Provincia de Santiago del Estero

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Bandera de la Provincia de Santiago del Estero
Ubicación de la Provincia de Santiago del Estero
Mapa de Santiago del Estero. Abajo, su escudo. A la derecha, ubicación en el mapa de Argentina

Santiago del Estero es una de las 23 provincias de la Argentina. Su capital es la ciudad homónima.

Antecedentes

La región del Noroeste Argentino, a la cual pertenece Santiago del Estero, fue cabecera y centro de la conquista armada y religiosa de la que posteriormente iba a ser colonia española, en los siglos XVI y XVII, y que más tarde sería llamada Argentina.

Numerosos grupos aborígenes habitaban el territorio santiagueño antes de que los conquistadores españoles llegasen a América. Estos pueblos, probablemente de una misma raíz étnica, estaban organizados en diferentes parcialidades: comechingones, sanavirones, diaguitas, tonocotés, lules, vilelas, abipones, guaycurúes, quilmes, hualfines, colalaos.

Dos investigadores franceses, los hermanos Emilio y Duncan Wagner, se afincaron en la localidad de Icaño en 1900, al descubrir numerosas piezas de alto valor arqueológico en esa zona. Luego publicaron su teoría de la Civilización Chaco Santiagueña, que según su criterio había alcanzado un alto grado de refinamiento cultural.

Los sanavirones y comechingones se ubicaban al sur de Santiago del Estero alcanzando la depresión de la laguna de Mar Chiquita, actualmente en la provincia de Córdoba. Por el norte llegaban hasta el río Salado, donde comenzaba el territorio de los tonocotés.

Más arriba, en lo que hoy constituye los departamentos Robles, Santiago Capital y La Banda, existieron probablemente incipientes establecimientos levantados por el imperio Tavantisuyu, gobernado por el Inca. Estos, llamados "mitimaes", cumplían el propósito de introducir por medio de la cultura incaica una dominación civilizatoria pacífica. El proceso se cree que fue interrumpido por los españoles, quienes utilizaron a los aborígenes tavantisuyus para uniformar en su lengua quichua la comunicación con las demás parcialidades, que hablaban otros idiomas y dialectos.

La convivencia que desarrollaron diaguitas, comechingones y sanavirones les había permitido frenar exitosamente los embates del imperio incaico, y el avance de los lules y otras tribus belicosas de origen guaraní, pero no así la conquista europea.

Estos numerosos grupos aborígenes que habitaban la región fueron reducidos y enviados al centro minero de Potosí como arrieros o trabajadores de las minas, situación que provocó el estancamiento de su actividad económica. Se habían dedicado fundamentalmente a los cultivos y a la tejeduría.

La provincia de Santiago del Estero es típicamente mediterránea, con una vasta planicie cruzada por los ríos Dulce y Salado.

Colonia Española e Independencia

Santiago del Estero es la más antigua de las ciudades argentinas. Primero fue Juan Núñez del Prado quien fundó la Ciudad de Barco en 1550 cerca del río Lules, pero ésta fue trasladada y refundada en 1551 y 1552 hasta que Francisco de Aguirre se apoderó de ella, la trasladó por tercera vez y fundó la ciudad de Santiago del Estero del Nuevo Maestrazgo, a las orillas del Río Dulce, en 1553. La capital, llamada "Madre de Ciudades", fue desde donde partieron corrientes colonizadoras que fundaron las principales ciudades de lo que hoy se llama Argentina; la mayor parte de ellas son hoy capitales de provincia.

Recién en 1721, y con la introducción de esclavos africanos, la zona pasó a ser una importante productora de cereales y hortalizas hasta que la colonización de la pampa húmeda con inmigrantes europeos le quitó ese lugar de privilegio.

La provincia, que dependía de Tucumán y sólo estaba explorada y habitada en la región de su actual capital, fue una de las primeras en plegarse al movimiento revolucionario de mayo de 1810.

Contribuyó con muchos y valientes hombres a la causa de la independencia, lo cual provocó el despoblamiento de su territorio.

Cultura y tradiciones

Don Andrés Chazarreta

En su libro Idiomas Aborígenes, Carlos Abregú Virreira cuenta que los lules y tonocotés, llamados "juríes" por diaguitas y españoles (de suris-avestruces, por su velocidad para correr), alternaban sus ceremonias con la práctica del deporte, demostrando notables habilidades en juegos de pelota y en la chueca, de gran similitud al hockey, que ya conocían antes de la conquista. Y entre los más característicos estaba el concullu que consistía en llevar a uno en la espalda prendido del pescuezo, con las piernas sujetadas por los brazos del cargador. Es el famoso unculitu de Santiago.

La referencia de algunos cantos y poesías que los vecinos de la capital del Tucumán interpretaban en aquella lejana época, puede recabarse en las ediciones que tenían sobre esos géneros llegadas de España con fecha de 1554 y 1555, como ser el Libro de Música para Vihuela, compuesto por Miguel de Fuenllana, Criollos y Criollas (en español y quichua), cancioneros como La Virgen y el ciego, La Catalinita y Romancero General, que en su primera parte contenía el popular Romance del Moro Azarque (...Azarque viue en Ocaña / desfterrado de Toledo, / por la bella Zelindaxa / y una Mora de Marruecos... / Mora de los ojos mios / Mal aya el amor cruel, / que flechando el arco cierto, trafpaffa de vn folo tiro / vafallos y Reales pechos, / Mora de los ojos mios...).

El dolor del alma por la ausencia del ser querido se expresaba también en el yaraví incaico y el huayno del altiplano, que eran las más tiernas de las canciones quichuas que resonaban en el hábitat del monte santiagueño a través de los instrumentos vernáculos de los juríes y de los aborígenes que habían llegado como auxiliares de las expediciones fundadoras de Prado y Aguirre (Purunmanchu huaccac rini / astahuami llaquiy miran, / yuyachihuan kamta purim / huaylla, pampa, huayeeo, quírai. Si salgo a llorar al campo / más se aumentan mis pesares / porque me recuerdan de ti / bosques, montes, prados, valles).

Abregú Virreira considera que de esta trama musical surgiría con el tiempo la vidala, con su tocante mensaje de amor que hace doler, desgarrando el alma como ningún otro canto. En tanto, el espectro andaluz de la conquista (que tenía sus versificadores populares en el siglo XVI en Juan de Castellanos, Pedro de Oña y Gaspar de Villagra, y hacía cantar a los españoles después de las peleas), se presentaría junto a la vidalita, cabalgando en ella, excluyente de penas y cargada de chanzas, contraponiéndose a los lamentos de la vidala. Ya en tiempos de la emancipación, las cholas de Tucumán recogieron lejanas canciones heroicas, amatorias y ponderativas, que habrían de influir en el estilo de las vidalitas del general Lamadrid.

Guillermo Adolfo Abregú -nieto de Abregú Virreira-, en su Historia de Santiago del Estero, editada por la Municipalidad de la Capital en 2003, con motivo del 450 Aniversario de la Fundación española, aporta datos singulares. "No es ligero suponer que en la particular idiosincrasia del santiagueño, cuando rompe la tristeza y la trastoca en alegría, encontrando siempre la veta de humor en los aspectos más controvertidos de la vida cotidiana, se sintetizan aquellas influencias ancestrales", dice Abregú en este libro.

Paulatinamente la mezcla de lo indígena y lo español irían configurando y enriqueciendo el acervo folclórico de Santiago y el Tucumán, con el carnavalito y sus sones de flautas y quenas incaicas que parecen silbidos del viento en las montañas, el gato con el repiqueteo de las castañuelas de origen español y audacias quichuas, la zamba donde reluce el pañuelo con avispeos criollos y dibujos arabescos que influyeron en España, la chacarera (también en su origen con castañuelas) con sus rasgueos de guitarra y retumbos de bombo llamando a sacrílegos ritos de bosques seculares y coplas bilingües en quichua y castellano, el pala-pala interpretando la acción de ciertos animales, el escondido donde lo esquivo y la conquista se confunden entre el hombre y la mujer, diciendo ella al final: Salí escondido salí, / salí que te quiero ver; / aunque las nubes te tapen, / salí si sabes querer. Y así el malambo con su hechizo que arrastra dejos de danzas incaicas y destrezas criollas, y tantos otros bailes y canciones que nos llegan de nuestros ancestros que poblaron el antiguo Tucumán.

Como esos rasgos del folclore, así también nos han llegado los fundamentos de las creencias y la fe.

"No hay pruebas ni versiones contundentes que nos hagan conocer con exactitud los momentos y lugares en que los indios que habitaban en las cercanías del Santiago del siglo XVI realizaban los rituales de sus creencias y supersticiones" dice el Lic. Abregú. "Pero no es impropio suponer que desde algún paraje no muy lejano del caserío central, a veces llegaban vagos e imprecisos los cantos y los sones de las ceremonias en que los indios no convertidos al cristianismo, idolatraban a sus dioses paganos: el Sol (inti), la Luna (quilla), y celebraban sus mitos como el huayra muyu (viento arremolinado) y el "nina quiru" (pájaro de fuego). Otros acompañarían a los españoles en los oficios y procesiones de la liturgia católica".

Cuando la fe logró interesar al aborigen, "mientras los jesuitas aceptaban ciertos ritos indígenas para cumplir con éxito su extraordinaria misión espiritual en América, se presentaba ante Dios la manifestación de un espíritu autóctono de la tierra santiagueña". Es decir, comenzaron a surgir formas y ceremonias populares de singular veneración que aún se mantienen vivas en nuestros días, como el festejo de San Esteban, que recuerda al dios atmosférico Chiqui de los valles calchaquíes (por dar sólo un ejemplo), en que desde Maco hasta Sumamao la multitud alterna oraciones con gritos de júbilo para auyentar los malos espíritus, y al llegar a destino estalla el ímpetu pagano con danzas criollas, guitarras, bombos y violines en medio de una gruesa explosión de cohetes. En otras devociones como en Mailín al Señor de los Milagros y en Sumampa a la Virgen de la Consolación, también se exteriorizan las prácticas incorporadas a nuestra cultura.

Santiago del Estero marcó importantes hechos desde los albores de su nacimiento. Hombres y mujeres de singulares cualidades fueron haciendo la trama de esta ciudad donde todo comenzó en nuestro país. Conquistadores que "abrían puertas a la tierra" y mujeres pobladoras que como tales fueron madres de la "madre de ciudades". Por el servicio y la entrega que en la alta empresa fundadora ameritaron aquellos protagonistas, el 19 de febrero de 1577, el rey Felipe II hacía merced al disponer el título y escudo de armas para la "Muy Noble" ciudad de Santiago del Estero.

"Santiago es todo esto: Tierra que canta y danza" afirma Guillermo A. Abregú en su historia. "Primera vía de comunicación entre el resto de América y Argentina. Madre de cuya matriz nacieron las primeras ciudades de la Patria. Génesis de evangelización y fundadora de Iglesias. Primera educadora y exportadora de manufacturas. País de la leyenda y cuna del folclore. Provincia que lo dio todo y le sigue abriendo sus brazos a la Patria".

La literatura Argentina posiblemente tiene su origen en los versos de Luis Pardo, a quien Garcilaso de la Vega dedicó un libro suyo, llamándolo "docto" y "gran poeta" en el epígrafe impreso, residente en Santiago del Estero hacia fines del siglo XVI. Y también en Pedro González del Prado y Bernal Díaz del Castillo, primeros historiadores de la región.

Abregú dice que "esa luz [literaria] brilló siempre, en nombres como Mateo Rojas Oquendo (siglo XVI), viajó en el tiempo pasando por Ricardo Rojas (hijo del ex gobernador Absalón Rojas), Alejandro Gancedo, Pablo Lascano, Andrés Figueroa"

En el siglo XX surgieron dos movimientos culturales de gran importancia desde Santiago del Estero: "La Brasa", coordinaba por Bernardo Canal Feijóo y "Dimensión", por Francisco René Santucho. El primero tuvo vigencia desde los años 40 a iniciados los 50, y Dimensión surgió a mediados de la década de 1950. Ambos cultivaron un ideario nacionalista, abierto, ya que a la vez promovieron el intercambio cultural invitando a figuras como el Conde Keyserling, Miguel Ángel Asturias, Witold Gombrowicz, Rodolfo Kusch y otros intelectuales que se relacionaron activamente con estos grupos y participaron de actos culturales en Santiago.

Orestes Di Lullo, Enrique Almonacid, Carlos Abregú Virreira, Clementina Rosa Quenel, Blanca Irurzum, Irma Reinolds, Manuel Gómez Carrillo, Emilio y Duncan Wagner, Moisés Carol (h) y Gregorio Guzmán Saavedra, Homero Manzi, Jorge Washington Ábalos, Ramón Carrillo, Antenor Álvarez, Roberto y Rafael Delgado, Ramón Gómez Cornet, Carlos Abregú Mittelbach, Julio Carreras, Amalia Gramajo de Martínez Moreno, Domingo Bravo, Betty Alba, Julio Argentino Gerez, Blanca Irurzun, Alberto Alba, Juan Rafael, Mariano Paz son otros de los nombres ligados por su actividad social y artística la vida cultural santiagueña de este rico periodo.

En música popular folklórica, surge un patriarca nacional, como lo es Dn. Andrés Chazarreta. También fueron pioneros en la difusión de la música nacional Cristóforo Juárez, Manuel Gómez Carrillo, Leandro Taboada y su conjunto "Los Tobas", Los Hermanos Ábalos y Sixto Palavecino.

En la pintura, escultura, dibujo, xilografía y grabado Santiago del Estero tuvo un "período de oro" a mediados de siglo XX, con Ramón Gómez Cornet, Carlos Sánchez Gramajo, Absalón Argañarás, Nelly Orieta, Juan Carlos García, Luis Garay, Mateo Martín López, Héctor Marinoni, Besares Soraire, Juana Briones, Luis Vignale, Carlos Incarnatto, Luis Fraternalli, Alfredo Gogna y Luis Schettini.

Antonino Taboada

División y autonomía

En 1814, Posadas dividió la intendencia de Salta en dos provincias y Santiago del Estero pasó a depender de Tucumán.

En 1820, el comandante Juan Felipe Ibarra inició una revolución por la autonomía de Santiago y triunfó. El 1 de mayo de ese año, un Cabildo lo designó gobernador provisorio. Aráoz de Lamadrid intentó recuperar Santiago por la fuerza, pero en 1821 fue derrotado por Ibarra, quien se convirtió en defensor de la autonomía provincial hasta el año de su muerte, en 1851.

El 15 de julio de 1856, Santiago dictó su propia Constitución, la cual establecía los límites de su territorio. Dos años después se firmó el tratado de límites con Tucumán. Sin embargo, por la falta de colonización de su territorio, se fue modificando la frontera con la avanzada de los fortines y, hacia 1870, ya se habían incorporado vastas zonas aptas para el pastoreo y la agricultura.

En 1868, un sobrino de Ibarra, el general Antonino Taboada, avanzó los fortines sobre el río Salado y el Dulce, controlando todo el territorio perteneciente a la provincia de Santiago.

Luchas internas

Las continuas luchas internas en la época de la organización nacional diezmaron su población y deterioraron su economía. Hacia 1870, los trabajos forzados y los ataques constantes de los colonizadores españoles acabaron con los indios, aunque en algunos bolsones del sur de la provincia se registran enfrentamientos armados y malones hasta 1885.

Hacia 1890,la llegada de los ferrocarriles ingleses terminó por completar la colonización del territorio.

A fines del siglo XIX Absalón Rojas, uno de los gobernadores que sucedió al unicato de los Taboada, comenzó el proceso de venta prácticamente por monedas de la selva santiagueña a empresas capitalistas de explotación forestal. Así, en un periodo de pocos años, los llamados "Sindicatos de Inversión", convirtieron a la profusa vegetación selvática santiagueña en un desierto.

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