Francisco

De Metapedia
(Redirigido desde «Francisco I»)
Saltar a: navegación, buscar
FranciscoPapa.jpg
El papa en 2013
Nombre Jorge Mario Bergoglio.
Nacimiento 17 de diciembre de 1936,
en Buenos Aires, Bandera de Argentina.png Argentina .
Elección como Papa 13 de marzo de 2013.
Estudios Química, Humanidades y Filosofía.
Religión Catolicismo.
Predecesor Benedicto XVI

Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 17 de diciembre de 1936), cuyo nombre papal es Francisco, es el actual papa de la Iglesia Católica. Es el papa número 266. Fue elegido por los cardenales que votaron en cónclave el 13 de marzo de 2013. Es el sucesor de Benedicto XVI.

Es el primer pontífice originario del continente americano, el primer hispano desde Alejandro VI —muerto en 1503— y el primero no europeo desde el sirio Gregorio III —fallecido en 741—. Además, es el primero perteneciente a la Compañía de Jesús.

Tras la muerte del papa Juan Pablo II el 2 de abril de 2005, fue considerado uno de los candidatos a ocupar el lugar del sumo pontífice, cargo para el que fue elegido finalmente Joseph Ratzinger, que adoptó el nombre papal de Benedicto XVI.

Fue presidente de la Conferencia Episcopal Argentina durante dos períodos consecutivos. Impedido por los estatutos de asumir un nuevo mandato, durante la 102.ª asamblea plenaria de ese organismo se eligió al arzobispo de la arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz, José María Arancedo, para sucederlo.

En un gesto antiblanco, la primera visita oficial del papa fue a la isla italiana de Lampedusa el 8 de julio de 2013, donde organizó una misa en honor a los inmigrantes ilegales[1] [2]. Sin embargo, no hizo nada en honor a los afrikaaners asesinados en Sudáfrica, ni en honor a los cristianos asesinados en países musulmanes.

Igualmente durante su visita a Estados Unidos en septiembre de 2015, el papa pidió al Congreso que acogiera a la inmigración -no blanca- argumentando que estos inmigrantes "renovarán" y "enriquecerán" al país, justificando así el genocidio blanco por inmigración masiva.[3][4][5]

En marzo de 2016 en un discurso a una audiencia de cristianos franceses justificó nuevamente el genocidio blanco describiendo la afluencia de invasores no europeos a Europa como "algo bueno" que "ayudará a Europa" al "cambio" y a ser "multicultural".[6]

En una entrevista con el diario francés La Croix, Bergoglio continuó su apología al genocidio blanco diciendo que la integración de los inmigrantes ilegales musulmanes al continente europeo, y la consecuente colonización de Europa es necesaria debido al grave problema de la baja natalidad.[7] Su declaración se asemeja a la del Imán Sheikh Muhammad Ayed quien dijo en septiembre de 2015 que los musulmanes deben aprovechar la crisis migratoria para "reproducirse con los europeos y así conquistar sus países".[8]

Artículos de opinión

Cardenal Jorge Bergoglio en un metro de la Ciudad de Buenos Aires, practicando el gesto masónico de la mano escondida

Una elección inesperada, por Denes Martos

Con la elección de un Papa argentino, a más de uno le saltaron los fusibles. De aquí en más podremos seguir discutiendo si es cierto, o no, aquello de que "Dios es argentino". El Papa, en todo caso, lo es.

Pero seamos honestos: a pesar de que, cuando resultó electo Benedicto XVI, el actual Papa "salió segundo" – según la jerga periodística que interpreta la designación de la suprema autoridad de la Iglesia como si fuera una competencia electoral común – a pesar de eso, prácticamente nadie, o por lo menos muy pocos, calculaban en serio y más allá de las especulaciones casi obligadas con la posibilidad de que Jorge Mario Bergoglio resultase electo Papa. Se volvió a verificar lo que tantas veces se ha dado: quien entra como papa sale como cardenal. Jorge Mario Bergoglio entró como cardenal y emergió como Papa.

Y Habemus Papam; como lo venimos teniendo desde hace 2.000 años, y como lo seguiremos teniendo por solo Dios sabe cuánto tiempo más, sea como fuere que se quiera interpretar la profecía de San Malaquías … si es que esa profecía es realmente de San Malaquías y si es que realmente se trata de una profecía.

No tiene mucho sentido repetir aquí la biografía y los antecedentes del hombre. Eso ya ha sido hecho con profusión y de seguro, durante un tiempo, volverá a ser reiterado unas cuantas veces. Quizás, incluso, hasta el cansancio. Lo que realmente importa de aquí en más no es tanto lo que Jorge Mario Bergoglio fue y lo que hizo, sino lo que el Papa Francisco será y lo que hará. O lo que tendrá que ser y tendrá que hacer.

Si bien en materia biográfica no podríamos hacer más que reiterar lo ya conocido, lo que puede resultar útil es tratar de dibujar un cuadro de situación del entorno en el cual el Papa Francisco deberá actuar. No es fácil por una cuestión muy simple: hay muchas maneras de hacerlo. Hay muchos enfoques posibles. Incluso hay muchos detalles que hoy quizás parezcan pequeños pero que pueden volverse tremendamente relevantes en el futuro. Así y todo hay al menos un aspecto que, en mi modesta opinión, merece ser considerado: el de los criterios que actúan sobre la post-modernidad (y quizás ya deberíamos hablar de una post-postmodernidad) moldeando la vida y la cosmovisión de las personas, tanto de los católicos como de quienes no lo son.

En una Historia de la humanidad occidental, dibujada con trazos gruesos, podríamos aislar tres concepciones de vida diferentes, cada una de ellas construida sobre una escala propia de valores.

Al principio observaríamos a un ser humano que se consideraba naturalmente incluido y comprendido en el entorno de una tradicionalidad sagrada. Este mundo, o cosmos como le decían los hombres de Esparta, podía en algunos casos carecer en buena medida de una trascendentalidad específicamente religiosa – aun cuando no de una religiosidad específica – pero conoció y era capaz de estudiar, entender y adquirir aquellos conocimientos que, puestos como fundamento del funcionamiento de los procesos institucionales y sociales, permitieron mantener el equilibrio espiritual del universo humano. En este cosmos resultaban realizables y hasta pensables en absoluto solamente aquellas cosas y proyectos de cuya continuidad posible estuviese convencida toda la comunidad involucrada. Para ponerlo en términos más simples: la Antigüedad grecorromana y los primeros catorce siglos de cristianismo no conocieron "saltos al vacío" propiamente dichos. Aun aceptando grandes innovaciones e importantes cambios – y el cristianismo como tal fue uno de ellos – el concepto de la edificación del cosmos fue el de poner una piedra sobre la otra, cuidando en cada caso que la nueva piedra encajara lo más perfectamente posible con las anteriores y que el edificio entero resultase satisfactoriamente imaginable en su proyectada totalidad. El símbolo quizás más ilustrativo de esta mentalidad es la catedral gótica europea que une en una armonía casi perfecta la audacia de la elevación con la solidez de la estructura.

El Renacimiento y la llamada "Ilustración" quebraron la continuidad de esta concepción constructiva. Exaltaron la libertad de lo pensable y lo realizable catalogando con cada vez mayor énfasis de irracionalidad y superstición a todo aquello que podía llegar a cuestionar sus audaces proyectos desde el punto de vista de la continuidad tradicional.

El quiebre tuvo su lado positivo, no hay por qué negarlo. Gracias a él las ciencias y las tecnologías derivadas de ellas recibieron un tremendo impulso y avanzaron hasta el nivel actual a un ritmo que difícilmente hubiera sido posible con el criterio anterior. Pero la moneda, como toda moneda, resultó tener dos caras. Junto con la expansión de nuestro conocimiento positivo se convirtieron en valores poco menos que sacrosantos los conceptos de una libertad prácticamente irrestricta. La libertad de pensamiento, de expresión, de prensa o, lo que resultó equivalente en la práctica, la libertad de "interpretar lo pensable como factible" en materia intelectual y la "libertad de los mercados" en materia socioeconómica, acapararon el pensamiento del mundo cultural de Occidente. Sobre todo se convirtió en dogma, justificador de la "occidentalización" forzosa del planeta entero, la noción de la libertad prácticamente irrestricta de las actividades socioeconómicas.

Lo siniestro de este dogma es que todas las construcciones ideológicas revestidas con la idea de la libertad "ilustrada" se convirtieron en instrumentos y en armas de una dictadura solapada. Bajo el manto de una liberalidad igualitaria formal, primero la economía terminó usurpando el ámbito político y luego, al consolidarse el régimen, el poder financiero usurpó el ámbito económico. Primero el pensamiento socioeconómico se adueñó del criterio político y luego lo financiero acabó sojuzgando tanto a la economía como a la política en la enorme mayor parte del ámbito occidental y toda su zona de influencia. Mayer Amschel Rothschild quizás no dijo más tarde aquello de "Dadme el control sobre el dinero de una nación y no me importará quién haga sus leyes"; pero la frase no por ello ha dejado de señalar una realidad innegable desde entonces.

Lo notorio es que los siguientes cambios de mentalidad y de estilos de vida se produjeron signados por dos Guerras de Treinta Años, aun cuando las Historias oficiales reconozcan con ese nombre solo una de ellas.

La primera, la de 1618-1648, consolidó definitivamente la victoria de la modernidad sobre la tradicionalidad sagrada europea. La costumbre de catalogar las crisis y los conflictos de esta época como "guerras religiosas" no deberían llamar a engaño. La Reforma misma no fue más que un pretexto; fallido por lo demás, ya que su intención primigenia, la de restaurar o re-formar la sacralidad, desembocó en el fracaso. En lugar de una restauración, Europa pudo comprobar el grado de enorme brutalidad con la que se llegaron a masacrar entre sí los individuos "liberados" por el Renacimiento y la Ilustración de un supuesto "oscurantismo medieval" el cual, con todos sus defectos, todavía los consideraba como personas eslabonadas entre un pasado y un futuro y no como meros individuos, habitantes de un presente de cara a una utopía. La primera Guerra de los Treinta Años puede considerarse como el primer fenómeno apocalíptico de la guerra total que ya en aquella época se llevó el 40% de la población europea y casi el 50% de sus bienes materiales.

La segunda Guerra de Treinta Años europea ocurrió en el Siglo XX, entre fines de julio de 1914 y mayo de 1945, desde el momento en que hoy resulta ya poco menos que obvio que las dos Guerras Mundiales europeas no fueron sino un mismo conflicto, apenas interrumpido por un intervalo de 21 años, siendo que la Segunda no fue más que consecuencia de los conflictos que la Primera dejó sin resolver o, lo que fue peor, resolvió mal. Y también esta guerra constituye un hecho-límite que marca un cambio de mentalidad y de estilo de vida.

Para cuando estalló la Primera Guerra Mundial, la modernidad occidental ya se había expandido por vastas extensiones de la periferia de Occidente y en muchos lugares ya había generado reacciones contrarias que no podían ser manejadas con los medios usuales de la dictadura encubierta por la democracia. Al final, las dictaduras que surgieron después de esta segunda Guerra de Treinta años mostraron con intergiversable evidencia la verdadera esencia de la modernidad occidental que no es otra que la del capitalismo en sus diferentes variantes. Hoy ya es indisputable que el bolchevismo no constituyó más que un capitalismo político feroz bajo la forma del terror dictatorial impuesto por la estructura de una élite partidaria que se adueñó del Estado "privatizándolo" de hecho en beneficio de una nomenklatura privilegiada.

Esa segunda Guerra de Treinta Años, superficialmente relatada como Primera y Segunda Guerra Mundial, trajo consigo el fracaso del modo de vida hasta entonces seguido por la modernidad occidental y abrió el camino para el desarrollo del nuevo cosmos de la globalización. Esa visión de un mundo globalizado, construida en buena medida sobre el poder traductor y sugerente de los medios masivos de difusión, instituyó una nueva forma de dictadura fáctica, incomparablemente más brutal que las anteriores y también incomparablemente más peligrosa puesto que consiguió mantenerse en un discreto segundo plano detrás de la máscara de toda una larga serie de derechos y libertades formales al tiempo que cuestionaba y relativizaba prácticamente todos los valores tradicionales con el objetivo no solo de "disolver" las estructuras del Estado-Nación de cuño occidental sino también todo el tejido social y cultural de Occidente.

El resultado está hoy a la vista de cualquiera que se atreva a mirar el cosmos actual con sus propios ojos y no a través del "relato" de los medios o de las interpretaciones distorsionadas por utopías caprichosas. Una humanidad estafada y expoliada de un modo cada vez más salvaje ha caído en una crisis económica, social, ecológica, política y sobre todo cultural y moral de tales dimensiones y alcances que ya hace rato hubiera desembocado en una verdadera guerra civil global si el poder disciplinador de los medios masivos y el aparato cultural del sistema no tuviesen éxito en presentar todo esto como el único de los mundos posibles o, en todo caso, como una situación mejorable según las propuestas utópicas y prácticamente inviables de una crítica tolerada que, en esencia, hasta comparte y afirma la misma escala básica de principios que hacen a la fachada de derechos y libertades que – teóricamente al menos – concurren a justificar el poder actual.

En última instancia, todo lo anterior desemboca en el sutil reemplazo de la realidad objetiva por un "relato" cultural-ideológico redactado con básicamente dos elementos: una evidente demagogia desarrollada sobre toda una serie de abstracciones mentales concebidas – o al menos presumidas – como deseables por grandes mayorías de seres humanos y la relativización ad infinitum (hasta podríamos decir ad nauseam) de cualquier verdad que pueda poner en evidencia precisamente la realidad objetiva del cosmos en el que estamos viviendo.

La pretensión de exaltar lo pensable y lo realizable, disociándolo según conveniencias coyunturales de lo ya pensado y lo ya realizado, tapando además y al mismo tiempo la realidad con lo deseable y lo relativo, ha conducido a la post-modernidad a la aceptación masiva de un reemplazo de la realidad por el "discurso". Esto, en los hechos concretos, posibilita el diseño y la implementación casi irrestricta de cambios constantes mediante los cuales los bienes materiales del mundo post-moderno son casi ilimitadamente explotables sin oposición relevante, y con un beneficio neto fácil de concentrar en las manos de una pequeña élite plutocrática que domina el aparato financiero y, a través de él, tanto el aparato político como el ámbito cultural.

Frente a todo esto, la Iglesia Católica constituye la única institución con 2.000 años de trayectoria y experiencia ininterrumpida en Occidente. Es la única institución que – con los avatares inevitables de la Historia – ha sobrevivido estructuralmente a los tres grandes estilos de vida que hemos reseñado. No lo ha hecho sin quedar herida y, en alguna medida, contaminada. Pero es la única que sigue en pie. Es el único y quizás último eslabón concreto que el Occidente actual todavía tiene con aquella columna vertebral constituida por su tradición, sus valores, su cultura y su Fe. La Iglesia es, a pesar de todos los problemas y conflictos que se le pueden señalar, el último fundamento sólido que todavía sobrevive en medio de una decadencia generalizada de hedonismos, descreimientos, relativizaciones, corrupciones y demagogias.

Esa Iglesia es la que Jorge Mario Bergoglio ha aceptado conducir.

Por eso, el Papa Francisco es más que un Papa inesperado.

Es un Papa con una misión. Una misión muy especial.

Quizás la más difícil y compleja que le haya tocado a Papa alguno en veinte siglos.


El Papa peronista, por Marcos Ghio


Indudablemente la elección de Jorge Bergoglio como papa ha causado una gran conmoción mundial y más aun en la República Argentina de donde es originario el aludido. Como han sido muchísimas las cosas que se han dicho, sea a favor como en contra, respecto de su persona trataremos aquí de señalar lo que a nuestro entender es lo principal.

En primer lugar hay que destacar que el sector de la Iglesia contrario a su elección se ha encargado de sembrar el desprestigio hacia su figura propalando por diferentes medios una vasta literatura encargada de poner en evidencia el carácter masón y judaico representado por Bergoglio, cuya presencia en la cúspide de dicha institución según éstos significaría sin más un avance de tales organizaciones para hacerse definitivamente con la misma. Al respecto queremos decir dos palabras. En realidad no creemos en manera alguna que la llegada del argentino al trono de Pedro tenga que ser encarada desde este punto de vista por la sencilla razón de que la Iglesia ya desde hace tiempo y en especial a partir del Concilio Vaticano II ha dejado de ser propiamente católica para aproximarse en cambio a una de las tantas versiones que componen el vasto espectro del protestantismo cristiano. Y esto principalmente a la luz de las sustanciales modificaciones acontecidas a partir del aludido evento, el que, si bien en sus comienzos se perfiló como simplemente pastoral, terminó paulatinamente transformando en manera radical la totalidad del culto dando así cabida a una religión nueva. Fue así como el misterio de la transubstanciación, por el cual el filósofo y pastor protestante Hegel vociferaba en contra del catolicismo considerándolo por tal dogma como una superchería medieval, hoy ha prácticamente desaparecido quedando tan sólo como una palabra vacía de contenido, en modo tal que el rito de la comunión, ceremonia católica esencial, ha pasado a convertirse en una mera rememoración de lo acontecido en la última cena de Jesús dejando así de ser un acto mágico y consagratorio de transformación de un ente físico en el cuerpo real del Dios, perdiéndose de este modo el carácter propiamente sagrado y como perteneciente a una dimensión no propiamente humana que tenía antes la misa. Agreguemos además que tal modificación junto a otras no menos esenciales, como la sustitución de la lengua y la música sacra por expresiones seculares y mundanas, ha tenido que estar acompañada también por otros actos de nivel público que no han hecho más que confirmar tal renuncia esencial por lo cual indudablemente nos hallamos con una religión que no es más la católica que se practicara durante casi dos mil años, sino una de las tantas manifestaciones de la modernidad en sus aspectos pseudoreligiosos y de espiritualidad new age encargadas meramente de la medicinal función de satisfacer y llenar vacíos existenciales. Por lo cual sostener hoy en día que la masonería y el judaísmo en sus elementos seculares hayan podido efectuar maniobra alguna de infiltración con este nuevo nombramiento peca de una ingenuidad absoluta, cuando no de manifiesta mala fe. La Iglesia ya estaba infiltrada y contaminada desde mucho antes de esta elección y el retorno del catolicismo a su carácter originario no sobrevendrá en manera alguna de un cónclave de cardenales, sino solamente a través de una verdadera revolución restauradora que deberá acontecer principalmente a partir de aquellos que, en tanto han percibido los males actuales, han resuelto decididamente apartarse de la Iglesia con la finalidad de tener manos libres para corregir tal anomalía.

Por lo tanto el problema de Bergoglio pasa por un terreno menor al de carácter teológico y religioso, al que se ha querido aludir capciosamente, para ingresar en cambio en el de la política moderna, ámbito en el cual el Vaticano, especialmente en los últimos tiempos, ha tomado un rumbo decidido con la intencionalidad de suplantar su hegemonía espiritual, perdida en forma ya definitiva, por un influjo mayor en el plano de los acontecimientos utilizando para ello el prestigio adquirido milenariamente por tal institución.

Y es aquí en donde a nuestro entender adquiere un cierto relieve tal figura. A tal respecto, en un afiche que colmara las calles de Buenos Aires apareció la foto del nuevo Papa acompañada de una consigna que decía: ‘argentino y peronista’. En realidad queremos decir que el primer dato, a pesar de haber sido aquel en el cual se puso un énfasis mayor, resulta en el fondo irrelevante pues tiene que ver con una circunstancia ocasional en la vida del nuevo pontífice, hijo de inmigrantes italianos que recularon a la Argentina por razones de conveniencia, por lo cual, si bien en la geografía relativa a su lugar de nacimiento su elección puede haber sido diferente de lo habitual, no lo es en cambio en la composición étnica a la que han pertenecido también la mayoría de los papas en toda la historia. Desde este último punto de vista, que es en el fondo el más importante, ha sido más contrastante en su momento la elección de sus dos predecesores, polaco el uno y alemán el otro, quienes pusieron coto a una larga hegemonía italiana en el ejercicio de tal función. Lo significativo y novedoso es en cambio que sea un peronista el que llegue a la misma y en tal aspecto consideramos que esta elección política efectuada por Bergoglio en vida se vincula a la otra relativa a la orden sacerdotal a la que se adscribiera desde los mismos inicios de su vida religiosa, la de los jesuitas, lo cual también ha sido sumamente novedoso en la elección de un pontífice. Jesuitismo y peronismo han tenido históricamente características en el fondo muy comunes. En los dos casos, religioso el uno y político el otro, se ha tratado de corrientes que le han dado una importancia especial y determinante a la realidad histórica subordinando a la misma los principios que se tuviesen. Sea el peronismo como el jesuitismo pusieron como meta propia la acumulación de poder como elemento prioritario en su accionar, no hesitando, en función de ello, en incurrir en las intrigas más dispares. En pocas palabras a ninguno de los dos en el fondo le ha interesado tanto el triunfo o la validez de un principio a través del mantenimiento de una ortodoxia, cuanto que el bando al cual hubiesen adscrito fuese el que finalmente triunfara. En función de esta meta es que la Compañía ha estado siempre a la cabeza de todos los movimientos de adaptación y renovación acontecidos en el seno de la propia religión efectuados con la finalidad de poder encauzar los cambios que acontecen en el mundo hacia el terreno de la Iglesia a fin de que ésta pudiese asumir una función hegemónica en los mismos. Fue tanto el oportunismo y el maquiavelismo históricamente manifestado, acompañado a su vez de un carácter sumamente intrigante que llegaba incluso a la trasgresión de normas morales elementales, que el mismo Vaticano terminó suprimiéndola en el siglo XVIII, para más tarde permitir su retorno aunque con importantes disminuciones en su presencia en el seno de tal institución.

En tal aspecto el peronismo en el fondo ha sido también un jesuitismo pero llevado al terreno político. El apotegma peronista de que ‘la realidad es la única verdad’ contrastante con una postura ortodoxa de dar prioridad en cambio al predicado de tal proposición, ha estado corroborada con la praxis de todos los gobernantes de tal signo que ha tenido la Argentina. Comenzando por Menem quien se hiciera famoso por sus volteretas ideológicas y la asombrosa facilidad con la que podía pasar de un extremo al otro en el campo de las ideas en tanto que, como buen peronista, acompañaba a la realidad, que era la única verdad, en sus cambios sucesivos, hasta llegar a los mismos Kirchner quienes, también sin ruborizarse siquiera, han transitado por los planos más dispares y contrastantes: desde haber sido los defensores del más crudo liberalismo hasta llegar a convertirse en los representantes latinoamericanos del más desembozado populismo izquierdista. Esto último es a su vez lo que se acaba de manifestar ahora cuando, a pesar de que Bergoglio, en sus funciones de cabeza de la Iglesia en la Argentina, fue combatido con vigor hasta el límite de negársele todas las audiencias solicitadas y no estar nunca presentes los Kirchner a ninguna de sus ceremonias religiosas, en señal de rechazo, ahora, luego de su elección papal, la actual presidenta ha asumido en cambio una postura de abierto idilio con su figura llegándose hasta el límite de la desfachatez cuando uno de sus voceros oficiales ha hablado, también sin siquiera ruborizarse, de la necesidad de confiscarlo para sí a fin de poder ganar en las próximas elecciones.

A todo esto habría que agregar también que Bergoglio, siendo sacerdote llano, militó activamente en el peronismo adhiriendo al grupo Guardia de Hierro (que no tiene nada que ver con su homónimo rumano) el cual se destacaba justamente por su carácter jesuítico de sostener una obediencia cadavérica al jefe del propio movimiento en tanto que se consideraba que era de esa forma y no razonando y discrepando en los principios que el mismo iba a poder triunfar.

Agreguemos finalmente que, desde el punto de vista de la política internacional, la presencia de un jesuita y por lo demás peronista ha al parecer ya producido cambios significativos que pueden llegar a ser aprovechados en un sentido superior. Por ejemplo, Bergoglio, a diferencia de su predecesor, ha manifestado su intención de iniciar un diálogo con el Islam. A pesar de que bien sabemos que lo hará con los sectores modernos de tal religión, ello representa sin lugar a dudas un cambio en el rumbo y un alejamiento respecto de posturas más duras y comprometidas como las asumidas por quien lo precediera. No por casualidad tal medida ha producido en lo inmediato el alejamiento de la Iglesia de una de las principales adquisiciones de Ratzinger, el sionista egipcio converso Magdi Allam, quien ha declarado su ruptura con la misma al percibir que ésta, al pregonar el diálogo, ha renunciado ahora a combatir al Islam, el gran enemigo para él de la humanidad ‘civilizada’.

Recordemos que el papa anterior había puesto a tal religión en un plano de total enemistad contrastante con la estrecha cercanía que sostenía en cambio y asiduamente con el sionismo sea judío como cristiano. Y esto había hecho que varios exponentes de tal postura se terminaran convirtiendo al catolicismo, como además del antes aludido, el caso de Tony Blair y por poco el de George Bush. Esto es sin lugar a dudas un reacomodamiento que nos indica muy jesuíticamente que la Iglesia percibe un quiebre en la situación en el ‘mundo libre’ y que es necesario conciliar con el Islam a fin de evitar que triunfe su sector más radical. Pero estamos recién en los comienzos y los tiempos nos darán detalles mayores.


Un Papa argentino: Mamma mía, por Alberto Buela


Si los argentinos somos famosos en el mundo por nuestra desmedida autovaloración, qué no dirán ahora.

A Maradona, Messi, Fangio, Gardel, Perón, Evita, el Ché Guevara, Borges y la Reina Máxima de Holanda, ahora sumamos a un Papa. Además es el primer el primer Papa americano (1), aunque algunos periodistas zafios sostienen que es el primer no europeo, ignorando a San Pedro y otros muchos.

Ahora bien, ¿ tiene esto alguna significación primero para nuestro país, luego para Suramérica y la ecúmene iberoamericana y luego para el mundo?

Es sabido que es muy difícil realizar una prognósis con cierto rigor, pues el conocimiento del futuro nos está vedado desde el momento que tal don quedó encerrado en la Caja de Pandora.

Con esta prevención y sabiendo que vamos a hablar más como filodoxos, como amantes de la opinión, es que intentaremos algunas observaciones.

Para Argentina esta elección como Papa de uno de sus hijos es una exigencia de un mayor compromiso católico tanto de su pueblo como, sobretodo, de sus gobernantes. Pues tiene que haber una cierta proporcionalidad entre lo que somos y lo que decimos que somos. De lo contrario, vamos a hacer verdad aquel viejo chiste que dice que el mejor negocio del mundo es comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que él dice que vale. Y hoy esta elección del Papa Francisco está diciendo que los argentinos valemos mucho. Bueno, si es así, nosotros como pueblo y nuestros gobernantes como tales tenemos que realizar, todos, acciones que nos eleven a esa consideración hacia la que nos arrastra la designación de un Papa de nuestra nacionalidad.

Con respecto a Suramérica el hecho potencia a la región. Porque las vivencias que de la zona tiene el Papa hacen de él un vocero privilegiado de sus necesidades e intereses y porque además pues posee un conocimiento directo, no mediado o mediático de la región y sus diferentes países.

Con relación a la ecúmene iberoamericana en su conjunto, el Papa Francisco tiene una visión integradora al estilo de Bolívar, San Martín y más cercanos a nosotros Perón, Vargas o el reciente fallecido Chávez. Esto no quiere decir que Francisco sea peronista, pero sí que tiene una acabada comprensión de este fenómeno político.

Finalmente, con respecto al resto del mundo, estimamos que iniciará una gran campaña de evangelización intentando recuperar África y las ex repúblicas soviéticas para la Iglesia. Y seguramente reclamará por los reiterados asesinatos de cristianos, en 2011 hubo 105.000 muertos, mayoritariamente, en países con gobiernos islámicos.

En cuanto a su perfil cultural es un jesuita formado en la época de plena ebullición del Concilio Vaticano II. Esto es, cuando comienza la decadencia de la orden. No recibe casi formación teológica sino mas bien sociológica, de acuerdo con la pautas de la orden en ese momento. Así, el sacerdote no tenía que “hacer lo sagrado” sino “militar y activar políticamente”. Los jesuitas se transformaron en sociólogos más que curas. De ahí que la orden se vació en tan solo una década. Cuando el Padre Bergoglio fue provincial de la orden (1973/79) entregó el manejo de la Universidad jesuita del Salvador a los protestantes (Pablo Franco, Oclander et alii). Mientras él se dedicaba a asesorar espiritual y políticamente a la agrupación Guardia de Hierro, que vendría a ser una especie de sucursal argentina del Movimiento Comunione e liberzione. Una agrupación político religiosa bicéfala, que era liberacionista en Argentina y conservadora en Italia.

Su elección como Pater inter pares, cuyo acróstico forma el término Papa, trajo tranquilidad a la curia vaticana porque Francisco es hijo de italianos por parte de madre y padre y es nacido y criado en Buenos Aires, esa mega ciudad que hiciera exclamar al medievalista Franco Cardini: la piu grande citá italiana del mondo. Es decir, estamos hablando de un “primo hermano, hermano” de los italianos. Al mismo tiempo, su vinculación simpatética (con el mismo páthos) con la comunidad judía argentina, la más numerosa después de la de Israel, le asegura al Vaticano que no habrá ningún sobresalto, “raigalmente católico,” por parte de Francisco. Hoy en Buenos Aires todos los rabinos y judíos, sin excepción, festejan su designación como Papa. Salvo el caso del periodista Horacio Verbitsky, difamador profesional y administrador de “los derechos humanos selectivos” del gobierno de Kirchner.

Como Arzobispo de Buenos Aires y como cardenal primado ha mostrado siempre una predilección por los pobres en la línea de Juan Pablo II y Ratzinger. Al mismo tiempo que comparte con ellos una cierta ortodoxia.

Y desde este lugar se opuso siempre al gobierno neoliberal de Menem y al socialdemócrata de los Kirchner. Con estos últimos su enfrentamiento ha sido y es muy fuerte, no tanto por razones ideológicas, no olvidemos que los dos se dicen progresistas, sino que se trata de dos personalidades (una profana y otra religiosa) que creen ser los auténticos intérpretes del pueblo.

¿Qué nos está permitido esperar? Que Francisco siga la senda marcada por el Vaticano II, por Juan Pablo II y por Benedicto XVI sin mayores sobresaltos. La centralidad de la Iglesia seguirá siendo Roma pero su hija predilecta dejará de ser Europa para ser Iberoamérica, donde vive la mayor masa de católicos del mundo.

Hoy desde todos los centros de poder mundano, y los “analfabetos locuaces” (los periodistas) como sus agentes, piden que la Iglesia cambie en todo para terminar transformándose en una “religión política” más, como lo son el liberalismo, la socialdemocracia, el marxismo y los nacionalismos. Y lo lamentable es que el mundo católico acepta esto como una necesidad ineluctable. Olvidando que el cristianismo es, antes que nada, un saber de salvación y no un saber social.

Y lo sagrado, la sacralidad de la Iglesia, la actio sacra, la sed de sacralidad del pueblo, el retiro de Dios, el crepúsculo de la trascendencia?

¡Ah, no!, eso es pedirle demasiado a un Papa argentino.


El Papa por Suramérica, por Alberto Buela


No hay duda que el Papa es argentino pues tiene el tupé de decir en cada lugar lo que la gente quiere escuchar, y así en Bolivia, enferma de indigenismo, pidió perdón por los crímenes que ocasionó la conquista y colonización de América y al otro día en Asunción rindió loas a las reducciones jesuíticas del Paraguay como si éstas no hubieran formado parte de la colonización de América. Todo por el mismo precio y sin ponerse colorado.

Desde hace muchos años la Iglesia perdió su iniciativa con relación al mundo ya que dejó de marcar su compás. De esto se dieron cuenta ciertos buenos filósofos como Augusto del Noce o Romano Guardini que intentaron recuperar una especie de “modernidad católica” para que la Iglesia no quede al margen del mundo. Todo ello se intentó aun con mayor esfuerzo en el desastroso Vaticano II, pero el hecho cierto y bruto es que la Iglesia perdió el tren del mundo.

La consecuencia de ello es que siempre, al menos desde el Vaticano II, llega con atraso a proclamar todo aquello proclamado por la modernidad. Y así la Iglesia se va transformado en una “iglesia a la carta” o como dicen los norteamericanos un catholic café.

Así la tardía defensa de la democracia suena a remedo; la aceptación de mundo gay a parodia; el aborto en ciertos casos a concesión; la eutanasia a permisión científica; la nueva interpretación católica del Nuevo Testamento por el Antiguo a inversión judaizante, la anulación del celibato a pérdida de la ascesis católica que la distingue de los protestantes, en fin son todas llegadas con atraso a proclamar todo lo que la modernidad ha ya proclamado y que al mundo, por llevarlas a cabo, le ha ido como la mona en estos últimos doscientos años.

¿Y esta estratégica a quien sirve?

A la Iglesia no creemos, por aquello de “burro viejo no agarra trote”, a la evangelización menos pues nadie se convierte a algo que no está definido ni se diferencia de aquello en donde uno está parado, a los adversario tampoco, porque un Occidente sin Iglesia católica sería mucho más uniforme y homogéneo de lo que es ahora. Nos sumergiríamos en una especia de miasma cósmico de todo y todos por igual.

Esto que viene sucediendo dentro de la Iglesia solo beneficia al diablo y a sus hijos, que son los padres de la mentira y el simulacro. Son los reyes de la carnalidad y el resentimiento. Son los que no se conforman nunca con lo que tienen y siempre quieren más, a costa de todo y de todos. Son los que realmente explotan a los pobres que defiende Francisco, son en definitiva, los sostenedores concretos del mal en el mundo.

Bueno, ante esto Francisco no corta ni pincha, qué quieren: es argentino. No puede ni está en condiciones de recuperar la sacralidad de la Iglesia, lo que está ofreciendo es una sacralidad de sustitución o espuria como ocurre con las sectas, que no son otra cosa que religiones a la carta.

Mientras Francisco acuse de todos los males del mundo al capitalismo, al imperialismo internacional del dinero sin decir quienes son ni identificarlos, todo marcha sobre ruedas, total se refiere a un universal vacío, a una denuncia en el aire, pero en cuanto baja los pies a la tierra como en su encíclica "Laudatio si", donde se opone, entre otras cosas, a la internacionalización del Amazonas o cuando reconoce al Estado Palestino, allí todo su mensaje es silenciado por los mass media internacionales. La voz de orden es: "no comment".


Francisco debe pedir perdón, por Antonio Caponnetto


Si los múltiples medios oficiales y oficiosos no se han puesto de acuerdo para fabricar un horrible montaje, todos hemos visto y escuchado a Francisco en Bolivia, este 9 de julio de 2015, diciendo que “la Iglesia tiene que pedir humildemente perdón por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada Conquista de América”.

No fue el único extravío grave de palabras y de gestos que tuvo el Obispo de Roma en este viaje por América del Sur, pero sin dudas es uno de los más escandalosos y ultrajantes.

Ofende a la Verdad Histórica, a la Madre España y, sobre todo, a la Iglesia Católica, de la que se supone es su Pastor Universal. Son, en síntesis, las de Francisco, palabras inadmisibles, cargadas de injusticias, de calumnias, de vejámenes y de oprobio. Palabras mendaces que alimentarán todo el inmenso aparato mundial del indigenismo marxista, y que se sumarán al proceso de deshispanización y de desarraigo espiritual lanzado contra América Hispana. El daño que ya están provocando es incalculable.

Son muchos los historiadores y pensadores de nota que pueden desmentir fácilmente la temeraria afirmación de Francisco, pues la misma no resiste la confrontación con las investigaciones solventes y eruditas.

Hasta nosotros mismos, movidos por el amor filial a la España Eterna y a la Esposa de Cristo, nos hemos ocupado de este tema hace ya muchos años y desde entonces lo venimos haciendo en la escasa medida de nuestras fuerzas.

Por eso nos parece oportuno reflotar un viejo escrito, el cual —aunque publicado hace ya largo tiempo y sin las muchas actualizaciones que cabrían hacerle para mejorarlo— contiene una síntesis de criterios y de datos que contradicen el sofisma de Francisco. Lo adjuntamos tras estas líneas.

El Papa debe pedir perdón. Sin duda. Pero no por los supuestos crímenes contra los supuestos pueblos originarios, sino por haber violado la Verdad para agradar al mundo. Debe pedir perdón a la Iglesia, a la Hispanidad, al Occidente y a la Cátedra de la Cruz, profanada por la hoz y el martillo, cuyo símbolo funestísimo le fue entregado por un patán roñoso, y no tuvo el coraje de quebrar a golpes de báculo.

Recemos por él, como lo pide. Pero recemos asimismo por las víctimas de su docencia errática, confusa, engañosa, sincretista y heretizante. Esas víctimas somos todos nosotros. Nosotros, los fieles de a pie, los bautizados, los simples feligreses y parroquianos. Los católicos, apostólicos, romanos.


Primeros y dolorosos episódios del viaje Papal a Cuba, por Cosme Beccar Varela


"El demonio nunca da lo que promete", dice un viejo refrán católico. Tuve una prueba de esta antigua sentencia cuando pude ver en la televisión el traslado del Papa desde el Aeropuerto José Martí hasta La Habana el Sábado 19 de Septiembre ppdo. Si los organizadores vaticanos del viaje papal a la capital del comunismo iberoamericano esperaban una recepción agradecida y conciliadora de la tiranía, se llevaron un enorme chasco.

El Papa se trasladó en un automóvil abierto, blanco, y estaba de pie, como para saludar a una multitud. Lo rodeaban otros cinco autos blancos, obviamente de la policía cubana. El trayecto es una ancha Avenida dividida en dos. El Papa viajaba por uno de los carriles y en las veredas se veía una larga fila de hombres en los más diversos atuendos, todos de apariencia común, hombro a hombro...dando la espalda todos ellos al Papa. Sólo de vez en cuando se veían grupitos minúsculos atrás de esa compacta fila que agitaban banderas pontificias y cubanas. De tanto en tanto el Papa saludaba a esos grupos.

¿Por qué esa ininterrumpida fila de hombres de espaldas, vestidos como si fueran gente del pueblo? No era para controlar a los grupitos de fieles, porque eran minúsculos, porque estaban apartados varios metros de la fila en cuestión y porque no mostraban ningún entusiasmo especial, de manera que es posible sospechar que esos grupitos también formaban parte de la escenificación. Notoriamente era un "show" organizado por la tiranía comunista para mostrar que el Papa no era bienvenido, no la persona del ex-Padre Bergoglio que es amigo del régimen, sino por lo que el Papa representa.

Esa demostración hostil deliberadamente planeada se realizó durante todo el trayecto desde el Aeropuerto hasta La Habana, atravesando zonas pobladas.

Lo mismo ocurrió en la misa que celebró el Papa en la plaza de la revolución, decorada con un enorme perfil de fierro representando al che Guevara. El gobierno castrista no permitió que los católicos oprimidos y esperanzados por la visita papal asistieran a esa misa. En "La Nación" del 21/9 aparece una fotografía de uno de los pocos que pudieron sortear la barrera oficial, entrar en la plaza y gritar "¡Abajo el comunismo!", para ser inmediatamente arrestado violentamente por tres hombres de civil. Otro opositor que consiguió acercarse al Papa "fue reprimido por la policía. Imágenes de video del incidente mostraron como el Papa tocó la mano y la cabeza del hombre segundos antes de que se lo llevaran los agentes de seguridad. Ferrer, líder de la Unión Patriótica, dijo que el hombre era un miembro de la organización" ("Clarin", 22/9/2015, pag. 23). El Papa no hizo detener el cortejo para interceder por ese hombre y salvo esas palmaditas anodinas, dejó que fuera llevado quien sabe donde y para sufrir no se sabe qué.

En el mismo artículo "Clarín" relata cómo hubo más de 500 detenidos por la policía para impedir que fueran a la misa y a los pocos que fueron invitados por la Nunciatura para estar en la recepción del Papa, los arrestaron antes de llegar.

O sea, la misa no fue para los católicos sino para hacer creer que en Cuba hay libertad para la Iglesia cuando en realidad la concurrencia era la misma que es llevada bajo amenazas o por solidaridad ideológica con el partido comunista a todos los actos del castrismo.

El periodista Antonio Sanchez García, de Noticiero Digital en un artículo titulado “La misa de la hipocresía” (22/9/2015) informa que ”Aleida Guevara, la hija del Che Guevara, (protestó) contra el llamado del todopoderoso Partido Comunista de Cuba, de la que es una fiel y esforzada militante, (por haber) instado a todos los miembros del partido a tomar parte en la multitudinaria misa papal celebrada ayer en la Plaza de la Revolución, (por lo cual) queda meridianamente claro que la entusiasta asistencia, además de estar cuidadosamente seleccionada y de formar parte de la *nomenklatura* y los cuadros del partido de Fidel y Raúl Castro, era todo menos feligresía piadosa y observante de la sufrida isla caribeña que asistiera espontánea y observante al llamado papal.”

Entre esos simpatizantes del comunismo, estaba en primera fila, a la derecha de Raúl Castro, la usurpadora presidencial argentina.

Para completar el cuadro, el Papa visitó al supuesto Fidel Castro en la casa particular que habitaba ese día, quien lo recibió junto con su concubina. El Papa era todo sonrisas, como si no supiera que ese hombre que decía ser Fidel Castro (aunque creo que era un “doble” porque el propio está muerto hace rato, como ya dije) representaba a un mil veces criminal, asesino despiadado y opresor de Cuba. Con eso, entre otras cosas gravemente reprochables, contribuyó a mantener el engaño de la supervivencia del tirano.

O sea, el Papa fue convertido en una mera comparsa de un "show" comunista.

Finalmente, fueron rechazados por el Pontífice los angustiosos pedidos de las familias de los presos políticos y de otros "disidentes", inclusive los falsos disidentes como Lizardo Sánchez, portavoz de "la ilegal pero tolerada Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN)" ("Clarín", idem) que pidieron ser recibidos por él.

Los presos políticos, que padecen desde hace años horribles padecimientos por ser católicos o por oponerse a la tiranía, ni siquiera fuera mencionados, como si no existieran.

Como dice el Dr. Loris Zanatta, profesor de historia en la Universidad de Bolonia, en un artículo especial para "La Nación", "la mano tendida de Francisco puede ser el salvavidas para el régimen...porque para el Papa argentino el comunismo no es la Hidra que sofocó el catolicismo...para él son evidentes sus afinidades con la doctrina cristiana y con esas afinidades cuenta para devolver al castrismo a las raíces del cristianismo latinoamericano... para decirlo de alguna manera, *peronizar* el castrismo... (mediante) su implícito apoyo a la transición, pero sin moverles demasiado el piso a los Castro con incómodas y explícitas reivindicaciones del Estado de Derecho, la democracia política, las libertades civiles, los derechos humanos...Más que la libertad de los cubanos , la prioridad del Papa es la libertad de la Iglesia..." ("La Nación", 22/9/2015, pag. 4).

¿La “libertad de la Iglesia”? ¿Qué es eso sin libertad para los fieles de practicar la religión y de vivir con la libertad de los hijos de Dios, sino bajo una tiranía que los corrompe, los aplasta y los reduce a la miseria?

Otro viaje papal que nos deja perplejos y horrorizados. Si eso lo sentimos nosotros, ¿cómo lo padecerá el desdichado pueblo cubano?

Nuestro Señor preguntó: “¿Hay por ventura alguno entre vosotros que, pidiéndole pan un hijo, le dé una piedra?”(S. Mateo, 79). Esta visita que refuerza las cadenas que oprimen al pueblo cubano, responde a esa pregunta del modo más inaudito: ¡sí, hay un Padre (?) (¡y el más inesperado!) que les da piedras a sus hijos en vez del pan que esperan de él con ansiedad!

Galería

Referencias

Artículos relacionados