Dictadura

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Napoleón aprovechó su prestigio militar para instaurar una dictadura, que con el tiempo mutó en imperio.

La dictadura (del latín dictatūra) es una magistratura extraordinaria en la cual el poder se concentra en torno a la figura de un solo individuo denominado dictador. Se caracteriza por una ausencia de división de poderes.

La dictadura surge como una técnica de gobierno para la manutención del orden y la libertad en épocas de crisis, siendo su eje central la preservación del bienestar colectivo.

La noción de dictadura evoca una institución excepcional, que situándose más allá del Estado de derecho, le preserva. Involucra un accionar político absoluto, necesario en época de crisis, que impone sobre la anomía la rigurosidad tempestiva del orden. Su validez estriba en ser el último recurso ante la inminencia del desorden o de la tiranía.

El pensamiento político contemporáneo conserva vestigios de la dictadura clásica. La mayoría de las constituciones admite una configuración estatal excepcional que lleva por nombre Estado de excepción. La excepción puede ser invocada por la jefatura de Estado en momentos de emergencia económica, desastres naturales, crisis políticas, alzamientos militares y guerra. Es decir, cualquier situación extraordinaria que atente contra la preservación del Estado, sus instituciones y el bien común.

Definición

Para muchas personas, carentes de formación histórica, la dictadura constituye "la forma de gobierno opuesta a la democracia", esto porque "mientras la primera se basa en la coacción de un individuo o élite, la última se fundamenta en el consenso mayoritario".

Sin embargo, la dictadura no es una forma de gobierno ya que éstas hacen referencia a la configuración de los ejes decisores dentro del Estado. Por ejemplo, una federación (forma de Estado) puede tener un gobierno parlamentario (forma de Gobierno) dada la preeminencia del poder legislativo en la toma de decisiones.

Max Weber definió al Estado como el monopolio legítimo de la violencia, lo que implica que en cualesquiera que sean las configuraciones del gobierno, siempre estará presente el elemento de lo coercitivo. Esto porque la relación entre el gobernante, legítimo o no, y el gobernado es de obediencia. El poder radica precisamente en la capacidad de imponer la voluntad de quién lo ejerce, esta voluntad puede ser el fruto de una decisión autocrática así como también del consenso democrático. Por lo tanto, en las democracias también hay coacción.

Historia

La dictadura se remonta a la magistratura extraordinaria de la Antigua república romana, de donde cobra su origen. El Senado romano en casos de guerra o estados de emergencia dotaba a un hombre de poderes absolutos durante un periodo máximo de 6 meses sin que por ello quedase derogado el ordenamiento político y jurídico existente.

De este modo hoy día es frecuente que se apele a una situación extraordinaria para legitimar la duración, normalmente vitalicia, de una dictadura (guerra, confrontación, peligro, crisis, etc). Igualmente suele enaltecerse al dictador como alguien sacrificado capaz de entregar su propia vida por su pueblo, y a menudo se le rodea de cierta sobrenaturalidad de carácter militar y religiosa; y especialmente en estos casos se pretende la sucesión en otro dictador.

La dictadura clásica

Durante la república romana, los ejes centrales del poder descansaban en un complejo pero equilibrado sistema compuesto principalmente por el Senado y la diarquía consular.

Mientras el Senado, constituido por los pater familias más distinguidos, se encargaba de crear las leyes y tomar las decisiones cruciales para la República, la aplicación de las mismas era responsabilidad de dos magistrados llamados cónsules, quiénes estaban revestidos de la potestas necesaria para ello.

Tal configuración del poder tenía una desventaja, la imposibilidad de una toma de decisiones rápida debido al proceso de discusiones y debates dentro del Senado. Algo que resultaba contraproducente en épocas de crisis. Para resolver esta falla, el Senado instituyó una “sabia invención”, la magistratura extraordinaria de la Dictadura.

La dictadura fue una magistratura nombrada a petición del Senado, que revestía temporalmente a uno de los cónsules con poderes ilimitados e imperium, de modo que pudiera tomar y ejecutar las decisiones necesarias para acabar con las amenazas internas o externas que asechaban a la República.

Dicha magistratura podría ser convocada para hacer la guerra o llevarla a buen término, reprimir rebeliones internas, solventar emergencias producto de catástrofes naturales o incluso auspiciar grandes ceremonias y festividades político-religiosas. Su duración por lo general era de seis meses, que podrían ser prorrogables si la situación lo ameritaba. El dictador debía renunciar a sus poderes extraordinarios una vez se solventara el episodio excepcional, así lo hubiese logrado antes del plazo establecido.

Orígenes de la dictadura romana

Según la tradición histórica, el cónsul Tito Larcio Flavio ejerció por vez primera la dictadura en el 498 AEC. para repeler la invasión que la Liga latina preparaba contra Roma. Apenas habían transcurrido diez años después de haber expulsado a Tarquinio el Soberbio, último rey de Roma, cuando ya la curia romana invocaba la necesidad de un gobernante con poderes absolutos, paradójicamente para defender su libertad.

El rey Tarquino abusó de sus atribuciones y ejerció de manera despótica el poder que había usurpado al asesinar a su predecesor. Su yugo fue tan terrible para la ciudadanía romana, que una vez le derrocaron, se instituyó la pena de muerte para cualquiera que intentara reinstaurar la monarquía.

Aunque ostentó el título de rey, un juicio más apegado a la realidad política situaría a Tarquino como tirano, dado que sus acciones desde el poder respondían a sus apetencias personales, y no al bienestar general. Una vez depuesto, se unió y dirigió a los latinos para acabar con la recién fundada República romana, en un último intento de retomar su dominio.

Ante tal amenaza Tito Larcio Flavio fue nombrado dictador, quién tenía como propósito defender la República, un gobierno basado en el no sometimiento de sus ciudadanos y la práctica de las virtudes. El dictador debió organizar la sociedad de manera rigurosa para disipar el desorden producto del pavor inspirado por el enemigo, y asegurar la victoria. Por lo tanto, la esencia de la dictadura es la defensa de la libertad frente a la tiranía.

La dictadura como técnica del gobierno para la preservación del orden y la libertad comprendía ciertas características muy precisas al momento de ejercerse. Los poderes absolutos tenían como linderos su temporalidad y la obligatoriedad de apegarse a las leyes de la República. El dictador era ejecutor, no legislador.

El arquetipo romano de dictador se encuentra en la figura histórica de Lucio Quincio Cincinato, un patricio amante de la actividad bucólica, que ejerció la dictadura en dos ocasiones. Devolvió en ambas oportunidades los poderes excepcionales apenas habiendo solventado los siniestros, sin siquiera aceptar los honores en agradecimiento ni haber intentado la prolongación de sus mandatos. Siempre regresó al campo a arar sus tierras. Es la encarnación del espíritu cívico.

Sila y César, dictadores soberanos

A pesar de haber definido a la dictadura como una magistratura extraordinaria, existen casos que rompieron con el molde y establecieron un patrón completamente diferente a la acepción tradicional de dictadura. Estas dictaduras son las de Lucio Cornelio Sila y Cayo Julio César.

Lucio Cornelio Sila fue un influyente patricio y estratega militar, que se destacó por sus imponentes victorias en las campañas contra Numidia, los Cimbrios y los teutones. Pertenecía a los optimates en el senado romano, una facción elitista que preponderaba las tradiciones y el juicio de los aristócratas por encima de las opiniones de la plebe.

Tras un cruento período de guerras intestinas producto de sus diferencias con los partidarios de Cayo Mario, el legendario y popular “tercer fundador” de Roma; Sila es nombrado dictador, invocando la necesidad de imponer el orden mediante la disciplina, además de combatir los alzamientos del populacho, el irrespeto a las costumbres y en general la decadencia en que Roma se encontraba sumida.

La dictadura silana logró efectivamente regenerar la sociedad romana, pero a través de mecanismos nunca antes usados por la magistratura dictatorial: se dio a sí mismo poderes legislativos, y estableció la temporalidad indefinida. Según sus propias disposiciones, sería dictador durante todo el tiempo que requiriese para ordenar a la República.

Para acabar con los enfrentamientos y las discordias civiles, se publicaron listas de proscritos. Cientos de funcionarios populares fueron ejecutados junto con sus partidarios, a otros se les confiscaron sus propiedades y se les negó la ciudadanía. Con la sangre de los enemigos del orden, se limpiaron las calles de Roma.

Sila gobernó como dictador durante casi dos años, desde el 81 a.C. al 80 a.C. Luego de reformar el orden jurídico romano y asegurar la continuidad de las instituciones republicanas, renunció a los cargos públicos y se retiró voluntariamente. Murió en el 78 a.C. en su villa de retiro, donde pasó sus últimos días escribiendo, organizando fiestas y lidiando con su enfermedad.

Dictadura comisaria y dictadura soberana

Según la clasificación de Carl Schmitt sobre las dictaduras, podríamos calificar a la de Sila como una dictadura soberana, mientras que el modelo tradicional planteado por las primeras dictaduras romana entraría en los límites de las dictaduras comisarias.

Podemos aclarar este punto citando Die diktatur, obra del jurista alemán:

Cuando la omnipotencia del dictador descansa en el apoderamiento otorgado por el órgano que existe y actúa conforme a la Constitución, se produce la dictadura comisaria.
Cuando por el contrario, se quiere eliminar la ordenación existente, y se apela no a la constitución en vigor sino a otra cuya implantación se propone, puede hablarse de una dictadura soberana.

La dictadura de Cayo Julio César también tuvo la particularidad de gozar de poderes legislativos, pero además se fue al extremo de declararse vitalicia ante la imposibilidad de mantener el orden por los canales institucionales de su época.

Más que un capricho, César fue el producto de las necesidades orgánicas de la sociedad romana ante la amenaza de desintegración. La figura del hombre fuerte se impuso por sobre la ley, pero siempre con el afán de mantener la armonía entre los ciudadanos y la rehabilitación de la felicidad pública. Es la respuesta de emergencia que arroja el cuerpo social ante su propia decadencia. A pesar de su ilegalidad, goza de legitimidad.

Desde luego, calificar a la dictadura silana de soberana es un atrevimiento nuestro. Schmitt coloca como ejemplo de Dictadura Soberana, la ejercida por la Convención Nacional de París (1792): dado su afán de transformar por entero el status quo, llegó a convertirse en un organismo omnipotente carente de ley o limitación.

Con el tiempo, sus dirigentes indigestos en ideologías abstractas degeneraron en tiranía, desembocando en el Régimen de Terror, puesto a su fin por el golpe de Estado del 18 de Brumario (9 de Noviembre de 1799), encabezado por Napoleón Bonaparte, lo que le hizo valedero del título “salvador de la Patria”.

Falsas dictaduras

Acólitos por obligación, culto a la personalidad desmedido, crueldad sin motivo… La tiranía de Stalin definitivamente no fue una dictaduea.

El uso y abuso del vocablo dictadura para describir erróneamente a todo gobierno que no nos agrade está tan difundido, que amenaza de vaciar de contenido una de las nociones más significativas de la ciencia política.

En la historia hay personajes que se les tilda de "dictadores" debido a su forma cruenta y rigurosa de gobernar, pero ello no significa que lo hayan sido.

Aunque suele ser tentador calificar como "dictaduras" a gobiernos opresivos como los de Joseph Stalin, Fidel Castro, Mao Zedong, Idi Amin y Pol Pot, lo cierto es que, apegándose a la definición real de dictadura, no fueron tales, sino que puede hablarse de tiranías despóticas, es decir, gobiernos unipersonales que sacrifican el bienestar colectivo en aras de acrecentar las riquezas y satisfacer las apetencias del gobernante y cuyo fin es perpetuar su poder.

La dictadura como necesidad contemporánea

Hoy nuestras sociedades están plagadas de terribles enfermedades sociales: la corrupción no se limita a la desviación de recursos, sino que además hace a los gobernantes cómplices de los delincuentes. Los titulares en hispanoamérica señalan indicios cada vez más alarmantes de cómo importantes funcionarios pertenecen a poderosas redes de narcotráfico, o financian la labor de guerrillas y bandas criminales.

También es común en plena globalización el surgimiento de organizaciones supranacionales, que posicionando sus tentáculos en los ejes del poder político, influyan de forma subrepticia en la clase política de nuestras naciones y amenacen con demoler nuestra independencia.

Con este sombrío panorama, no sería insensato suponer que ante la incapacidad de las instituciones habituales de aplacar con los males públicos, la severidad dictatorial podría restituir la dignidad y libertad de nuestra ciudadanía.

Pero el problema con el 'Estado de excepción' en nuestras sociedades actuales, radica en la incapacidad de asegurar el bienestar colectivo cuando quiénes pretendan ejercerlo pertenecen al séquito de malhechores que atenta contra la felicidad pública. Ergo, moralmente es inviable una dictadura de corruptos, tal aberración se constituiría como una simple tiranía, en cuyo caso, cada ciudadano estaría en la obligación de desacatar sus mandatos.

Sin embargo, imagínese que, por una decisión soberana, todos aquellos corruptos que en otrora se consideraban intocables, hoy tengan que comparecer ante un pelotón de fusilamiento.

El proceso de regeneración necesaria en nuestras realidades, podría partir de una dictadura cívica, de valores y principios, que arrase con las rémoras que impiden la evolución social y nuestro crecimiento personal. Que logre sentar las bases para el desarrollo de la cultura política, y que juiciosa prepare el camino de la civilidad.

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Fuentes