Xenomanía

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La xenomanía es el afecto desmedido hacia los extranjeros que a menudo está motivado política e ideológicamente por el igualitarismo. Al igual que la xenofilia (especie de versión moderada, pero igualmente injustificada, de xenomanía), tal afecto o ideología puede ser característico tanto de un individuo como de un agregado social determinado (los habitantes de una localidad o región, los de una nación, un grupo racial o étnico, un grupo de personas afines a un partido político concreto, etcétera). Y, también paralelamente al caso de la xenofilia, la xenomanía puede dirigirse hacia una o varias nacionalidades y hacia nacionalidades que pueden ser, o no, extrañas raciales a la propia. Este fenómeno está estrechamente relacionado al altruismo patológico.

Origen

Está en el efecto acumulativo, en los individuos y en los grupos sociales, de una propaganda masiva en sentido xenomaníaco, a cargo fundamentalmente del sistema educativo y de otros aparatos estatales, de los medios de comunicación más relevantes, de la industria cultural de masas (cine, literatura, música) y hasta de determinados deportes profesionales organizados, elementos sociales todos ellos bajo control, directo o más frecuentemente indirecto, de la hiperclase mundialista.

Facilitadores generales en la aparición de la xenomanía

En primer lugar tenemos una previa aceptación, en el individuo o en el grupo, del discurso y del pensamiento propios de ideologías de obediencia marxista, discurso y pensamiento que inciden en la crítica radical y el desprecio hacia lo nacional y la aceptación acrítica y el amor incondicional por lo extranjero (más exactamente, por parte de lo extranjero, por lo extranjero que en el pueril maniqueísmo inherente al marxismo es calificado, a menudo sin pruebas, como parte explotada). Esto no implica que la propaganda xenomaníaca sea una pura destilación de afirmaciones y negaciones propias del marxismo, aún siendo este corpus ideológico uno de sus principales abastecedores ideológicos. Asimismo, y muy en relación con el elemento anterior, no es ajeno a la aparición de la xenomanía un proceso previo de inculcación de culpa nacional, cuya presencia favorece en los individuos la asimilación acrítica de la propaganda xenomaníaca. Por último, la difusión de ideologías de corte liberal y neoliberal, que ponen en primer plano a la economía y al mercado, en detrimento de todo aquello que no es económico, también favorece el éxito ulterior de la propaganda xenomaníaca, por cuanto la exaltación de lo económico deteriora lo comunitario, potencial bastión de resistencia a toda xenomanía.

Xenomanía genuina y xenomanía oportunista

Además de los tres facilitadores generales mencionados (aceptación del marxismo, aceptación de la culpa, aceptación del liberalismo) tenemos otros dos más concretos, que nos van a permitir distinguir entre dos tipos de xenomanía. En función del elemento facilitador concreto predominante a la hora de compartir tal estado de ánimo y afecto, diferenciamos una xenomanía genuina, o materialmente desinteresada, facilitada, en fin, por una causa de orden puramente psicológico, y otra xenomanía oportunista, es decir, aquella que es facilitada por interés material (afán de lucro, que es el caso, por ejemplo, de tanta gente que dirige o “trabaja” cobrando en ONGs inmigracionistas, o también de empresarios que contratan a inmigrantes, aspiración a ocupar cargos públicos, autopresentación “respetable” de sí mismo para lograr buena fama o buena prensa en el caso de alguien célebre, en el ámbito laboral deseo de congraciarse con los directivos, caso, por ejemplo, de muchos periodistas, etc.) Hay grados intermedios entre estos extremos y pueden encontrarse actuando simultáneamente ambos facilitadores en la misma persona o grupo. En la xenomanía genuina el interés primordial es, como se ha dicho, de orden psicológico (acceder a un estado de buena conciencia); en la oportunista prima el interés de tipo material.

Xenomanía para sí y xenomanía para otro

Dentro de la xenomanía genuina o materialmente desinteresa cabe precisar más, en función del modo en que las necesidades que genera tal estado de ánimo son satisfechas. Tenemos la xenomanía para sí, que tiene lugar cuando el xenomaníaco emprende acciones orientadas a dar satisfacción a su afecto desmedido haciendo uso de sus propios recursos, es decir, a su costa. Es el caso, por ejemplo, de la española que voluntariamente contrae matrimonio con un inmigrante que no conoce y costeando los gastos que conlleva para que este inmigrante, mediante este subterfugio, obtenga los papeles. Por increíble que parezca hay gente dispuesta a casarse con perfectos desconocidos por causa de la xenomanía. Si cobrara por este acto estaríamos simplemente ante una persona que actúa motivada por mero afán de lucro. La xenomanía para otro es aquella en la que el xenomaníaco trata de traspasar a otro, generalmente a la sociedad, a los contribuyentes, el coste de las acciones que su particular afecto demanda.

Difusión de la xenomanía en la población europea y euro-descendiente

Hoy la xenofilia, especie moderada de xenomanía, como dijimos, caracteriza al grueso de la población de las naciones europeas. Se manifiesta en este sector como estado de ánimo y afecto positivo, pero que se desarrolla de una manera pasiva y con una intensidad moderada, ante los extranjeros; estamos, por tanto, ante un grueso de población ciertamente influido por la propaganda xenofílica y xenomaníaca, pero aún, en principio, recuperable para la discusión racional. La xenomanía caracteriza, en cambio, a un sector de población, hoy minoritario, de auténticos militantes de toda causa anti-europea, activos difusores de la propaganda xenomaníaca. Es comprensible, por tanto, que los casos más acentuados de xenomanía se produzcan entre aquellos elementos más vinculados a toda forma de marxismo, personas que funcionan como tontos útiles ocupados en una inculcación ideológica funcional para la hiperclase, que permite que ésta lleve a cabo sus políticas de corto y largo plazo. Ni la xenomanía, ni la xenofilia son innatas, sino que necesitan, en cuanto estados de ánimo, provocarse, y en cuanto fragmentos ideológicos, aprenderse, algo que se hace a través del discurso, que una campaña propagandística permanente extiende.

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