Voltaire

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Voltaire

François Marie Arouet, más conocido como Voltaire (París, 21 de noviembre de 1694 – ibídem, 30 de mayo de 1778) fue un filósofo, historiador y jurista francés que gracias a sus escritos sobre filosofía se convirtió en símbolo del período conocido como Ilustración defendiendo la libertad de pensamiento, la tolerancia y la justicia como instrumentos superadores de la ignorancia, el dogmatismo y las supersticiones de toda índole. Frente al oscurantismo no solo ideológico, sino académico, esgrimirá Voltaire el buen hacer de su pluma, la cual gozaba de una enorme claridad crítica.

Pensamiento filosófico

Amor propio

Tópico de la filosofía moral de los siglos XVII y XVIII. El amor propio era, en Pascal, la principal dificultad para llegar al amor de Dios. Rehabilitado por el duque de La Rochefoucauld, el amor propio resulta para Voltaire y para su íntimo Federico de Prusia, el único fundamento de la moral. Sin embargo, Voltaire avisa que: "el amor propio es como el instrumento de perpetuación de la especie: nos es necesario, nos es querido, nos da placer, pero hay que ocultarlo."

El ateísmo

Para Voltaire, el ateísmo es un error de razonamiento que surge por una mala comprensión del principio de causalidad. Para Voltaire, la existencia de Dios -que se identifica con la Razón- es evidente por sí misma.

El bien

Voltaire está mucho más fascinado por la superioridad del mal. Pero espera que algún día, tal vez, todo estará bien. Si no ¿para qué hacer filosofía?

Comercio

El comercio es la única fuente de progreso conocida. Potenciarlo es el deber obvio de cualquier gobernante ilustrado.

Cosmopolitismo

El intelectual ilustrado es, por definición, ciudadano del mundo. Aunque ello no es óbice para que recuerde de vez en cuando donde ha nacido. Sin ir más lejos, el propio Voltaire se dedicó intensamente a espiar, a favor de Francia, a su amigo Federico de Prusia. Pero lo hizo muy mal y le descubrieron pronto.

Cristianismo

Voltaire no fue anticristiano, sino anticlerical. La "infame" religión lo es, precisamente, por haberse alejado del mensaje de Cristo. Dos siglos más tarde opinan lo mismo los mejores teólogos.

El deber

El primer deber del hombre es ser feliz y el primer deber de la filosofía es ayudarle a serlo. Nadie tiene nunca el deber de ser injusto. Ni siquiera el Estado.

El entusiasta

El entusiasta es un individuo peligroso que cree demasiado y, en consecuencia, abdica de la Razón. Son entusiastas los jesuitas y Rousseau. El mejor antídoto contra el entusiasta es la ironía.

La fe

La única fe volteriana es la fe en la Razón y en el progreso. Sucede, sin embargo, que la fe volteriana no admite salvación y por ello resulta poco práctica cuando se pretende traspasarla a la política o a la teología. Por ello Voltaire pasa por descreído.

Felicidad

La felicidad volteriana no es un estado de tranquilidad impasible, sino la momentánea e inestable recompensa de la acción. Los ingenuos no pueden ser felices.

Tener igual derecho a la felicidad es para nosotros la más perfecta y única igualdad
Discurso en verso sobre el Hombre

Género humano

A diferencia de Rousseau, Voltaire no era optimista sobre la humanidad, ni estaba dispuesto a creer en panaceas. Todos somos hombres, pero no miembros iguales de la sociedad. Contra el fácil optimismo no debiera olvidarse que el género humano tiene también una impresionante y absurda, pero obvia, fascinación por el mal.

El honor

El único honor conocido viene del trabajo. Por sistema conviene desconfiar de quienes lo exhiben o lo proclaman como si existiese por sí mismo.

Las ideas

Provienen siempre de la experiencia. Las ideas innatas son una comedia y Descartes es un autor de buenas novelas filosóficas.

Jesuitas

Voltaire estudió en los jesuitas y de ellos aprendió lo peor de su estilo: la retórica. Los detestaba pero le fascinaban. Sin embargo empezaron a caerle un poco menos antipáticos cuando Clemente XIV los disolvió. El cura de su mansión en Ferney era jesuita.

Judíos

Voltaire criticó en numerosas ocasiones la pretensión del pueblo judío de ser el pueblo elegido por Dios y se hizo eco de los juicios y opiniones habituales en su época sobre los judíos. Según él, este sentimiento se habría agravado en sus últimos quince años de vida. Parecía entonces ligado al combate del filósofo contra la Iglesia católica. Otros autores han desligado a Voltaire del antisemitismo, por estimar que en ningún caso azuzó el odio o la persecución contra este colectivo (o ningún otro): «No porque ciertas frases de Voltaire nos duelan deberíamos confundirlo en la turba de perseguidores», [1] Por ello, muchos historiadores consideran a Voltaire antirreligioso en general, antes que antisemita o anticristiano, mas no por eso se le debe considerar intolerante a las religiones, ya que puede no aceptar los dogmas religiosos, y sin embargo, tolerarlos.[2]

Citas sobre los judíos

  • Artículo sobre los «antropófagos»: :«¿Por qué los judíos no habrían sido antropófagos? Habría sido la única cosa que hubiera faltado al pueblo de Dios para ser el más abominable de la Tierra».
  • Artículo sobre los judíos: :«Me ordena hacerle un cuadro fiel del espíritu de los judíos, y de su historia; y, sin entrar en los caminos inefables de la Providencia busqué en las costumbres de este pueblo la cadena de acontecimientos que esta Providencia ha preparado».
«Son el último de todos los pueblos entre los musulmanes y los cristianos, y se creen el primero. Este orgullo en su descenso se justifica por una razón sin contrapartida; es que ellos son realmente los padres de los cristianos y de los musulmanes. Las religiones cristiana y musulmana reconocen a la judía como a su madre; y, por una contradicción singular, sienten por esta madre respeto y horror».
«Se desprende de este cuadro resumen que los hebreos casi siempre han sido o errantes, o tunantes o esclavos o sediciosos: aún hoy son vagabundos sobre la tierra, y para horror de los hombres, garantizando que el cielo y la tierra, y todos los hombres, se crearon para ellos solos».

Luces

Proyecto a largo plazo de autonomía del género humano. A partir de la década de 1750, cuando se ve imposibilitado de regresar a París, Voltaire se consagra a la divulgación de las Luces con celo auténticamente clerical. Tiene, sin embargo, un matiz de dogmatismo que no se encuentra en Diderot, ni en Montesquieu. A las Luces de Voltaire les falta un poco de sensibilidad para la duda.

Lujo

"Lo superfluo/ cosa muy necesaria" es la medida del progreso. Nadie sabrá nunca si el primer hombre que usó zapatos cuando todos iban descalzos inventó el lujo o solucionó un problema práctico.

Mujeres

Como Diderot, Voltaire tiende a creer que la mujer es un hombre de sexo femenino. Pero cuando en vez de "mujeres" escribe "bello sexo" puede ponerse insoportable. Veinte años de casta convivencia con madame du Châtelet, hábitos de solterón y aventurillas diversas para escándalo de burgueses. Cualquier psicoanalista detecta en la ironía volteriana una falta de amor maternal.

Pedantería

Siempre fue para él un pecado de lesa literatura para el que no existe absolución posible. Y sin embargo, hoy su teatro suena a falso e insufrible. El mejor Voltaire es el que no quiso (o no pudo, o no supo) parecer sublime.

Progreso

Es irreversible e imparable. Además, a veces, confiaba en que el progreso material traería consigo progreso moral, es decir, tolerancia. Los críticos del proyecto ilustrado se han encarnizado con su santa ingenuidad.

Rousseau

Para Voltaire, Rousseau es el peor traidor a las Luces "su filosofía es la de un mendigo que quisiera que los ricos fuesen robados por los pobres", escribió al margen de su ejemplar del Discurso sobre el Origen de la Desigualdad.

Sentido común

Generalmente es un sinónimo de Razón o de Luces. Su peor adversario es el miedo.

Teología

Si Dios es la Razón, consecuentemente la filosofía debiera ser una especie de teología razonable. Para Voltaire, la teología cristiana es una parte de la filología y de la crítica histórica.

Tolerancia

Aunque el Tratado sobre la Tolerancia (1763) sea una de sus obras más tristemente actuales, no hay en Voltaire una teoría positiva de la tolerancia sino, más bien, una crítica de la intolerancia. La tolerancia, como respeto al otro, no soporta teorías sublimes. Es, simplemente, una actitud igualitaria, distante por igual del fanatismo y de la banalidad de las opiniones. Sirve para que la sociedad sea, si no bella, al menos soportable. No debería confundirse jamás con la indiferencia.

Verdad

Al fin y al cabo ¿sabe alguien qué es la verdad?

Referencias

  1. Roland Desné («¿Voltaire era antisemita?», El Pensamiento, n.º 203, enero-febrero de 1979, páginas 70–84).
  2. Ya antes se habló de esto más arriba en: Obra, párrafo 3.