Nicolás II de Rusia

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Nicolás II de Rusia

Nicolás II (San Petersburgo, Rusia, 18 de mayo de 1868 – Ekaterimburgo, Rusia, 17 de julio de 1918) fue el último zar de Rusia, rey de Polonia y gran duque de Finlandia. Durante su gobierno el país vivió un proceso de industrialización sin precedentes. Pero las derrotas en la guerra contra Japón y las pérdidas sufridas durante la Primera Guerra Mundial crearon el terreno propicio para el accionar de agitadores marxistas que sacando partido de las necesidades del campesinado lograron hacer que el país ingresara en una larga espiral de violencia que acabó con la caída de régimen. Nicolás no puede considerarse responsable de las grandes decisiones de aquel momento, pues era un juguete en manos de los poderes cortesanos. Se convirtió en un símbolo trágico del cambio de rumbo de la historia rusa del siglo XX. La crisis que destruyó el gran Imperio ruso se reflejó en el destino del soberano, asesinado junto a toda su familia por los bolcheviques que, pese a que ya había abdicado al trono, querían asegurarse de que no volviera a reinar.

Personalidad

Heredó de sus antepasados una memoria privilegiada, una disciplina rigurosa, una fe profunda y la capacidad para encantar a la gente. Nunca elevó la voz a su interlocutor, siempre respetuoso en la comunicación, pulcro y puntual. “El rasgo especial de Nicolás II es que es una persona de muy buen genio y extraordinariamente bien educado. Seguro nunca he encontrado ninguna persona más educada que nuestro emperador reinante”, escribía el ministro de finanzas, Serguéi Vitte. “El emperador fue agradable, tratable, equilibrado. Fue una persona muy buena. Tantos años viví junto a él y ni una sola vez lo vi enojado. Era muy sencillo y humilde”, recordaba el ayudante de cámara de la esposa del emperador, Alexéi Vólkov.

Pero detrás de esta delicadeza se ocultaba una buena voluntad y firmeza de principios. Lo principal para él fue cumplir con su deber de monarca. “Siempre tengo un solo objetivo ante mí: el bien de la patria. Ante esta meta para mí palidecen los intereses mezquinos de algunos individuos”. En 1902 escribió a su madre: “Tengo una responsabilidad horrorosa ante Dios y estoy listo para actuar con convicción, como me ordena mi conciencia. No digo que siempre tenga razón, pues cualquiera se equivoca, pero mi conciencia me dice que debo actuar así”.

Gobierno

Durante su gobierno Rusia conoció un proceso de industrialización acelerada (que hizo surgir importantes núcleos obreros) y se esforzó por extender su influencia en Asia rivalizando con las potencias occidentales en la carrera imperialista (intervención en la Guerra Chino-Japonesa de 1896, base de Port Arthur en 1898, ocupación de Manchuria en 1900, reparto de Persia en esferas de influencia con Gran Bretaña en 1907.).

Los intentos por ejercer una influencia determinante en Europa oriental y los Balcanes como cabeza de un movimiento paneslavista dieron lugar a múltiples conflictos y tensiones internacionales, en virtud del alineamiento ruso con Serbia frente a los intereses del Imperio Austrohúngaro; pero, tras sufrir una primera derrota diplomática en la crisis de Bosnia (1908), las Guerras Balcánicas de 1912-13 acabaron definitivamente con el control ruso sobre la península Balcánica.

Mal aconsejado y aislado de la opinión nacional, Nicolás II dejó con su inmovilismo que se enconaran los grandes problemas que aquejaban al régimen zarista: la pobreza del campesinado y su necesidad de tierras, las tensiones sociales y la agitación revolucionaria, las aspiraciones de libertad y democracia de los intelectuales reformistas.

En 1905 llevó al país a una guerra contra el Japón en la que resultó derrotado. El descontento popular estalló en una revolución en aquel mismo año, frente a la cual no ofreció otra respuesta que la represión militar. Ambos acontecimientos constituyeron los prolegómenos de la crisis final en la que perecería la Monarquía.

En 1914, Rusia volvió a comprometerse en una guerra exterior para la que no estaba preparada ni militar, ni económica, ni políticamente. Si bien Nicolás no puede considerarse responsable de las grandes decisiones de aquel momento, pues era un juguete en manos de los poderes cortesanos.

Las sucesivas derrotas frente al moderno ejército alemán acabaron por desmoralizar al país y desarticular las estructuras del Estado, facilitando la Revolución de febrero de 1917, que derrocó al zar e instauró en Rusia una República. Nicolás II abdicó y se dejó detener sin ofrecer resistencia frente al gobierno provisional de Lvov y Kerenski. Fue confinado junto con el resto de la familia real en la localidad de Yekaterimburgo (actual Sverdlovsk), en los Urales; tras el triunfo de la segunda Revolución bolchevique de 1917 (conocida como la Revolución de octubre), que llevó al poder a los bolcheviques de Lenin y dio paso a la guerra civil que conduciría a una dictadura comunista. El zar fue ejecutado junto con toda su familia, por decisión del Sóviet del Ural.

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