Brujería

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George Jacobs acusado de brujería por su nieta durante los Juicios de brujas de Salem, pintura de Thompkins. H. Matteson

Brujería, es el nombre dado al uso de medios sobrenaturales para causar daño a los demás. Según las supersticiones y la creencia popular, este uso se atribuye a personas llamadas brujas (existe también la forma masculina, brujos, aunque es menos frecuente) que estarían dotadas de ciertas habilidades mágicas que emplean con tal finalidad.[1]

En Europa, la Iglesia utilizó el término en latín maleficae (malignas) para denominar a las "brujas" durante toda la Edad Media y gran parte de la Edad Moderna, inicialmente con el fin de demonizar y acusar de practicar un culto al Diablo a quienes conservaban las prácticas y tradiciones pre-cristianas (como por ejemplo el conocimiento de las hierbas medicinales) que sobrevivían a la cristianización al replegarse a lugares alejados de las ciudades, como los campos y los bosques. Luego el término se hizo más común para acusar a quienes en general mostraban actitudes sospechosas.

El término en femenino tuvo mayor difusión que el masculino porque en las sociedades paganas la mujer era la encargada de transmitir la cultura y las tradiciones.

La creencia en la brujería es común en numerosas culturas desde la más remota antigüedad, y las interpretaciones del fenómeno varían significativamente de una cultura a otra. En el Occidente cristiano, la brujería era muy temida por las comunidades populares ya que le relaciona frecuentemente con la creencia en el Diablo, especialmente durante la Edad Moderna, entre 1450 y 1750, en que se desató en Europa una obsesión por la brujería que desembocó en numerosos procesos y ejecuciones de brujas (lo que se denomina «caza de brujas»).

Las brujas tienen una gran importancia en el folclore de muchos países, y forman parte de la cultura popular. En algunas zonas de España, como en Galicia, las brujas eran conocidas como "meigas" y "bruxas".

Si bien este es el concepto más frecuente del término «bruja», desde el siglo XX el término ha sido reivindicado por sectas ocultistas y grupos pseudopaganos, como la Wicca, para designar a todas aquellas personas que practican cierto tipo de magia, sea esta maléfica (magia negra) o benéfica (magia blanca), o bien a los adeptos de una determinada religión.

Un uso más extenso del término se emplea para designar, en determinadas sociedades, a los magos o chamanes.

Terminología y concepto

Véase también: Magia


Aunque en idioma español se utiliza en ocasiones la palabra «brujo», en masculino, como sinónimo de mago, con independencia del tipo de magia que practique, el uso más frecuente del término en la actualidad y casi siempre es en femenino y hace referencia a las personas que practican la magia negra.

La superstición decía que las brujas hacían un pacto con Satán para obtener sus poderes maléficos, se reunían en aquelarres, donde sacrificaban o comían niños, bailaban desnudas y hacían orgías. También se creía que podían volar y transformarse en animales.

Históricamente, el concepto predominante de brujería en el mundo occidental se deriva de las leyes del Antiguo Testamento contra la hechicería y entró en la corriente principal cuando la creencia en la brujería obtuvo la aprobación de la Iglesia en el Período Moderno Temprano. La magia practicada por los antiguos pueblos era vista como maligna por sí misma y estaba asociada con la adoración al Diablo, fue etiquetada como brujería y perseguida en Europa durante la Edad Media, período en el cual muchas personas fueron consideradas y acusadas como practicantes de brujería. Esto culminó en muertes, tortura y chivos expiatorios y años de juicios y cazas de brujas a gran escala, especialmente en la Europa protestante, antes de cesar en gran medida durante la Era de la Ilustración.

Según Guy Bechtel, en todos los tiempos ha habido varones y mujeres que decían tener poderes y practicar la magia. Desde sacerdotes hasta emperadores se arrogaban el título de mago. Había funcionarios estatales que trabajaban de adivinos o augures y se dedicaban a augurar quien sería el vencedor en la batalla. La gente recurría a la magia para ahuyentar la mala suerte o mejorar las cosechas. Esto se veía tanto en Occidente como en Oriente: en la Antigua Roma, en la Antigua Atenas, en el Antiguo Egipto e incluso en África existían talismanes contra el mal de ojo, amuletos, hierbas mágicas y pociones. Con el cristianismo aparece el concepto de brujería como herejía religiosa ligado principalmente a las mujeres, y la figura del mago (magus) es distorsionado y adquiere la connotación de "brujo" (maleficus), con lo que el combate contra la magia se convierte en una tarea fundamental de la lucha contra el paganismo.

Etimologia

La palabra española «bruja» es de etimología dudosa, posiblemente prerromana, del mismo origen que el portugués y gallego bruxa y el catalán bruixa. La primera aparición documentada de la palabra, en su forma bruxa, data de finales del siglo XIII. En 1396 se encuentra la palabra broxa, en aragonés, en las Ordinaciones y paramientos de Barbastro. Carmelo Lisón Tolosana considera que el origen de la palabra puede encontrarse en el área pirenaica. En Gascuña y Béarn era también corriente el uso de una palabra etimológicamente relacionada, brouche. Debe tenerse en cuenta que en esta época el Languedoc y la Corona de Aragón eran áreas culturalmente muy relacionadas.

En el País Vasco y en Navarra se utilizó también el término sorgin (/sorguín/ en su pronunciación en español), ocupaban un papel análogo al de otras chamanas indígenas de distintas latitudes. Ellas eran las que conocían los secretos de la procreación y el nacimiento y, por tanto, hacían las labores de parteras y matronas. Igualmente conocían los secretos de las plantas y sus usos medicinales, por lo que también desempeñaban el papel de curanderas. También debido a su conexión con el mundo espiritual hacían las veces de consejeras, oráculos y sacerdotisas.​ En Galicia se las conocía con la voz meiga.

En latín, las brujas eran denominadas maléficae ('malignas') (singular maléfica, 'maligna'), término que se utilizó para designarlas en Europa durante toda la Edad Media y gran parte de la Edad Moderna. Términos aproximadamente equivalentes en otras lenguas, aunque con diferentes connotaciones, son el inglés witch, el italiano strega, el alemán Hexe y el francés sorcière.

El inglés antiguo formaba el compuesto wiccecræft de wicce (witch, 'bruja') y cræft ('arte'). La palabra también se deletreaba wicca o wycca en inglés antiguo, y originalmente era masculina. Las etimologías populares relacionan brujería "con las palabras inglesas wit, wise ('sabio'), wisdom ('sabiduría') [raíz germánica *weit-, *wait-, *wit-; raíz indoeuropea *weid-, *woid-, *wid-], por lo que etimológicamente significaría 'arte de los sabios'.

Diferencias entre brujería y hechicería

El antropólogo español Julio Caro Baroja propone diferenciar entre «brujas» y «hechiceras». Las primeras habrían desarrollado su actividad en un ámbito predominantemente rural y habrían sido las principales víctimas de las cazas de brujas entre los años 1450 y 1750. En cambio, las hechiceras, conocidas desde la antigüedad clásica, son personajes fundamentalmente urbanos: un ejemplo característico en la literatura española es la protagonista de La Celestina de Fernando de Rojas. La distinción entre bruja y hechicera es además frecuente en la literatura española del Siglo de Oro: en El coloquio de los perros, Cervantes hace decir al perro Berganza (ref: El coloquio de los perros):

[...] he querido dejar todos los vicios de la hechicería, en que estaba engolfada muchos años había y sólo me he quedado con la curiosidad de ser bruja, que es un vicio dificultosísimo de dejar.

Carmelo Lisón Tolosana diferencia asimismo entre hechicera y bruja, pero según este antropólogo español, aquella se basa en la distinta relación que mantienen una y otra con el poder oculto y maligno, con el poder demoníaco. La hechicera es tan antigua que "en realidad en toda cultura pueden encontrarse prácticas de magia hechiceril o maléfica, realizadas con intención de causar daño a otros, por medio de técnicas apropiadas e invocación de poderes misteriosos o demoníacos". Así la hechicera invoca y se sirve del poder demoníaco para realizar sus conjuros, mientras que la bruja hace un pacto con Satán, renuncia a su fe y rinde culto al diablo. "La fuente del poder oculto no es ahora la fuerza de la palabra ni la invocación al diablo ni la ceremonia mágica, sino que aquélla proviene de la adoración personal y voluntaria al demonio por parte de la bruja hereje y apóstata; su poder es vicario pero diabólico, adquirido a través de pacto explícito, personal y directo con el mismísimo Satán en conciliábulo nocturno y destructor que anuncia el aquelarre". El paso de la hechicera a esta "bruja satánica", "bruja aquelárrica", como las llama también Carmelo Lisón, se produjo en Europa a lo largo de los dos siglos finales de la Edad Media.

Esta idea sobre la distinción principal entre brujería y hechicería es compartida por otros autores. Así, mientras que la brujería utiliza hierbas, ungüentos y alucinógenos para producir sugestión en sus víctimas, la hechicería usa materiales empíricos.​

Así se puede decir también que tenemos dos tipos de brujería: la antigua, que todavía subsiste y es la de los filtros amorosos y la adivinación (o hechicería), y la demoníaca, vinculada a los aquelarres y el Diablo (o brujería). En la mayoría de los idiomas se utilizan términos diferentes para cada una menos en el francés, idioma en el cual solo existe sorcellerie para ambas. En inglés existe sorcery y witchcraft, en portugués feitiçaria y bruxaria, en italiano fattucchieria y stregoneria, en alemán se dice Kunst o Zauberei y Hexerei, mientras que en castellano se dice «hechicería» a la primera y «brujería» a la segunda.

En terminología antropológica, las brujas se diferencian de los hechiceros en que no usan herramientas o acciones físicas para maldecir; su maleficium se percibe como una extensión de alguna cualidad interior intangible, y uno puede no ser consciente de ser un brujo, o puede haber sido convencido de su naturaleza por sugerencia de otros. Esta definición fue pionera en un estudio de las creencias mágicas de África central por E. E. Evans-Pritchard, quien advirtió que podría no corresponder con el uso normal en inglés.

Los historiadores de la brujería europea han encontrado que la definición antropológica es difícil de aplicar a la brujería europea, donde las brujas podrían usar igualmente (o ser acusadas de usar) técnicas físicas, así como algunas que realmente habían intentado causar daño solo con el pensamiento. La brujería europea es vista por historiadores y antropólogos como una forma para explicar la desgracia.

Proceso contra la brujería

Los procesos en caso de brujería se hacían según el siguiente sistema:

  1. Acusación. A menudo precedía a la acusación una fase de rumores que podía durar años. La acusación podía ser debida a una denuncia de una bruja que ya había sido detenida, posiblemente bajo tortura. Rara vez se permitía a las presuntas brujas una defensa.
  2. Detención. Las cárceles, en el sentido moderno, todavía no existían, por lo que se mantenía a los presos en mazmorras o torres. Las llamadas torres de brujas que todavía se conocen en muchos lugares, no eran exclusivamente para brujas, sino eran para todo tipo de prisioneros. A menudo eran simples torres de las murallas de la ciudad.
  3. Interrogatorio. Normalmente se distinguían tres fases: el interrogatorio por las buenas, el interrogatorio con explicación y muestra de los instrumentos de tortura y el interrogatorio doloroso, en la que se empleaba la tortura. En los casos de procesos a brujas, la limitación a una hora no era respetada, ya que se trataba de crimen exceptum (crímenes excepcionales), lo que exigía una dureza especial. A menudo se empleaban las empulgueras, la rueda, el potro y la bota española. Tampoco se respetaba la regla habitual de que sólo se podía torturar a un preso tres veces y, si hasta ese momento no se había producido una confesión, liberar al preso. En el Malleus maleficarum se recomendaba declarar la retoma ilegal de la tortura.
  4. Confesión. A comienzos del Renacimiento, nadie podía ser juzgado sin confesión – lo que también era válido para las brujas. Pero, debido a que se ignoraban las habituales reglas durante la tortura, la probabilidad de obtener una confesión se multiplicaba enormemente con respecto a los procesos normales.
  5. Interrogatorio para obtener cómplices. Ya que según la ciencia de las brujas, las brujas debían encontrarse en aquelarres y por lo tanto una bruja debía conocer a otras. En un segundo interrogatorio se preguntaba a las acusadas por los nombres de otras brujas o brujos, a veces bajo nuevas torturas. Así se alargaba siempre más la lista de sospechosas, ya que, bajo tortura, siempre se acusaba a más personas. El resultado eran procesos en cadena.
  6. Condena.
  7. Ajusticiamiento. Finalmente, el delito de brujería era castigado con la muerte.

Iconografía moderna

Los estereotipos comúnmente asociados a la imagen de las brujas en la cultura occidental moderna incluyen principalmente cinco características: el uso de un sombrero negro puntiagudo, montan escobas para volar, usan calderos para preparar sus pociones, tienen una nariz ganchuda (generalmente con verrugas) y están acompañadas de algunos animales, especialmente gatos negros.

Sombrero

Grabado de madera del siglo XVIII representando a Mother Shipton como bruja, en Chap-books of the eighteenth century de John Ashton (1882).
Xilografía que muestra a una bruja en una escoba con un sombrero cónico, de The History of Witches and Wizards (1720)

Los orígenes del sombrero de bruja tal como se muestra hoy es discutido y no existe un consenso académico.

Antes de la introducción y el uso generalizado del sombrero puntiagudo, las brujas generalmente se representaban como personas comunes y corrientes, en ocasiones desnudas y con la cabeza descubierta, o con vestimenta histórica y contextualmente precisa y apropiada hasta el período moderno temprano durante el pico de las persecuciones por brujería.[2]

La introducción de la bruja con sombrero puntiagudo parece haber surgido en el siglo XVIII, en Inglaterra, en los libros de bolsillo para niños (un folleto de cuentos). Por ejemplo, un grabado en madera de una obra del siglo XVIII representaba a Mother Shipton, una supuesta bruja. Otra fuente impresionante de imágenes similares es The History of Witches and Wizards, recopilado por W.P. Hay diferentes fechas para esto, algunos sugieren 1720[3], otros 1760.

Representación medieval de un judío con un Judenhat para ser identificado

Una hipótesis con muy débiles evidencias es que el sombrero de bruja procede del antisemitismo cristiano, pues en 1215, el IV Concilio de Letrán emitió un edicto por el que todos los judíos varones debían identificarse con un sombrero, un gorro apuntado llamado Judenhat. Quizás este estilo de sombrero se asoció luego con actos oscuros (magia negra o adoración a Satanás) de los cuales eran usualmente acusados los judíos y que, aunque la mayoría de esas acusaciones eran falsas, reflejaban el milenario sentimiento de animadversión que tenía el pueblo por sus prácticas extrañas.​ Sin embargo, los sombreros que los judíos se vieron obligados a usar no eran algo universal, y no parece que fueran parte de la conciencia cultural cuando la imagen de la bruja con sombrero puntiagudo se volvió común. Tres argumentos principales refutan esta teoría:

  • Existieron muchos estilos de sombrero judío obligatorio a lo largo de la historia, pero pocos de ellos coinciden siquiera con el aspecto muy específico del sombrero de bruja.
  • El sombrero de bruja puntiagudo se originó en el arte inglés, alrededor del siglo XVII-XVIII y las leyes antisemitas en Inglaterra exigían insignias, no gorros.
  • Los sombreros judíos eran obligatorios para hombres, no para mujeres; las ilustraciones de brujas con sombreros puntiagudos rara vez incluían brujos masculinos, hasta hace relativamente poco tiempo.

Otra teoría similar postulaba que la imagen del sombrero de bruja nació de la reacción de los puritanos contra los cuáqueros en el siglo XVIII. A pesar de que los sombreros tradicionalmente llevados por los cuáqueros tenían la copa troncocónica y no puntiaguda, eran un foco de controversia cultural en Nueva Inglaterra.

Otra teoría es que provino de hennins medievales, un tocado en forma de cono, algunos puntiagudos, otros truncados. Esto podría haberse hecho para representar a la bruja como extranjera.

Mother Louse, alewife, posiblemente por David Loggan grabado de línea, de finales del siglo XVII
Vuelo de brujas, cuadro de Francisco de Goya, pintado entre 1797 y 1798.
Condenado por la Inquisición española con un sambenito y una coroza en un auto de fe. Detalle de Auto de fe de la Inquisición de Francisco de Goya (1812-1819)

Otra hipótesis propone que tanto el sombrero como el caldero, la escoba y su acompañamiento por un gato se originaron de los utensilios y vestimenta usados por las alewives británicas del siglo XVI (o incluso anteriores), mujeres que elaboraban cerveza en casa para su venta.[4] Según esta sugerencia, usaban gatos para proteger los granos de plagas y ratones y usaban sombreros altos para llamar la atención en el mercado, pero luego las mujeres que fabricaban cerveza empezaron a ser vistas con sospecha y se las acusó de mezclar pociones en sus brebajes. En combinación con la sospecha general de que ciertas mujeres con conocimientos de herbolaria trabajaban en un ámbito ocultista, el sombrero de alewife pudo haberse asociado con la brujería.

Esta hipótesis ha tenido mucha difusión en círculos feministas ya que calza muy bien con su ideología misándrica, y que por otra parte y por ciertas razones victimistas, han tendido a sentirse identificados con las brujas y su persecución histórica.

Francisco de Goya representó entre 1797 y 1798 los sombreros puntiagudos de manera un poco diferente en un grupo de brujas. Estos sombreros puntiagudos son idénticos a la coroza o gorro cónico que se colocaba a los penitentes y condenados por la Inquisición española como símbolo de infamia y vergüenza por sus herejías y delitos contra la Iglesia, por lo que el sombrero de bruja puede ser producto de una exageración de este objeto.

El erudito Peter Burke, en su Eyewitnessing: The Use of Images as Historical Evidence, citó un decreto de Buda, Hungría de 1421 que declara que todos los arrestados por brujería deben usar sombreros altos puntiagudos.[5]

Retrato de la Sra. Salesbury con sus nietos Edward y Elizabeth Bagot de J.M. Wright (c. 1675).

Otro argumento convincente es que surgió de los sombreros cotidianos como los sombreros de capotain y frigio. Popularizados a finales de los siglos XVI y XVII, estos sombreros a menudo se representaban adornando las cabezas de mujeres europeas ricas o nobles, pero también de hombres. Un tipo de sombrero usado por mujeres ricas en toda Gran Bretaña y que se asemeja mucho al sombrero de bruja se puede ver en el Retrato de la Sra. Salesbury con sus nietos Edward y Elizabeth Bagot de J.M. Wright aproximadamente del año 1675.

Este diseño coincide en forma, género, región y período de tiempo. Cuando los sombreros de bruja puntiagudos comenzaron a aparecer en las obras de arte en Inglaterra y las colonias inglesas, este estilo de sombrero se habría asociado en la conciencia cultural con las mujeres mayores, especialmente con aquellas que se aferraban a modas de décadas. Era popular entre una clase de mujeres sobre las que la gente habría esparcido rumores desagradables, pues muchas acusaciones de brujería estaban dirigidas específicamente a mujeres que eran independientes y acomodadas, ya sea por simple envidia o por intriga.

Posteriormente, L. Frank Baum en su novela de 1900 El maravilloso mago de Oz presentó ilustraciones que retratan a la Bruja Mala del Oeste con un sombrero negro alto y cónico. Este accesorio fue llevado en su adaptación cinematográfica de 1939, por la actriz Margaret Hamilton en su papel de la Bruja, cuya figura se volvió icónica y marcó un estándar para posteriores representaciones populares.

Escoba

Ilustración de una cervecería o taberna con un poste indicador (alestake) en los Decretos de Smithfield, c. 1300.

La hipótesis de las alewives afirma que las escobas de las brujas provienen del alestake, un poste de algún tipo, comúnmente con una guirnalda o un arbusto adherido que indicaba que allí se vendía cerveza.

Sin embargo, las brujas son retratadas montando escobas reales, así como todo tipo de palos, varas, palas e incluso tridentes y horcas[6]. Un alestake podría calificar como un palo o bastón, pero no parece haber referencias a alestakes específicamente como un dispositivo volador para brujas en cualquiera de las fuentes primarias medievales o modernas tempranas.

También se las representa a menudo montando animales, por ejemplo, en el cuadro de 1613 de Pierre de Lancre, Tableau de L'inconstance des mauvais anges et demon. Esto podría haberse inspirado en los seguidores de la diosa Diana. A veces, las brujas incluso volaban sin necesidad de ningún tipo de instrumento, simplemente el viento impulsado por el Diablo.

En el juicio de 1324 de Alice Kyeteler en la ciudad de Kilkenny en Irlanda, la fiscalía declaró que, "al rebuscar en el más cercano de la dama [es decir, Alice], encontraron una pipa de oynment, con la que engrasó un bastón, sobre el que deambulaba y galopaba" Y en los juicios de brujas de Salem de 1692-1693, tanto Mary Lacy como Martha Carrier usaron palos para llegar a sus sabbaths de brujas.

Si bien el palo de escoba es el artículo más popular en nuestra sociedad moderna en el que se representan a las brujas en sus vuelos, este claramente no fue el caso durante varias épocas de la historia. Por ejemplo, la investigación de Rosemary Guiley concluyó que nunca se mencionaron escobas en los juicios ingleses y que las creencias de que las brujas viajaban a través de la escoba eran mucho más frecuentes en los registros de Europa continental. Nuevamente, esto enfatiza el hecho de que las brujas no fueron representadas de la misma manera en toda Europa.

Manuscrito medieval que ilustra mujeres volando en escobas.

La creencia de que las brujas en realidad podían volar era típicamente rechazada en el pensamiento medieval, en cambio pensaban que se trataba de una alucinación provocada por el Diablo. Un ejemplo de esto se puede encontrar en el Corrector de Burchard of Worms, el obispo de Worms en el Sacro Imperio Romano Germánico, que data de 1008-1012. Y esto también se refleja en lo que es quizás el más famoso de todos los escritos de brujas, el Malleus Maleficarum de 1487, o Martillo de las brujas, que veía la metamorfosis como una ilusión demoníaca: "Por lo tanto, es evidente que los demonios no pueden realizar ninguna transformación permanente en cuerpos humanos; es decir, ninguna metamorfosis real".

Como argumentó Brian Levack, el palo de escoba se asoció con las mujeres y su uso "podría, por lo tanto, reflejar nada más que la preponderancia de mujeres brujas". Quizás era un símbolo utilizado simplemente para reflejar la cantidad de brujas y algo a lo que tendrían fácil acceso en su vida diaria.

La idea de la bruja como voladora nocturna surgió como resultado de la fusión de varias corrientes del folclore, así como de una concepción eclesiástica que surgió a finales del siglo XII y principios del XIII cuando los monjes crearon una imagen hegemónica del hereje como un "secreto, adorador del diablo nocturno, sexualmente promiscuo".

Esto se fusionaría con dos conceptos distintos que existen en Europa desde el período clásico romano. El primero de los cuales es la strigae. Según la leyenda, esas mujeres se transformaban en búhos voladores por la noche y devoraban a los bebés. También se les conocía como lamiae, una palabra latina que puede traducirse como "brujas". El segundo concepto se refiere a las mujeres que dejarían sus hogares por la noche para seguir a Diana en la caza salvaje, también conocida como "Damas de la noche". Las creencias en ambos conceptos eran tan poderosas entre los plebeyos que algunas mujeres juraron que realmente se dedicaban a estas prácticas. Hasta el siglo XIV, la mayoría de la élite académica no creía en estas afirmaciones, sino que argumentaba que eran ilusiones del Diablo. Sin embargo, esto vendría a cambiar a medida que todas estas ideas se fusionaran y estas supuestas ilusiones se creyeran como realidad.

Esto es muy anterior a la demonización de la alewife en el arte y la literatura. Una de las primeras menciones se encuentra en un poema anónimo del Tirol del siglo XIII que dice: "De hecho, agrega, sería maravilloso ver a una mujer montando un ternero, una escoba o un atizador, sobre montañas y pueblos".

Ungüento para volar

Preparation for the Witches' Sabbath (Preparación para el aquelarre de las brujas) de David Teniers the Younger, c. 1640-1650. A la izquierda se nota una bruja mayor leyendo un grimorio mientras unge las nalgas de una joven bruja a punto de volar al aquelarre (sabbath) sobre una escoba invertida.
Brujas volando al aquelarre: Capricho No. 68: Linda maestra! por Francisco de Goya de la serie Los Caprichos, 1799.

Se dice que para volar, las brujas usaban un ungüento preparado con determinadas plantas. Destacan las plantas alucinógenas de la familia de las Solanaceae (beleño, mandrágora, belladona, estramonio, solano, eléboro).

Estas plantas contienen alcaloides tóxicos como atropina, hiosciamina y escopolamina. En pequeñas dosis provocan delirios y en exceso, pérdida de memoria, parálisis y muerte. Una única baya de belladona puede matar a un niño.

El mito de las brujas voladoras puede tener su origen en estos ungüentos "mágicos" cuya existencia parece probada, aunque la razón de su uso no está clara. Como se corría peligro de muerte si esas sustancias se ingerían directamente, se optaba por vía tópica. Cuando la droga surtía efecto, la persona alucinaba y creía estar volando.

Aunque hay varias recetas, básicamente usaban tres plantas: la mandrágora, el beleño y la belladona; juntas forman la triada de las brujas. Las pomadas eran preparadas principalmente con la grasa de cerdo aunque se llegaron a hacer acusaciones de que se ocupaba grasa de niños.

En el caso de que se usara una grasa dura, primero se fundía a baño maría; se removían lentamente y se dejaba enfriar. Al parecer, las plantas eran trituradas en un polvo muy fino y se combinaban con las grasas.

Se decía que para tener una absorción más rápida y con efectos más intensos, se debía untar la pomada en la zona vaginal o anal. Para ello untaban la crema en palos y que por eso que se decía que las brujas llegaban a los aquelarres montadas en palos o escobas. El contacto vaginal con el palo de la escoba y la consecuente absorción del ungüento, simbolizaría la idea de estar copulando con el Demonio.

En el juicio de 1324 de Alice Kyeteler por presunta brujería, se informó que al revisar el armario de la inculpada, se encontró un tubo con ungüento con el cual engrasaba el bastón, sobre el cual posteriormente, cabalgaba.

Hay muy pocas evidencias físicas sobre el uso de estas plantas, ya que casi todas las acusaciones de brujería y el uso del famoso ungüento, solo era por medio de los testigos que decían haber visto a algunas mujeres usarlo.

Solo hay pocos casos, como el de Zugarramurdi en 1610 donde se dice que descubrieron 22 ollas y una serie de polvos y cocciones, elaborados a partir de plantas, grasas, cenizas, sapos, etcétera, que decían servían para desplazarse por el aire y acudir a los aquelarres montadas en la escoba o bien, en los lomos de un animal, especialmente de lobo. Sin embargo, la evidencia que encontraron, no tenía que ver con la brujería y sólo se trataba de plantas curativas.

Se cuenta la historia de una bruja florentina que fue sorprendida cuando se disponía a ir al aquelarre, por lo que fue atada a la cama y vigilada toda la noche. Al despertar, afirmó que había asistido a una orgía demoniaca que describió detalladamente. Sin embargo, jamás salió del cuarto donde estuvo atada.

Alrededor del año de 1895, un historiador y ocultista alemán, Dr. Kiesewetter, preparó un ungüento de brujas, basándose en una receta de John Baptista Porta, autor del libro Magia Natural, el cual fue publicado por primera vez en Nápoles en el año de 1558.

Se dice que se frotó la preparación en varias partes del cuerpo y tuvo la sensación de volar en una especie de tornado. Se dice que durmió profundamente y las siguientes noches tuvo otros sueños muy intensos de trenes rápidos y paisajes maravillosos, varias veces soñó que se encontraba en una montaña elevada y hablaba con la gente del valle, aunque no tuvo visiones demoníacas. Sin embargo, se reporta que posteriormente el científico murió experimentando con beleño negro.

En 1959, en Bremen, el profesor y folclorista alemán Will-Erich Peuckert (1895-1969) hizo lo mismo partiendo de una fórmula del siglo XVII, donde incluía belladona, beleño y estramonio. Junto con un grupo de voluntarios, dijo que se aplicó la pomada en zonas sensibles, como las axilas o la frente. Su informe sostiene que logró resultados totalmente compatibles con las experiencias extracorporales de las que testificaron las brujas. Tuvieron un “sueño de veinticuatro horas, donde soñaban con carreras salvajes, frenéticos bailes y otras aventuras horripilantes del tipo de las orgías medievales". Esto dio lugar a un escándalo, ya que los periódicos afirmaban que él mismo practicaba la brujería y volaba por la noche.

Finalmente, en un experimento llevado a cabo hacia la mitad de los años 1950 por G. Shenk no se usó ungüento, sino humo de las semillas del beleño. Los alcaloides de esta planta producen en el intoxicado una sensación de gran ligereza y, prácticamente, de vuelo. G. Schenk relata que tuvo mareos, temblores y que sentía que los pies le pesaban menos, hasta que sintió que las partes de su cuerpo se separaban; además sentía que la cabeza se le hacía grande por lo que entró en pánico pues pensaba que verdaderamente su cuerpo se estaba partiendo. Mientras tanto, sentía que volaba y que su cuerpo se disolvía. También experimento visiones. Veía rebaños de bestias, humaredas de vapor y ríos de metal fundido.

Gato

Los gatos tenían vínculos con los herejes en la época medieval y existen numerosas fuentes de esto. Sin embargo, rara vez se relacionaron con la brujería en la Edad Media. Por ejemplo, comúnmente se les asociaba con el Diablo. Kathleen Walker-Meikle cita un ejemplo del teólogo francés del siglo XII Alan de Lille, quien "afirmó que el mismo nombre de cátaros provenía de los gatos y que adoraban a un gato negro, que era el Diablo disfrazado, y le besaban el trasero durante el servicio". Esta comprensión de los cátaros fue en gran parte propaganda diseñada para asustar y horrorizar a la población en general sobre una amenaza herética. Y no se limitó a este grupo: los Caballeros Templarios recibieron un trato similar durante el transcurso de su juicio en la Edad Media, donde fueron acusados ​​de adorar a un gato, además de a Baphomet.

Walker-Meikle sostuvo que la asociación con los gatos y la herejía (y eventualmente la brujería en el período moderno temprano) tiene que ver con que sean tanto domésticos como salvajes. Un animal que parece "desleal" debido a sus instintos naturales. Esto se destaca en los escritos de Hildegarde von Bingen, quien se refirió a ellos como "infieles" y en Manciples Tale de Chaucer (de su famosa colección de cuentos del siglo XIV, Los cuentos de Canterbury) donde se representa al gato como "alguien que podría tener el más lujoso de los adornos, pero aún así abandonaría a su dueño para perseguir un ratón".

Pero esto no pareció disuadir necesariamente a la gente de tenerlos como mascotas. Los relatos de los períodos medieval y moderno son bastante claros de que la gente ciertamente tenía gatos como compañeros. Y tener mascotas no era necesariamente algo raro y la variedad de animales que se tenían como mascotas era amplia en este período, desde perros, simios, ardillas y hasta pájaros cantores.

Si embargo, existía cierta ansiedad en torno a la tenencia femenina de mascotas en particular, especialmente en el período moderno temprano. La profesora Erica Fudge, experta en animales del Renacimiento y sus relaciones con los humanos (entre otras cosas), argumentó que había una corriente "obviamente profundamente misógina" contra la tenencia femenina de mascotas, afirmando que algunos pensaban que las mujeres y las mascotas eran una combinación particularmente peligrosa. Tanto es así que las mujeres podrían confundir fácilmente a sus mascotas con sus maridos:

Los ataques a las mujeres que crían mascotas implicaban una serie de cosas: sin una mano firme (masculina), la mujer haría un descenso mental tal que ignoraría las diferencias entre las especies y se mostraría cercana a la bestia; que ella podría, quizás incluso de manera más subversiva, reconocer mal el papel del hombre hasta tal punto que se sienta que un animal puede ocupar su lugar; y que, en lugar de reclamar la perfección, volvería a representar la tentación de Eva por el Diablo y convertiría a los animales no sólo en salvajes, sino satánicos.

Es importante recordar que ni la Europa medieval ni la temprana moderna fueron un monolito. Diferentes ciudades, países y regiones, a lo largo de varios períodos de tiempo, podrían tener diferentes relaciones con los felinos. Ni siquiera se trata de ahondar en las diversas relaciones de los individuos con sus compañeros animales. Por ejemplo, en la Irlanda medieval temprana, los gatos podían tener un valor bastante alto. Según el tratado de la ley medieval temprana catslechtae, un gato se valoraba en tres vacas si podía cazar ratones. Otro ejemplo es el felino Martino, hijo-gato de Isabelle D'Este, que murió en 1510. Tras su fallecimiento, lo lloraron mucho y lo invitaron a un lujoso funeral celebrado por el cortesano de De'Este, Mario Equicola, quien incluso celebró un sermón junto a la tumba.

Sin embargo, mientras que en la Edad Media los gatos estaban asociados con la herejía, fue en el período moderno temprano cuando los gatos también comenzaron a vincularse con la brujería y fueron referidos en conjunto con brujas y demonologías. Pero el concepto de 'familiares' (ente mitológico espiritual), tan común en nuestras representaciones modernas de brujería, era casi completamente exclusivo de Inglaterra. Según Walker-Meikle, el primer caso de un 'familiar' en un juicio de brujas inglés ocurrió en 1556 con el caso de Elizabeth Francis en Chelmsford, donde fue acusada de "acompañar a un gran gato con manchas blancas al que llamaba Satanás, su familiar".

Y los 'familiares' no eran solo gatos. Los animales acusados ​​de ser 'familiares' solían ser sólo mascotas de los acusados: gatos, perros, sapos y murciélagos. No era sólo como familiares que los gatos llegaron a asociarse con las brujas, de hecho se creía que las brujas mismas podían transformarse en cualquiera de estos diversos animales. Este concepto de metamorfosis era más común en toda Europa continental y más allá.

Caldero

El caldero de plata Gundestrup, Dinamarca, mostrando inscripciones de la mitología celta.

Una asociación común en la cultura occidental es el uso del caldero en la brujería, un cliché popularizado por varias obras de ficción, como la obra de teatro Macbeth de William Shakespeare. En la ficción, las brujas suelen preparar sus pociones en un caldero.

En la mitología celta, el caldero se asocia con la diosa Cerridwen. Además, en el folclore irlandés, los duendes guardan su oro y tesoros en un caldero. La leyenda galesa también habla de calderos mágicos que fueron útiles para los ejércitos en guerra. En la segunda rama del Mabinogi en la historia de Branwen, hija de Llŷr, el Par Dadeni (Caldero del Renacimiento) es un caldero mágico en el que se pueden colocar guerreros muertos y luego volver a la vida, salvo que carecían del poder de discurso. Se sospechaba que carecían de alma. Estos guerreros podrían volver a la batalla hasta que los mataran de nuevo.

Tras el triunfo del cristianismo, el caldero céltico, lleno de simbología ancestral, pasó a ser asociado con la brujería, la hechicería y la herejía.

La hipótesis de las alewives afirma que el caldero proviene del utensilio usado por estas mujeres cerveceras para la cocción del agua y los granos para hacer el mosto de cerveza.

Nariz ganchuda

Según Peter Burke, en su Eyewitnessing: The Use of Images as Historical Evidence, la representación de la bruja con una nariz ganchuda, proviene del antisemitismo cristiano. Los judíos son conocidos por poseer un fenotipo dominantemente armenoide el cual tiene como rasgo facial una nariz prominente y ganchuda.

Burke describió la representación de la bruja como absorbente y fusionada con las representaciones contemporáneas de los judíos.

Referencias

  1. Cfr. Lewis, John: Antropología simplificada. Selector, 1985. ISBN 978-968-403-041-1; pág. 81: «Brujería es la asociación de sí mismo con poderes sobrenaturales para fines destructivos y antisociales. También se llama magia negra». Véase también Delgado Ruiz, Manuel: La magia: la realidad encantada, 1992, pág. 67: «La magia negra o maléfica, habitualmente agrupada en sus expresiones bajo el difuso epígrafe de “brujería”».
  2. Gary Jensen, The Path of the Devil: Early Modern Witch Hunts, (Lanham, 2007), p. 3.
  3. Catherine Rider, Magic and Religion in Medieval England, (London, 2013), p. 213.
  4. Cuando las brujas hacían cerveza National Geographic
  5. Peter Burke, Eyewitnessing: The Use of Images as Historical Evidence, (Cornell, 2000), p. 136.
  6. Brian Levack, The Witch-hunt in Early Modern Europe, (Harlow, 2006), p. 49.

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