Alberto Ignacio Ezcurra

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Padre Alberto Ignacio Ezcurra

La espada y la cruz

Alberto Ignacio Ezcurra Medrano nació Buenos Aires el 30 de julio de 1937 y murió el 26 de mayo de 1993. Su sangre provenía de los más patricios apellidos de la Argentina. Por línea paterna, el árbol genealógico del Jefe de Tacuara lo ligaba nada menos que a Encarnación Ezcurra, esposa de Don Juan Manuel de Rosas y heroína de la Federación. En cuanto a la línea paterna, su apellido no era tan ilustre, pues tenía lazos de sangre con José Félix Uriburu, el general del "nacionalismo sin pueblo" que derrocó al gobierno nacional y popular de Don Hipólito Yrigoyen.

Alberto Ezcurra era el séptimo hijo de un modesto pero eminente profesor de historia, quien fuera una de las figuras claves del revisionismo histórico y uno de los fundadores del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, en 1938. Alberto Ezcurra Medrano, pues de él se trata, era un conspicuo militante del nacionalismo y escribía sendos artículos en publicaciones como La Nueva República, Baluarte, Crisol y Nueva Política, además de libros de carácter histórico, entre los que se destaca el fundamental "Las otras tablas de sangre", magnífica réplica al líbelo "Las Tablas de Sangre" de Rivera Indarte. Poseía una sólida formación teológica y era un gran conocedor de las ideas del monárquico francés, Charles Maurras. Demás esta decir, que el padre tuvo una profunda influencia en el pensamiento y en la formación de su hijo, el futuro jefe del Movimiento Nacionalista Tacuara, la que para algunos fue la más popular organización de militancia juvenil de fines de los '50 y los '60.

Alberto Ezcurra Uriburu era un joven austero. Toda su vida usó lentes de gruesos cristales y marco negro bajo unas cejas espesísimas. Poseía una sólida y bastísima formación. Pero con la humildad que lo caracterizaba, jamás hizo alardes ni posaba de doctor. Era inteligente, astuto y muy estudioso. Su cuarto, en la casa paterna, parecía la habitación de un monje; la pared estaba toda pintada de blanco y su única ornamentación era un crucifijo que colgaba sobre la cabecera de la cama.

Había estudiado en el colegio católico Champagnat y egresado de allí se fue al seminario jesuítico de Córdoba. Al cabo de poco más de un año fue expulsado y volvió a Buenos Aires, hizo el servicio militar y a los 21 años se integró a la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES). Se ganaba la vida pintando motos en el taller mecánico de otro miembro de la agrupación, Horacio Bonfanti.

Era un orador nato, de sabia elocuencia, claridad de estilo, precisión de lenguaje y conocimiento de situaciones y personas. Poseía firmes convicciones y era capaz de contagiar y encender voluntades haciendo amar lo que él amaba. Admirado y cuestionado, ya que no tenía pelos en la lengua, llamaba a cada cosa por su nombre y no se casaba con nadie. Para él la verdad no era sólo un acto de caridad, sino un deber de justicia.

En tiempos tempraneros, de inquieta juventud, Ezcurra y los jóvenes unistas solían ir al citado Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas donde recibían charlas de José María Rosa o Arturo Jauretche que les daban una versión de la historia distinta de la liberal, aunque también frecuentaban la trastienda da la librería Huemul, y asistían a conferencias de nacionalistas católicos como el Padre Julio Meinvielle, o de Jordán Bruno Genta.

Tacuara

Una tarde cualquiera del año 1957, en el bar La Perla del barrio de Once se fundó el Grupo Tacuara de la Juventud Nacionalista. Este grupo primogénito estaba integrado por el propio Ezcurra Uriburu, Baxter, Bonfanti, Denovi, Demharter y Eduardo Rosa. La elección del nombre fue relativamente sencilla. Buscaban uno que no fuera una sigla y que a su vez fuera fácil de recordar, que representara el pensamiento verdaderamente nacional, opuesto a la línea Mayo-Caseros-Libertadora. La edad de los jefes oscilaba entre los 21 y los 24 años, y entre ellos se trataban de usted. Predicaban un estilo austero. La revista Ofensiva, órgano de la Secretaría de Formación de Tacuara, llevaba en su portada un escudo con un águila feudal germana. La bandera del Movimiento Nacionalista Tacuara poseía tres franjas horizontales: las dos de los extremos superior e inferior eran de color negro y simbolizaban la revolución nacional; la central era roja y representaba la revolución social. Sobre esta franja había una Cruz de Malta celeste y blanca. Sus militantes solían exhibir en sus solapas una cruz de Malta celeste y blanca o la estrella federal de ocho puntas, color rojo punzó, o un crucifijo que colgaba del llavero.

El primer jefe de Tacuara fue Demharter, pero problemas legales y policiales motivaron que tenga que dejar la escena política. Fue así, que el mando recayó en Alberto Ezcurra Uriburu, y al año siguiente de su fundación el grupo pasó a llamarse Movimiento Nacionalista Tacuara.

La principal referencia ideológica de aquellos primeros días, no fue otra que la del fundador de la Falange Española: José Antonio Primo de Rivera, sus obras completas eran de lectura obligatoria para los tacuaristas. Además de la devoción que tenía Ezcurra por José Antonio, su ideario político podía definirse como de un catolicismo militante pero no conservador, a diferencia de la mayoría de los nacionalistas de la época. Por su propia boca, en un reportaje, Ezcurra definía sus ideas y las de Tacuara de la siguiente manera: "Nuestro movimiento, que procura instaurar un nuevo orden, es cristiano en cuanto afirma la primacía de los valores espirituales y permanentes en el hombre y en la sociedad; nacionalista, en cuanto sostiene a la Nación como unidad social suprema, y socialista por su concepción económico-social, anticapitalista, revolucionaria y comunitaria". Seguidamente, Ezcurra se pronunció a favor de la reforma agraria, y ante la pregunta del periodista de qué libro de Lenin, Karl Marx o Fidel Castro, había tomado el concepto, el jefe de Tacuara lo sorprendió (y esto es válido aún hoy para tantos nacionalistas que se dicen admiradores de José Antonio sin siquiera haberlo leído) contestando que lo había extraído de un discurso de José Antonio Primo de Rivera en las cortes españolas de 1935.

Durante el gobierno de Frondizi, Tacuara tuvo la oportunidad de salir al ruedo político, durante la discusión de la educación laica o libre. En la primera se enrolaban liberales, marxistas, radicales, etc; mientras que por la enseñanza libre estaban, la Iglesia Católica, el nacionalismo, y los sectores dispersos del peronismo. La calle fue testigo de innumerables enfrentamientos a la salida de colegios, instituciones y universidades, donde la cuestión se dirimía a golpes de puño (y a veces por medios más violentos aún). Los sucesos mencionados dieron muestras del coraje, la disciplina y la organización que Tacuara había alcanzado.

Con el transcurso del tiempo, y sobre todo, con la radicalización de la Resistencia Peronista, a través de las organizaciones de trabajadores y de los sindicatos, Tacuara fue mutando su composición y recibiendo nuevas influencias ideológicas. Ya no eran dobles apellidos, patricios y de clase media, o media alta, los que se integraban, sino que comenzaban a sumarse los hijos de inmigrantes, de trabajadores, etc. Esta nueva composición social, derivó en un crecimiento del número de militantes, y en la posterior creación de Brigadas Sindicales, que acompañaron las luchas obreras. Ante tantas modificaciones, propias de la dinámica política, Tacuara no se quedó con la influencia de los clásicos pensadores del nacionalismo, como Genta, Meinvielle, o Goyeneche. Como quedó dicho, otros intelectuales empezaron a tener importancia en la matriz ideológica del movimiento.

De Mahieu

Un personaje clave en el pensamiento de Ezcurra y de Tacuara fue Jacques Marie De Mahieu (en Argentina más conocido como Jaime María De Mahieu), un sociólogo nacido en París en 1915, que llegó a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. De Mahieu había militado en el movimiento monarquista francés de Acción Francesa y colaborado con el régimen de Vichy. Se decía también que Mahieu había peleado en la división francesa Carlomagno, una de las que combatió contra los soviéticos frente a la Cancillería de Berlín, hasta la última gota de sangre y hasta no quedarle más municiones.

Había llegado a la Argentina en 1946, y tuvo gran participación en la formación de cuadros peronistas, además de ejercer la docencia en la Universidad Nacional de Cuyo, hasta que derrocado Perón fue cesanteado por "la libertadora" (las comillas y la minúscula son intencionales). La obra "El Estado Comunitario", fue leída con pasión por Ezcurra y sus camaradas. Las ideas allí contenidas, y lo encendido del revolucionario discurso del francés hicieron que el entendimiento entre ellos fuera inmediato. Tanto fue así que Ezcurra planteó en una revista de la parroquia San Agustín, los siguientes conceptos "tomados prestado" de De Mahieu; "los que creen que la propiedad privada, las formas burguesas, el capitalismo y la cultura occidental fueron establecidos por Jesucristo casi con carácter sacramental caen en el mismo error de quienes dogmatizan la democracia. Una empresa donde todos fueron obreros, o todos empresarios, sería una ruina. Pero no creo que tal locura entre en la cabeza de nadie. La empresa de propiedad comunitaria (llámese a la comunidad sindicato, cooperativa, etc) es una empresa jerárquica y armónicamente organizada, donde son distintas las obligaciones, el mando, las responsabilidades, el trabajo y la retribución. Lo que se busca con ella no es una nivelación absurda, sino suprimir una excesiva desigualdad, igualmente absurda".

En septiembre de 1960 se produjo la primera escisión de Tacuara. Los disidentes fundaron la Guardia Restauradora Nacionalista. Entre los motivos que causaron la ruptura pueden considerarse la influencia de Mahieu, el ingreso de clases populares al movimiento y como detonante, el citado artículo de Ezcurra en el periódico de la parroquia San Agustín. A partir de allí, Meinvielle y quienes fundaron "la Guardia", creyeron ver en Tacuara un grupo que había caído en la órbita del marxismo. Fue la ruptura hacia "la derecha". Al año siguiente, los tacuaristas más cercanos al peronismo abandonaron el grupo, ocasionando la segunda escisión y fundaron el MNA (Movimiento Nueva Argentina), que pasaría a la historia con el "Operativo Cóndor", cuando tomaron un avión y lo desviaron a Malvinas, haciendo flamear allí nuestra bandera nacional. Fue la ruptura hacia el peronismo.

En 1962, con los triunfos electorales del peronismo en muchas provincias, entre ellas la resonante victoria de Framini en Buenos Aires con 1.171.757 votos derivó en la intervención del presidente Frondizi en las que el peronismo resultó triunfante. El sector de las FFAA más antiperonista, representado por Aramburu presionó para que a pesar de todo, Frondizi renuncie. Con el derrocamiento de Frondizi y la toma del poder por los sectores más reaccionarios la situación en la política argentina se radicalizó...y Tacuara no fue la excepción.

Muchos de los miembros de Tacuara, en su mayoría jóvenes que apenas llegaban a los 20 años fueron realizando una transformación ideológica que Ezcurra y su círculo más cercano no podían permitir sin desvirtuar los primarios postulados que dieron origen al movimiento. El principal motivo de la discordia era la ya conocida argumentación de haberse corrido hacia el marxismo. Claro que el crecimiento de Tacuara y la profundización de las antinomias en la vida política nacional acentuaban las contradicciones, toda vez que hacían muy dificultoso mantener la pureza ideológica que tenía el núcleo original en sus inicios. Baxter, Nell, Caffatti, Ossorio, entre otros, tenían fuertes vínculos con los sectores más combativos del peronismo. Cuando Baxter, que a la sazón era el segundo jefe de Tacuara, planteó en el seno del movimiento que la revolución nacionalista que esperaban estaba en marcha, Ezcurra y su grupo quedaron espantados. Nada querían saber de los contactos con la izquierda y con los sectores más duros del peronismo. Mientras que los primeros hablaban de revolución y subversión, los segundos propiciaban el orden y la disciplina. Era evidente que no estaban hablando de la misma revolución. La integración al peronismo y a los grupos de izquierda, como así también la decisión de transformar un movimiento de acción callejera en una organización revolucionaria con características de guerrilla urbana que recurría a la lucha armada, produjo la ruptura que hacía rato se vislumbraba. Nació entonces el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT), cuyo jefe fue José Joe Baxter, y cuyo salto a la popularidad se concretó con el "Operativo Rosaura", es decir, el asalto al Policlínico Bancario. Fue la ruptura hacia la "izquierda".

La separación del grupo de Baxter generó un acercamiento entre la Tacuara de Ezcurra y la Guardia Restauradora Nacionalista, el grupo que se había alejado primariamente acusando a Ezcurra y los suyos de trotskistas. Por lógica, después del desprendimiento de Baxter, Tacuara acentuó su carácter católico y realmente no había demasiado que la separase de Guardia Restauradora. El convencimiento de que la revolución nacionalista de corte fascista que anunciaban no se produciría, los conflictos y sucesivos alejamientos de quienes fueron sus antiguos camaradas, como así también, un sincero y fuerte llamado de su vocación sacerdotal, convencieron a Alberto Ezcurra que lo mejor era abandonar la política y volver al seminario.

Retorno al seminario

Tacuara terminó dividiéndose y disolviéndose y entonces Alberto retornó al seminario y terminó consagrado al sacerdocio; lo hizo primero en Paraná, Entre Ríos, y luego en San Rafael, Mendoza. Cómo ejerció esta vocación y la dedicación que puso en ella se haya estupendamente retratado en pasajes escritos maravillosamente por Antonio Caponnetto que aquí se reproducen: "El Padre Ezcurra reunía como sacerdote los principios de la identidad, la espiritualidad y la formación permanente que han de tener los sacerdotes católicos. Nunca disimuló su identidad sacerdotal, ni en las formas ni en el fondo. Gustaba ir "de uniforme" -como llamaba a la sotana-. No tenía horarios de atención religiosa: sus jornadas eran enteras de Cristo, y lo hacía todo en nombre del Señor. Nunca desdibujó tampoco su personal espiritualidad, ni la redujo, como tantos, a una reglamentación casuística o a un emocionalismo fácil. Se hizo misionero para llevar la Fe a los corazones más desheredados de esta Argentina doliente. Y apologista para enfrentar la maldición de las sectas y las mentiras masónicas. Y orador entusiasta, para aplacar con las voces exactas los ruidos fariseos, y celebrar con la palabra justa las glorias de la Cristiandad. Cuando el Padre Alberto misionaba elegía los parajes más desatendidos e inhóspitos, allí donde los criollos habían sido abandonados a su suerte por la perversidad del sistema dominante. Y volvía de la misión, rico en experiencias apostólicas y en decires campestres que solía aplicar en sus clases y cursos. Su gloria -gustaba repetirlo- no era tanto haber estudiado en Europa cuanto haberse desempeñado como cura rural.

Este don de congeniar con los más sencillos -de hablarles claro y sacarlos del error, de entusiasmarlos en la recuperación de los valores superiores- le venía desde sus años de fogueada juventud. Una de esas cientos de anécdotas a las que antes aludíamos, y que están ligadas íntimamente a su memoria, nos lo recuerda discutiendo en plena calle con un empecinado marxista. Ante la ausencia de argumentos -pues le habían sido prolijamente refutados- el contrincante no encuentra otra fórmula de ataque que el cansado latiguillo del elitismo y del señoritismo burgués. Pero entonces sucedió lo imprevisto: desde un camión de recolección de residuos no de los sofisticados de ahora sino de los ennegrecidos de antaño- un morocho fierazo reconoció a Alberto Ezcurra. Lo llamó por su nombre y por su jerarquía en la militancia nacionalista, clavó el brazo en lo alto y vivió estentóreamente a la patria. La discusión acabó exitosamente por razones de fuerza mayor..."

El 26 de mayo de 1993 murió de un cáncer el cura Alberto Ignacio Ezcurra Uriburu. Todo su intenso paso por este mundo fue "Milicia y servicio", la simbiosis de la "espada y la cruz".

La repatriación de los restos de Rosas

Como corolario y a modo de documento histórico, cabe señalar que Ezcuura fue el responsable de rezar un Responso fenomenal en la repatriación de los restos de Juan Manuel de Rosas que aquí se reproduce en su totalidad:

"En nombre del Padre y del Hijo y del espíritu Santo... Señor te damos gracias porque Juan Manuel ha vuelto a su Patria.

Te damos gracias porque ha vuelto por la puerta grande con el reconocimiento y con el honor que San Martín le deseara...

Te damos gracias porque ha encontrado un lugar en el corazón de su Pueblo...

Te damos gracias porque al sepultarlo, sepultamos más de cien años de leyenda negra, de oscuridad, de historia escrita con inexactitudes a designio... Te damos gracias en nombre de todo este Pueblo en fiesta...Y te pedimos Señor... Te pedimos que no olvidemos nunca las cosas grandes de nuestro pasado porque una Nación solo puede construir su futuro si como un árbol tiene hundidas profundamente las raíces en la Verdad de su pasado.

Te pedimos Señor que el ejemplo de Juan Manuel sea la inspiración de nuestra juventud. Que miren no a los ídolos de la farándula o de las series extranjeras sino al ejemplo de los santos y al de los héroes y encuentre en Juan Manuel el arquetipo del Gaucho y del Patriota... Que Juan Manuel con su austeridad y con su honradez, con su patriotismo y con su firmeza sea el ejemplo para nuestros hombres de gobierno.

Te pedimos Señor por la Unidad de todos los argentinos. Por una unidad que no sea construida sobre pactos que no se cumplen, sobre dobles discursos, sobre palabras falsas ni un sentimentalismo que no dura sino en la verdad de una empresa grande, de una empresa nacional del Bien Común de la Patria puesto por encima de los intereses particulares, por encima de los intereses de sector, de clase o de partido.

Te pedimos nos des la gracia de construir la Argentina mirando hacia las profundas raíces, hacia los valores espirituales, culturales y tradicionales de nuestra Patria. No hacia lo que nos viene importado desde afuera, hacia las ideologías, hacia los imperios que Juan Manuel enfrentó sin ceder ante ellos ni un 'tranco de pollo'.

Te rogamos Señor por los que han hecho esta Patria, regando y santificando su suelo con el sudor en el trabajo, con la sangre en las batallas. Te rogamos por el alma de todos los muertos por la Patria. En la Independencia, en las guerras de la Soberanía, en la Vuelta de Obligado. Por aquellos que no descansan sino esperan en la turba de las Malvinas y en las aguas heladas de los mares del sur. Te rogamos Señor que le des a Don Juan Manuel de Rosas el descanso eterno y que a nosotros nos niegues el descanso, nos niegues la tranquilidad, la comodidad y la paz hasta que con los escombros de esta Patria en ruinas sepamos edificar la Argentina Grande que Juan Manuel amó, en la cual soñó y por la cual entregó su vida.

Padre nuestro, que estás en los cielos. Santificado sea el tu nombre. Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación. Más líbranos del mal. Amén.

Dale Señor el descanso eterno y brille para su alma la luz que no tiene fin.

Que el alma de Don Juan Manuel de Rosas y las almas de todos los fieles difuntos por la misericordia de Dios, descansen en paz y que la bendición de Dios Todopoderoso, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo descienda sobre todos los aquí presentes y sobre todo el Pueblo de nuestra Patria".

(por Federico Gastón Addisi y Damian Oviedo) (Ver bibliografía al pié del artículo)

Sacerdote de Cristo

(por el Monseñor Alvaro Ezcurra)

En la noche del 26 de mayo de 1993 falleció en San Rafael el Padre Alberto Ignacio Ezcurra. Su vida se apagó con la naturalidad con que se apagan las estrellas al despuntar el alba, con la suavidad con que se desprenden las hojas de un árbol acariciado por una brisa otoñal. Una muerte tranquila, serena, sin estertores. Coronamiento de una vida consagrada a Cristo con singular ardor. Broche de oro puesto a una existencia terrenal quemada en puro fuego de amor a Dios, al prójimo y a la Patria.

Durante su juventud militó en la política, entendida ésta como el conjunto de las actividades orientadas a la consecución del bien común, sin perder jamás de vista que todas esas actividades tienen un fin último sobrenatural que es alcanzar la bienaventuranza eterna. Tenía pues, una concepción católica de la política, aquella que mira a la instauración de todas las cosas en Cristo. Pero en su militancia descubrió la miseria de la clase dirigente, el fariseísmo hipócrita de tantos que decían estar al servicio del pueblo, cuando en realidad, a costa del pueblo, se servían a sí mismos en la búsqueda del vedetismo, del poder por el poder, del enriquecimiento ilícito. La política suele ser muy sucia, y él sintió asco. Su alma grande se asfixiaba en medio del estercolero y descubrió que no era ése su camino, porque entre tanta inmundicia se le hacía inútilmente cuesta arriba aportar lo suyo en bien de la comunidad. Fue entonces que Dios le inspiró el siguiente pensamiento: "No puedo cambiar las estructuras injustas de la Patria, pero puedo, sí, transformar mi corazón entregándoselo a Cristo enteramente, y de ese modo prestar el mejor servicio posible". Así nació su vocación sacerdotal. Ingresó al Seminario de Paraná, donde estudió Filosofía, y luego fue profesor, prefecto y vicerrector. Allí estuvo varios años como un recio árbol espiritual plantado a orillas del río de la gracia, hundiendo muy profundas raíces en la fe, sentando cátedra con el testimonio de ejemplar vida sacerdotal y rindiendo abundantes frutos... ¡Cuántos sacerdotes, seminaristas y laicos lo llamaron y seguirán llamando siempre PADRE, no por mera formalidad o título que se acostumbra dar al sacerdote, sino por una convicción profunda nacida del verdadero amor filial!

El Padre Alberto alternaba sus actividades seminarísticas con la predicación de triduos, novenas, misiones populares y ejercicios espirituales; dictando conferencias y empleando su poco común talento oratorio, con el cual iluminaba la inteligencia y enardecía el corazón de sus oyentes.

Por esas cosas de Dios, un día se trasladó del Paraná a los Andes y se afincó en San Rafael, donde fue partícipe de la fundación del Seminario Diocesano, que presidió como rector durante varios años, donde continuó su tarea de formador, llevándola a cabo con espontánea humildad, inocultable maestría y pasión. Hasta que un día la Providencia quiso acrisolarlo con una enfermedad incurable, que él sobrellevó durante más de dos años con admirable fortaleza, sin hacerse la víctima, trabajando, en la medida de sus fuerzas hasta el final. Cierta vez dijo que no le pedía a Dios la curación, sino que cumpliera su voluntad. La voluntad de Dios dispuso que partiera de este mundo. Y el Padre Alberto, confesado, comulgado y ungido con el óleo de los enfermos se aprestó a partir con una aceptación. Es por eso que murió, pero Vive. Y un dejo de sana envidia quede al contemplar la ejemplaridad de su muerte: ¡Ojalá tengamos toda gracia semejante!

Los que quedamos, recogemos su antorcha, redoblamos el paso en pos de la meta, y retemplando el espíritu con su testimonio decimos:

PADRE ALBERTO IGNACIO EZCURRA, ¡PRESENTE!

El pensamiento del padre Ezcurra

Cristianismo y Orden Burgués

"Todo un mundo antiguo, que es precisamente el de la civilización burguesa esta a punto de hundirse. Hablando de este mundo empleamos con plena razón la expresión agonía. Pero la agonía a la que estamos asistiendo es la agonía de una civilización determinada y la agonía de lo que en la iglesia es solidario con esa civilización. Es ese cristianismo burgués, superado ya en nuestros días y cuya vetustez sienten los cristianos" (J. Danielou S.J.)

Ante la crisis y agonía de las decadentes estructuras del liberalismo burgués, se abre para el mundo, agitado en el caos el camino de la Revolución inevitable que, al romper con las viejas estructuras, instaura un nuevo orden, una nueva civilización, de indudable sentido comunitario.

Ante esta Revolución inevitable cual puede ser la postura de los católicos?

Aferrarnos a formas superadas, condicionando la defensa de la Verdad permanente a la subsistencia de dichas formas decadentes, o procurar darle a la Revolución nuestro signo de Verdad, frente al marxismo que se empeña en darle el suyo?

La respuesta parece obvia. No lo es sin embargo para muchos católicos, a quienes toda transformación revolucionaria de las formas a las que están acostumbrados, les parece un signo satánico, en el cual creen escuchar las primeras pisadas del Anticristo.

La Iglesia, Sociedad Divina, tiene valores y verdades permanentes que defender, los cuales no son susceptibles de envejecimiento, cambio ni reforma o adaptación alguna, al contrario, conservan el primitivo valor revolucionario que tenían al salir de los labios del Maestro de Nazareth. La Iglesia, sociedad humana, tiene formas que varían y se adecuan a la necesidad de los tiempos, y vive en una sociedad cuyos esquemas políticos, sociales, culturales y económicos varían, a veces con ritmo vertiginoso.

El error consiste en dar a estas formas accidentales, para defenderlas o condenarlas, un valor dogmático y unir a su suerte la de las verdades divinas que forman el patrimonio permanente de la Iglesia. Algunos dan este valor dogmático a formas políticas, otros a corrientes culturales, a estructuras sociales o económicas. Este es el error de los jóvenes de "CRUZADA", para quienes la propiedad privada, las formas burguesas, el capitalismo y la "cultura occidental" fueron establecidos por Jesucristo casi con carácter sacramental, sin advertir que caen ( en otro campo) en el mismo error de quienes dogmatizan la democracia , por ejemplo, a quienes tanto ellos como nosotros combatimos.

En uno de los últimos números de esa publicación, el castizo Rodrigo de Nájera se nos descuelga con la tremenda afirmación de que los católicos que defienden la propiedad societaria de los medios de producción se colocan "en una línea paralela al marxismo", al aceptar uno de los "lemas fundamentales de la revolución anticristiana", para concluir fulminando una excomunión, basada en dos citas de León XIII, ninguna de las cuales contiene una condenación formal.

Afirma León XIII, que a los miembros de la sociedad, como los del cuerpo humano "hacerlos todos iguales es imposible; seguiríase de ahí la ruina de la sociedad". De acuerdo. Una empresa donde todos fueran obreros, o todos empresarios sería una ruina. Pero no creo que tal locura entre en la cabeza de nadie. La empresa de propiedad comunitaria (llámese a la comunidad sindicato, cooperativa, etc.) es una empresa jerárquica y armonicamente organizada, donde son distintas las obligaciones , el mando, las responsabilidades, el trabajo y la retribución. Lo que se busca con ella no es una "nivelación" absurda, sino suprimir una excesiva desigualdad, igualmente absurda.

Se busca el acceso de todos al derecho de propiedad, que Rodrigo de Nájera dice defender, lo cual, aparte de justicia es un incentivo para la producción. Se busca eliminar al parásito, que, sin producir, se enriquece sobre la miseria, o simplemente sobre el trabajo de los demás al que en la sociedad capitalista se llama patronal, o Sociedad Anónima y en el marxismo se llama Estado. No va hacia la supresión de las jerarquías, sino a que estas no estén regidas por lo económico.

En cuanto a lo que "es conforme a la ordenación de Dios que haya príncipes y vasallos, patronos y proletarios, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos", si aceptamos que mas que la exposición de un estado de cosas es un ordenamiento intocable, entonces la actual desaparición de la división " nobles y plebeyos", es parte de la "Revolución Anticristiana"?. La educación, que tiende a "nivelar" sabios e ignorantes debe ser condenada?

Las respuestas son lógicas

Pero hay más. "La excomunión que Rodrigo de Najera vierte sobre los defensores de la propiedad comunitaria, alcanza nada menos que a los mismísimos apóstoles, quienes tenían todas las cosas en común; y vendían las posesiones y los bienes, y lo repartían entre todos, según que cada cual tenía necesidad" (Hechos II-43) y no solo esto, sino que influidos por las perversas doctrinas de Marx, llegaron a negar el sacrosanto derecho de propiedad , ya que "ninguno decía ser propia suya cosa alguna de las que poseía, sino que para ellos todo era común"(Hechos IV-32), ejemplo que fue seguido por las órdenes religiosas y por los bolcheviques de la Compañía de Jesús, que formaron el estado socialista de la Misión Guaraní.

Aterrado por hechos tan tremendos, me despido hasta la próxima, porque sobre esto hay rollo para rato.

(Publicado en "Signo", año 1, (2da. época), Numero 4, julio 1960, publicación mensual del Centro J. A. C. 40 (San Agustín) Registro Nac. De la Prop. Intelectual 648.689) Director: Carlos Alberto Falchi.)

Poema del padre Ezcurra

Todo está bien, me he puesto la sotana.

El rosario se anuda entre mis dedos

Y el viático me alcanza para el viaje.

La clase ya fue dada, quedan libros

Entre estampas, recuerdos y cigarros.


Todo está bien, incluso esta madera

Que bordea mi cuerpo y lo amortaja.

Los rezos que sin llanto me despiden.

Hago memoria: hay pan y un misal viejo.

Dejé lista la misa de mañana,

Una vez más diré que yo no escribo.

La homilía y la arenga se improvisan

Como el Ave María y el Magnificat.


Todo está bien, llegaron camaradas.

Conservan la bandera o el saludo,

esa costumbre de tomar cerveza,

discutir en voz alta, acalorarse,

caminar marcialmente aunque los años

crujan como un navío a la intemperie.


Aquí en San Rafael el sol flamea

-parece un estandarte al mediodía-

la Ascensión del Señor tuvo su fiesta,

Pentecostés me espera, ya en la Casa.


Todo está bien, amigos, la liturgia,

La unción de los enfermos, el recaudo

De colocar a modo de epitafio

La consigna de Job, marechaliana.


Amé la tierra en su raíz antigua.

Serví a los pobres cuando no era moda.

Canté Caudillos en la eneida patria.

No me perdonan el responso a Rosas.


Todo está bien. Sirvieron el pescado

Picante con el vino en damajuanas,

Ayer de Paraná o de Buenos Aires

Dos vocaciones nuevas me llamaron.


Todo está bien. Ya vienen, ya me cargan

(no parezco pesado esta mañana)

el cementerio tiene vista al cielo.

He dejado un licor para la vuelta.

Bibliografía

  • Caponnetto, Antonio, Padre Alberto Ezcurra. Católico y nacionalista, Rev. Inst. Inv. Históricas J.M. de Rosas, N 32, Bs As, 1993.
  • Gutman, Daniel, Tacuara, historia de la primera guerrilla urbana argentina, Vergara, Bs As, 2003.
  • Bardini, Roberto, Tacuara, la pólvora y la sangre, Oceano, Cuidad de México DF, 2002.
  • "Signo", año 1, (2da. época), Numero 4, julio 1960

Fuentes

  • IV Jornadas de Formación Católica, Villa Marista de Luján, días 29, 30 y 31 de agosto de 2008.

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