchedumbre furiosa lo persiguió, pero Licurgo —robusto a pesar de su edad— era tan rápido que al poco tiempo sólo un muchacho llamado Alejandro le pisaba los talones. Cuando Licurgo se volvió para ver quién le perseguía con tanta agilidad, Alejandro le golpeó en la cara con un palo, saltándole un ojo. Licurgo no dio señales de dolor, tan sólo se paró y, con el rostro ensangrentado, dio frente a su perseguidor. Al darles alcance el resto de la turba, vieron lo que el joven había hecho: un anciano venerable, plantado solemnemente ante ellos con un ojo vacío sangrando. Aquella era una época muy respetuosa con los mayores, especialmente con hombres tan carismáticos y nobles como Licurgo. Al instante debieron sentir una inmensa culpa. La multitud avergonzada acompañó a Licurgo hasta su casa para mostrar sus disculpas, y le entregaron a Alejandro para que lo castigara como él creyese conveniente. Licurgo, ya tuerto, no reprendió al joven una sola vez, sino que le hizo convivir con él como alumno. Y pronto Alejandro aprendió a admirar y emular el austero y puro modo de vida de su mentor. Como tradición derivada de aquel suceso, los senadores renunciaron a la costumbre de asistir a las reuniones estatales con bastones.

Muerte

Después de que el pueblo espartano jurara las leyes de Licurgo, éste decidió abandonar Esparta para el resto de sus días. Su misión estaba cumplida y lo sabía, ahora tenía que morir dando ejemplo de una gran voluntad. Sintiendo nostalgia por su Patria, y siendo incapaz de vivir alejado de ella, se suicidó por hambre. Un hombre que ha nacido para un propósito concreto, una vez cumplido dicho propósito, ya no tiene por qué seguir atado a la Tierra. El suicidio ritual ha sido practicado por muchos hombres excepcionales cuya misión había terminado, hombres a los que, tras cumplir su destino, ya no les quedaba nada que hacer en el mundo; o bien que habían perdido el derecho a la vida.

Otra versión relata que, antes de partir a Delfos, Licurgo hizo jurar al pueblo espartano que seguiría sus leyes al menos hasta que volviese de Delfos. Y, habiéndose suicidado sin volver jamás a Esparta, los espartanos no quedaron con otra opción que acatar por siempre las leyes de Licurgo.

Para Esparta, Licurgo fue algo así como un precursor, un líder de vanguardia, un mensajero adelantado. Poseía el poder real, el carisma sagrado de los grandes caudillos, reyes, santos y emperadores ―ese "cierto poder que atraía a las voluntades", en palabras de Plutarco. Él llegó y convirtió a una desbordada masa caótica de gran potencial en el ejército más eficaz de la Tierra. Imprimió a su mundo una nueva inercia: la suya; y le dio un nuevo aspecto: el que él quería. Tras su muerte, se erigió un templo en su honor y se le rindió culto como un dios. Y fue a partir de su época que no sólo Esparta, sino Grecia entera, volvió a brillar, pues comenzó la llamada era clásica.

Jenofonte admiró enormemente a Licurgo, diciendo que "alcanzó el más alto límite de la sabiduría". Savitri Devi se refirió a él como "el divino Licurgo", y recordó que "las leyes de Licurgo le habían sido dictadas por el Apolo de Delfos —«el hiperbóreo»". Gobineau, por otro lado, supo apreciar la salvación que supuso la legislación de Licurgo: "Los espartanos eran pocos en número, pero de gran corazón, ambiciosos y violentos: una legislación mala los hubiese convertido en pobres diablos; Licurgo los transformó en heroicos bandidos".

Fuentes

Fue citado por historiadores antiguos, como Heródoto, Jenofonte y Plutarco.

Jenofonte (430 AEC-334 AEC), quien mandó a sus hijos a ser educados en Esparta, en su escrito Constitución de los Lacedemonios dijo: "Él no imitó a las otras ciudades, sino que concibió cosas incluso opuestas respecto a la mayoría de ellas: así hizo a su ciudad particularmente afortunada".

Plutarco (46 EC-125 EC), en sus obras Antiguas costumbres de los espartanos y Vida de Licurgo brinda valiosa información acerca de la vida espartana y sobre las leyes espartanas, y mucho de lo que hoy sabemos acerca de Esparta es gracias a él. Plutarco afirma que Licurgo "proporcionó a sus conciudadanos abundante tiempo libre; pues en modo alguno se les dejaba ocuparse en oficios manuales y, en cuanto a la actividad comercial, que requiere una penosa dedicación y entrega, tampoco era precisa ninguna, ya que el dinero carecía por completo de interés y aprecio".

Bibliografía

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