Buen salvaje

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Conquistadores españoles amputando las manos y narices de los nativos según el libro "Brevísima Relación de la destruición de las Indias" por Bartolome de las Casas, 1552.

El buen salvaje, noble salvaje, o mito del buen salvaje es un lugar común o tópico en la literatura y el pensamiento europeo de la Edad Moderna, que nace con el contacto con las poblaciones indígenas de América. Este mito, aún hoy, forma parte del imaginario de muchas personas, especialmente asociadas a la izquierda política, el progresismo y el neomarxismo, sobre la relación entre los pueblos «civilizados» y los «primitivos».

Un 'noble salvaje' es un personaje literario estereotipado que encarna el papel del nativo, el extranjero, el humano salvaje, el "otro" que no ha sido "corrompido" por la civilización y que intenta simbolizar la bondad innata de la humanidad. Los buenos salvajes son comúnmente presentados como seres humanos en estado de naturaleza, puros, buenos, virtuosos, amables, ingenuos y confiados; perfecto contrapunto de sus conquistadores, descritos como abyectos y sanguinarios torturadores, entregados a la codicia y al fanatismo, que resumirían todos los vicios y degeneración del hombre civilizado.

Además de aparecer en muchas obras de ficción y filosofía, el estereotipo también fue muy empleado en las primeras obras antropológicas.

Orígenes

En inglés, la frase apareció por primera vez en el siglo XVII en la heroica obra de John Dryden La conquista de Granada (1672), en la que se utilizó en referencia al hombre recién creado. "Salvaje" en ese momento podría significar "bestia salvaje", así como "hombre salvaje". La frase más tarde se identificó con la imagen idealizada del "caballero de la naturaleza", que era un aspecto del sentimentalismo del siglo XVIII. El noble salvaje alcanzó prominencia como un dispositivo retórico oximorónico después de 1851, cuando se usó sarcásticamente como título para un ensayo satírico del novelista inglés Charles Dickens, quien algunos creen que podría haber querido disociarse de lo que él consideraba el sentimentalismo "femenino" del siglo XVIII. y primitivismo romántico de principios del siglo XIX.

Al contrario de lo que a veces se cree, Jean-Jacques Rousseau nunca usó la frase "noble salvaje" (francés bon sauvage). Sin embargo, el carácter arquetípico que luego se llamaría "noble salvaje" apareció en la literatura francesa al menos tan pronto como Jacques Cartier (colonizador de Québec, hablando de los iroqueses) y Michel de Montaigne (filósofo, hablando de la Tupinamba) en el siglo XVI.

Por ello, los orígenes del concepto se han señalado a partir de Nicolás Gueudeville, de Rousseau o del pensamiento francés revolucionario del siglo XVIII.

Sin embargo, el concepto surge ya desde la primera Bula Inter caetera, donde se considera a los nativos como aptos para recibir la fe católica y tiene continuidad formulando el mito en las Décadas de Orbe Novo (1493-1522) de Pedro Mártir de Anglería, primera Historia General de las Indias, donde entre los hechos se recogen referencias directas en los pensamientos de los descubridores. Concretamente en la primera Década, Libro III, se hace la descripción del «filósofo desnudo», un «salvaje» de la isla de Cuba que expone a Diego de Colón los principios fundamentales que él mismo ha aprendido de su contacto con la naturaleza.

El descubrimiento del otro

Desde el famoso texto de Cristóbal Colón en que dice haber llegado al paraíso terrenal, la imaginación se desbordó para atribuir todo tipo de bondades ingenuas a los indígenas (los naturales, como se les llamaba en los documentos españoles de la época). A ello también contribuyó en gran medida Bartolomé de las Casas con su Brevísima relación de la destrucción de las Indias. El papel de parte del clero, de teólogos como los de la Escuela de Salamanca y de los propios reyes puede verse en la convocatoria de la Junta de Burgos y la Junta de Valladolid, que discutían sobre la naturaleza y la justificación de la conquista y la explotación económica de América (polémica de los justos títulos o de la guerra a los naturales) y el corpus legislativo de las leyes de Indias. La leyenda negra española amplificó por toda Europa la idealización de los indígenas americanos como los típicos buenos salvajes.

La extensión del mito

Las utopías del siglo XVI (Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura; Tomás Moro, Utopía) y obras como la de Baltasar Gracián (El Criticón) en el siglo XVII, llevan a la definitiva discusión del ser humano como malo por naturaleza (Leviatán de Thomas Hobbes) o bueno por naturaleza, como pretendió la Ilustración (John Locke y sobre todo Jean-Jacques Rousseau), que vuelve a descubrir ejemplos de buenos salvajes en las islas del océano Pacífico (tropicales y paradisíacas como las Antillas, con indígenas desnudos de fácil trato y naturaleza pródiga) que describen viajeros como James Cook y se reproducen en historias como la del motín del Bounty.

Es de destacar también la influencia de Montaigne en el análisis y difusión del concepto del Buen Salvaje,[1] que expuso y defendió la teoría de la «candidez original» frente al «amaneramiento del espíritu humano». El pensador humanista de ascendencia judeoconversa de procedencia aragonesa, aun siendo más conocido por su faceta de literato, ha sido uno de los eruditos más influyentes[2] en las corrientes filosóficas de la Ilustración y, por extensión, en la Edad Moderna y la contemporánea.

Joseph-Marie Loaisel de Tréogate, escritor apreciado especialmente durante la Revolución francesa se hizo eco de las teorías de Rousseau al respecto del Buen Salvaje afirmando[3] que el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que pervierte, y que todo lo que no pertenece a la naturaleza sólo puede llevar al desorden físico o moral.

También contribuyó a la extensión del uso del concepto el hallazgo de niños salvajes (Victor de Aveyron y Kaspar Hauser), que a su vez tuvieron tratamiento literario y cinematográfico, por sí mismos o como inspiración.

La idea de que los humanos son esencialmente buenos a menudo se atribuye también al tercer conde de Shaftesbury, un partidario de la monarquía constitucional. En su Investigación sobre la virtud (1699), Shaftesbury había postulado que el sentido moral en los humanos es natural e innato y se basa en los sentimientos, en lugar de ser el resultado del adoctrinamiento de una religión en particular. Shaftesbury estaba reaccionando a la justificación de Thomas Hobbes de un estado central absolutista en su Leviatán, "Capítulo XIII", en el que Hobbes sostiene que el estado de la naturaleza es una "guerra de todos contra todos" en la que la vida de los hombres es "solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta". Hobbes llama además a los indios americanos un ejemplo de un pueblo contemporáneo que vive en ese estado. Aunque los escritores desde la antigüedad habían descrito a personas que vivían en condiciones fuera de las definiciones contemporáneas de "civilización", a Hobbes se le atribuye la invención del término "Estado de la naturaleza". Ross Harrison escribe que "Hobbes parece haber inventado este término útil".

Referencias

  1. Ensayos completos, Michel de Montaigne, Editorial Iberia 1968 (Capítulo “De los caníbales” XXX, Tomo I)
  2. http://personal.us.es/jnr/mnt/pensamiento.html
  3. http://revistas.um.es/estudiosromanicos/article/view/116641

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