Manuel Gálvez

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Manuel Gálvez

Manuel Domingo José Ciríaco Gálvez Baluguera (8 de julio de 1882, Paraná, Argentina - 5 de noviembre de 1962, Buenos Aires, Argentina) fue un escritor argentino. Cultivó varios géneros literarios, convirtiéndose en uno de los autores más leídos de su época.

Aunque jamás militó en ninguna agrupación o partido político, aún así fue un fiel difusor de las ideas nacionalistas en la Argentina.

Lo nominaron para el Premio Nobel de Literatura en 1933, 1934 y 1951, pero nunca llegó a obtener ese galardón.

Su obra inspiró a muchos autores como Leopoldo Marechal, Raúl Scalabrini Ortiz y Juan José Hernández Arregui entre otros.

Biografía

Familia

Gálvez pertenecía a una familia de vieja estirpe criolla, cuyas raíces llegaban hasta los tiempos de la colonización del Río de la Plata.

Tanto su padre, Manuel Gálvez Siburu, como su tío, José Gálvez Siburu, fueron hombres vinculados a la política santafesina como representantes del Partido Autonomista Nacional. Su tío, de hecho, gobernó a la provincia de Santa Fe entre 1886 y 1890; su gestión se destacó por la fuerte inversión en infraestructura, por su esfuerzo por organizar y nacionalizar a la enorme masa de inmigrantes europeos instalada en el territorio provincial, y por su impulso para crear una universidad provincial que luego serviría como base de la actual Universidad Nacional del Litoral.

Fue sobrino del periodista y político Floriano Zapata.

Juventud

Gálvez estudió en el Colegio de la Inmaculada Concepción de la ciudad de Santa Fe, una institución dirigida por la Compañía de Jesús. Siendo todavía un adolescente comenzó a publicar textos de su autoría en las páginas de Nueva Época, un periódico que era propiedad de su tío. Allí escribió comentarios sobre obras teatrales, ya que el joven Gálvez aspiraba a ser dramaturgo.

En 1898 ingresó a la Universidad de Buenos Aires para formarse como abogado, más para cumplir con un mandato familiar que por verdadera vocación. Siendo un joven provinciano en la capital nacional se dedicó a la vida bohemia, frecuentando las tertulias de escritores. Junto con Franco Paolantonio en el año 1900 compuso La conjuración de Maza, una zarzuela inspirada en el relato que Adolfo Saldías -en su Historia de la Confederación Argentina- realiza acerca de la historia de los Maza. La obra fue estrenada por una compañía teatral, lo que envalentonó a Gálvez para escribir otras piezas que no correrían con la misma suerte.

En 1903 creó la revista Ideas, la cual sirvió para congregar a muchos jóvenes talentos de la época. Entre sus páginas apareció la firma de Emilio Becher, Alberto Rougès, Salvador Oría y Emilio Ortíz Grognet entre otros, todos autores que renegaban del vicio de negar el espíritu. La publicación generó tan buena impresión, que el prestigioso diario La Nación lo invitó a colaborar en sus páginas.

Por aquellos años Gálvez, al igual que muchos de sus coetáneos, estuvo muy influenciado por la literatura francesa y por la literatura rusa. La Generación del 98 también fue una de sus fuentes de inspiración. Y ni el modernismo del nicaragüense Rubén Darío ni el arielismo del uruguayo José Enrique Rodó le fueron ajenos (de hecho gracias a ellos Gálvez cultivó durante toda su vida un fuerte sentimiento antinorteamericanista). Asimismo los poemas de Pedro Bonifacio Palacios y las novelas de Francisco Sicardi contribuyeron en formar en el joven escritor el enfoque social característico de su literatura, y la lectura de Juan Facundo Quiroga de David Peña orientó su curiosidad hacia el ámbito de la revisión de la historia argentina.

A principios de 1905 se doctoró en derecho con una tesis acerca de la trata de blancas. A fines de ese año emprendió un viaje por Europa. Primero visitó Francia, donde se encontró con Manuel Ugarte, que lo introdujo en los cenáculos artísticos de los emigrados hispanoamericanos y lo puso en contacto con muchas personalidades locales. Luego pasó brevemente por Italia para visitar museos y galerías. Y finalmente recorrió España, país al que anhelaba llegar para reconectarse con sus raíces. Allí conoció a su admirada Emilia Pardo Bazán pero no tuvo oportunidad de encontrarse con Miguel de Unamuno, a quien también tenía en alta estima. Desde tierras ibéricas envió algunos artículos para El Diario.

Al retornar a su patria, Gálvez se convirtió en inspector estatal de escuelas, oficio que ejercería por más de 25 años. Por ese entonces profesaba un anarquismo espiritualista inspirado por Tolstoi, que hubo de abandonar en los años siguientes para retornar a la ortodoxia de la fe católica.

En 1907 publicó el poemario El enigma interior, su primera obra destinada al gran público. Poco después comenzó a colaborar con la revista Nosotros, lo que significó la definitiva incorporación de su figura como parte de la escena literaria argentina.

Intelectual nacionalista de la Generación del Centenario

1910 fue un momento crucial para la cultura argentina, puesto que, al cumplirse cien años de la Revolución de Mayo, muchos intelectuales de la época se sintieron obligados a reflexionar seriamente acerca del país en el que vivían, el pasado que habían heredado y el futuro que deseaban proyectar. La fisonomía socioeconómica que había adoptado la Argentina invitaba a abordar críticamente a la dialéctica que enfrentaba al progresismo materialista y cosmopolita contra el tradicionalismo católico y criollo.

Para posicionarse desde el campo de lo nacional, Leopoldo Lugones vindicó a la cultura gauchesca, en tanto que Ricardo Rojas elaboró las bases indianistas sobre las que se sostendría su interpretación de la idea de argentinidad. Gálvez, por su parte, señala en su libro El diario de Gabriel Quiroga que era en las comarcas provincianas donde habitaban los hombres y mujeres que, sin saberlo, representaban a los custodios del alma nacional. Esa tesis ganó popularidad en su país y su nombre se posicionó como el de uno de los referentes intelectuales de su generación.

Tras contraer matrimonio con la escritora Delfina Bunge, Gálvez partió nuevamente a Europa a fines de 1910. Pasó varios meses recorriendo los países del centro del Viejo Continente e incluso llegó también a visitar una parte del Magreb. Estando en París asistió a la Conferencia Internacional contra el Desempleo como miembro de la delegación argentina: el tema lo apasionó y lo motivó a escribir La inseguridad de la vida obrera, un voluminoso informe sobre el asunto que fue usado por el socialista Alfredo Lorenzo Palacios y por el católico Arturo M. Bas como fundamento para presentar sus proyectos de ley solicitando la creación de bolsas de empleo administradas por el Estado argentino.

Al regresar a Buenos Aires retomó su carrera literaria. Sus artículos aparecieron en las páginas de publicaciones como Atlántida, Proteo, Caras y Caretas, Vida Nuestra, Clarín, La Revista de América -que dirigía Francisco García Calderón Rey en Francia- y el diario La Unión -perteneciente a la familia Tjerks. También comenzaron a multiplicarse los libros de su autoría: El solar de la raza, La maestra normal, El mal metafísico y La vida múltiple, todos ellos muy leídos y discutidos en la época. Esas obras se caracterizan por su apología de las tradiciones hispánicas, su repudio al laicismo y al positivismo, su denuncia de las injusticias sociales y su condena de la frivolidad que representan las modas. La popularidad que ganó Gálvez como autor lo llevó a colaborar con revistas como La Novela Semanal, La Novela Nacional y La Novela Universitaria, que eran publicaciones destinadas al público masivo.

En 1917 figuró como uno de los fundadores de la Sociedad Cooperativa Editorial de Buenos Aires, una casa editora que además de la novela La sombra del convento de Gálvez publicó obras de Arturo Capdevila, José León Pagano y Ricardo Jaimes Freyre entre otros. En 1919 dejó la SCEBA por discrepancias en el armado de su católogo y, junto con Augusto Bunge, creó la editorial Pax, la cual publicó títulos como el Clérambault de Romain Rolland y Bajo la mirada de Lenin de Adolfo Agorio.

A través de Pax fue que Gálvez publicó Nacha Regules, una novela acerca de la prostitución. Esa obra fue un éxito de ventas, lo que después provocó que tuviera muchas reediciones, una publicación como folletín en el diario socialista La Vanguardia, traducciones a una decena de idiomas (incluyendo el esperanto) y adaptaciones al teatro y al cine.

Otro proyecto literario en el que estuvo embarcado Gálvez fue la dirección de la colección Biblioteca de Novelistas Americanos, la cual se ocupó de hacer circular entre los lectores a obras de Atilio Chiáppori, Eduardo Barrios, José Monteiro Lobato y Carlos Reyles.

Militancia en el catolicismo social

Delfina Bunge creó la revista Ichthys en 1921, una publicación cristiana destinada a las mujeres. Gálvez escribió en ella, deseoso de colaborar con la evangelización del pueblo argentino. Ciertamente no era esta la primera vez que el escritor intentaba posicionarse como un intelectual católico: ya en 1913 había pretendido sin éxito lanzar un periódico católico en sociedad con el sacerdote Miguel de Andrea, y en 1916 había elogiado al presbítero por su proyecto de crear al Partido Constitucionalista como expresión del catolicismo en la política nacional. Diez años después la Unión Popular Católica Argentina -que era liderada por de Andrea- adquirió el diario El Pueblo, en el que Gálvez y su esposa fueron invitados para participar como columnistas.

Promediando la mitad de la década de 1920, un colectivo de escritores izquierdistas conocido como el "Grupo de Boedo" reconoció a Gálvez como uno de sus más importantes predecesores, destacando la sensibilidad hacia el sufrimiento de las clases populares que este intelectual manifestaba en sus textos. Sin embargo la adopción de posiciones cercanas al catolicismo social por parte del autor de Nacha Regules hizo que aquel conjunto de plumas socialistas y comunistas terminará más tarde por despegarse de él.

Acentuado su antiliberalismo en materia económica y su antidemocratismo en materia política gracias a sus lecturas de los textos de Charles Maurras, Gálvez se vinculó en 1927 al núcleo fundacional del diario La Nueva República. De todos modos su colaboración con ellos fue muy breve, pues al año siguiente se creó la revista católica Criterio en donde se sintió más a gusto (aunque más tarde abandonaría esa publicación y se sumaría a la lista de colaboradores de Número). En realidad lo que lo distanció de los neorrepublicanos fue su posición con respecto a Hipólito Yrigoyen: mientras que para Juan E. Carulla, Rodolfo Irazusta y Ernesto Palacio el caudillo de la UCR era un personaje completamente nefasto, para Gálvez, en cambio, se trataba de un hombre con una gran llegada a las masas, que podía torcer el destino del país si asumía la tarea de elevar sus espíritus dándoles prosperidad económica. Fue Julio Irazusta quien le contestó al escritor remarcándole que lo que él destacaba como una gran virtud de Yrigoyen en realidad no había sido más que lisa y llana demagogia.

Promotor de la identidad nacional-católica

Pese a que Gálvez apoyó a Yrigoyen para que retornase a la presidencia de la Argentina en 1928, pronto se desilusionó con el viejo líder. A raíz de ello recibió con satisfacción a la Revolución del 6 de Septiembre de 1930. A José Félix Uriburu, la cabeza del movimiento, lo comparó con Miguel Primo de Rivera y Benito Mussolini, y celebró que los viejos aristócratas retornaran al poder para sanar al país de la enfermedad de la partidocracia. Para colaborar con el gobierno se ocupó de fundar y organizar a la Academia Argentina de Letras (de la cual terminaría alejándose un par de años después por un conflicto con Carlos Obligado). De todos modos el fracaso del movimiento septembrino lo colocó nuevamente en la oposición.

Es por esa época que Gálvez comienza a explorar el campo de la novela histórica, escribiendo inicialmente sobre la Guerra del Paraguay en un tono que mezclaba lo épico con lo costumbrista, y cuyo fin era idealizar al pasado. A esa estrategia literaria la usaría después para escribir sobre los años rosistas.

Al mismo tiempo Gálvez encontraba ciertas dificultades para consagrarse como el gran intelectual católico argentino, ya que los sectores eclesiásticos más ortodoxos no terminaban de digerir su obra: si bien su biografía sobre Mamerto Esquiú había recibido el elogio unánime de los críticos católicos, novelas como Miércoles Santo (1930) y La noche toca a su fin (1935) lo habían empujado a protagonizar amargas polémicas contra Luis Barrantes Molina y Gustavo Franceschi, quienes le reprochaban que el mensaje cristiano de sus relatos quedara opacado entre medio de los artilugios narrativos que habitualmente empleaba para sonar realista; para ellos el mejor productor de ficciones católicas en la Argentina era sin dudas Hugo Wast.

Gálvez editó en 1934 el libro Este pueblo necesita..., una colección de ensayos breves que habían sido previamente publicados casi todos ellos en las páginas de La Nación y en las de Crisol. Allí el escritor presenta un credo nacionalista, destacando la importancia de proteger el orden, respetar las jerarquías y amar las tradiciones. También invoca a la figura del caudillo como la de una fuerza providencial que habrá de sacar a la Argentina del letargo y salvarla de su extinción. Cuando comenzó en España la Cruzada de Liberación Nacional en 1936, Gálvez, movido por su hispanismo y su cristianismo, encontró una causa a la cual abrazar apasionadamente. En consecuencia se convirtió en un apologista de la guerra, justificando a la violencia heroica como instrumento para acabar con la sinarquía que pretendía apoderarse del mundo. El Bando Nacional, desde su perspectiva, no era solamente la esperanza de los españoles, sino que además se trataba de un instrumento de salvación moral para toda la humanidad.

Apoyo y rechazo de Juan Domingo Perón

La fascinación de Gálvez por los caudillos lo llevó reflexionar sobre la figura de Hipólito Yrigoyen. Así, en 1939, publicó una biografía sobre el fallecido líder de la UCR. El libro era, cuanto menos, curioso, ya que presentaba a Yrigoyen como un líder antiimperialista que buscaba la unidad de Hispanoamérica, y sugería que su partido podía evolucionar de manera tal que hiciera emerger de entre sus filas a un conductor de masas como los que agitaban en aquel momento a Europa.

Al estudio sobre Yrigoyen le siguieron otros sobre Juan Manuel de Rosas, Aparicio Saravia y Gabriel García Moreno. Mediante esos trabajos, Gálvez quería demostrar su vocación hispanoamericanista, que era la misma que lo llevó a participar en 1940 de la campaña que dirigió en Uruguay el senador Luis Alberto de Herrera para evitar que EEUU implante bases militares en el área del Río de la Plata. En ese momento el escritor advirtió que si los norteamericanos intervenían y ganaban la Segunda Guerra Mundial, la colonización cultural posterior que ellos fomentarían impondría a nivel global el individualismo absoluto, el consumismo rapaz, la mercantilización de la vida cotidiana y la explotación impune del más débil.

Como muchos de sus compatriotas, Gálvez se entusiasmó con la Revolución del 4 de Junio de 1943. Celebró que el gobierno eliminase a la corrupta partidocracia, prohibiese el comunismo en el país, y decretase la enseñanza obligatoria de la religión en las escuelas. Todo ello lo llevó a sugerir que el movimiento era el proceso de transformación sociopolítica más importante que vivía el país desde la Revolución de 1810.

El escritor, correctamente, interpretó al junismo como la plataforma de lanzamiento del próximo gran caudillo argentino. Cuando la figura de Juan Domingo Perón empezó a ascender, Gálvez optó por apoyarla, pese a que la mayoría de los nacionalistas católicos desconfiaban del militar. Debido a ello el libro El pueblo quiere saber de que se trata escrito por Perón incluye un artículo suyo insertado a modo de prólogo.

Gálvez veía en Perón a un hombre como Yrigoyen, sólo que más locuaz, con mayor proactividad, alérgico a la politiquería, y totalmente dispuesto a materializar la justicia social. A raíz de la masiva movilización obrera del 17 de octubre de 1945, él y su esposa manifestaron públicamente su apoyo al naciente peronismo, lo que les costó que fuesen duramente criticados por católicos y nacionalistas.

Durante los primeros años de la presidencia de Perón, Gálvez se mostró a favor del régimen. En 1947 se unió a la Asociación de Escritores Argentinos que había creado Arturo Cancela para funcionar como una corporación de artistas, académicos y periodistas ante el gobierno nacional. Sin embargo a medida que el presidente se fue volviendo más autoritario y personalista, el escritor empezó a cuestionar su liderazgo.

Luego de que partidarios de Perón incendiaran al Jockey Club en 1953, la ruptura de Gálvez con el gobierno fue definitiva. Y a medida que fue creciendo el conflicto entre el peronismo y el catolicismo, el escritor fue posicionándose como un ferviente opositor del presidente. Tras la caída del régimen publicó Tránsito Guzmán, una novela inequívocamente antiperonista.

Últimos años

Gálvez pasó los últimos años de su vida desencantado con la política y refugiado en la religión. Aquel intelectual al que lo había deslumbrado el Congreso Eucarístico Internacional organizado en Buenos Aires en 1934 y que había fantaseado en ese momento con ver a la Argentina convertida en una nación católica, aceptó con amargura a fines de la década de 1950 que la fe cristiana, en el pueblo argentino, estaba en retroceso. Por ende el escritor, en sus textos más tardíos, exhortó a abrazar al catolicismo en un mundo que aprecia más al hombre que a Dios.

Obra

Poesía

Al igual que muchos autores de su generación, Gálvez intentó proyectarse como poeta durante su juventud. El enigma interior, su primer libro de versos, no reúne en realidad los primeros poemas que escribió, puesto que -según lo contaría después- éstos se perdieron al olvidar el cuaderno que los contenía sobre el asiento de un tren en España. Esta obra nació de la ansiedad de Gálvez de mostrarse como un autor publicado, por ello la primera edición del libro fue costeada de su propio bolsillo. En el prólogo el autor sostiene que el romántico Heinrich Heine y el simbolista Paul Verlaine son sus modelos a los cuales emular, pero los textos muestran en realidad a un poeta afiliado deliberadamente a la corriente modernista que encabezaba Rubén Darío.

Un par de años después publicó Senderos de humildad, un poemario menos preocupado por subirse a las modas literarias y más concentrado en colaborar con el desarrollo de un estilo propio. En sus páginas es notoria la huella del poeta francés Francis Jammes, quien se hizo famoso por cantarle loas a la vida de los humildes en un lenguaje austero y luminoso. En una de las reediciones posteriores, Senderos de humildad contaría con un prólogo escrito por el poeta español Enrique Díez Canedo.

Tras la publicación de esos poemarios, Gálvez siguió escribiendo versos (algunos que, incluso, funcionaron como letras de canciones), pero nunca se preocupó por agruparlos en un libro.

Recién en 1957 dio a imprenta su tercer poemario: Poemas para la recién llegada. Sucedió que, después de enviudar en 1952, contrajo nupcias con María Elena Gaviola en 1954. Por lo tanto el libro reúne una colección de poemas de amor muy personales dedicados a celebrar la unión con su nueva esposa.

Narrativa de ficción

Novelas sociales

Durante su juventud, cuando empezó a madurarle la idea de convertirse en novelista, Gálvez trazó un plan para volcarse a trabajar en las historias que le interesaban abordar. Si bien no fue tan ambicioso como La comedia humana de Honoré de Balzac, su proyecto si pretendía tocar una amplia variedad de temáticas que reflejasen las miserias y esplendores de los diversos estilos de vida nacionales.

Para desarrollar su estilo el escritor se inspiró en la exploración objetiva de los bajos fondos de la sociedad que había planteado Émile Zola, como también en la reconstrucción minuciosa de los ambientes que habían sido escenarios de los más conflictivos dramas nacionales que proponía Benito Pérez Galdós. Gálvez supo explotar exitosamente ese enfoque naturalista, pero nunca llegó a superarlo. Por eso, a partir de 1930, su prosa se volvió difícil de digerir para muchos lectores, y su bien ganada fama inicial fue decayendo con el paso de los años. Las lecturas de Gustave Flaubert, Henry James y François Mauriac que Gálvez emprendió ya consagrado como escritor, no generaron, empero, demasiado impacto en su modo de producir ficciones.

Su primera obra importante en el campo de la novela social fue El diario de Gabriel Quiroga. Este texto, una suerte de híbrido de narrativa de ficción, ensayo y crónica de viaje, narra la experiencia de Gabriel Quiroga -alter ego del autor- en sus visitas a aquellas provincias del norte argentino cercanas a la cordillera de los Andes. El protagonista es un ex-izquierdista que ha encontrado a Cristo y que deja a la gran metrópoli de Buenos Aires creada por el infame liberalismo para buscar a la auténtica Argentina entre las silenciosas montañas.

Para Gálvez los paisajes, el clima y la herencia racial producen un innegable impacto sobre los individuos y las comunidades, pero no al punto de determinarlos completamente. Por ese motivo la observación del novelista no se detendrá en lo visible, sino que irá más allá, en busca de la intuición del alma nacional, que es la fuente de los ideales del pueblo. El descubrimiento del espíritu del territorio que moviliza a Gálvez refleja a la intrahistoria en la que se acomodan los hechos políticos, sociales y culturales, y es ello lo que el escritor pretende describir.

En La maestra normal y El mal metafísico se intenta mostrar como el progresismo moderno destruye el alma de los individuos. La primera novela es una historia sobre una maestra provinciana seducida y engañada por un maestro porteño que llega a La Rioja como un promotor de la civilización, pero siendo en realidad un agente de la decadencia. La otra obra es el relato protagonizado por un provinciano que se instala en Buenos Aires con la idea de convertirse en un escritor, pero, después de ingresar a los pintorescos cenáculos artísticos de la época, termina siendo derrotado por la frivolidad y la soledad de la gran ciudad. La maestra normal critica al sistema escolar argentino por extirpar las tradiciones nacionales y suplantarlas por ideas ajenas, mientras que El mal metafísico plantea que la educación sentimental del joven idealista argentino es inviable en un país corrompido por el desmedido afán de lucro.

Para La sombra del convento el autor se traslada al centro de la Argentina, más precisamente a Córdoba, localidad que le sirve de escenario para contar el enfrentamiento entre un abogado católico y conservador contra un joven progresista y falto de fe, que al final se recompone. La ciudad es descrita como anticuada y aislada del resto del país.

La famosa Nacha Regules nació de las ruinas de El apóstol, una novela que Gálvez comenzó a escribir pero que no pudo concluir. El libro narra la historia de una mujer que termina por convertirse en prostituta después de vivir una serie de eventos desafortunados. Un hombre, enamorado de ella, recorre los rincones de Buenos Aires buscando a la escurridiza mujer, al mismo tiempo en que va descubriendo tanto la cara luminosa y opulenta de la ciudad como su contracara sórdida y miserable. En ese constante ir y venir la injusticia y la hipocresía afloran permanentemente, exigiendo una revolución social y un despertar espiritual como remedio para eliminarlas.

Historia de arrabal expande la descripción de la Buenos Aires de los obreros fabriles y de los trabajadores portuarios. Readaptando el argumento de su obra teatral La hija de Antenor, el autor cuenta la historia de una muchacha víctima de la explotación laboral y de la explotación sexual.

Con la novela La pampa y su pasión el escritor se adentra en el mundo del turf. Documentado con los textos de Máximo Sáenz y Josué Quesada, el libro cuenta la caída en desgracia de quienes hacen fortuna con los caballos de carrera.

Novelas históricas

Gálvez incursionó en la novela histórica produciendo dos ciclos narrativos ambientados en el siglo XIX: uno dedicado a la Guerra del Paraguay y otro dedicado a los años en los que Juan Manuel de Rosas fue gobernador de la provincia de Buenos Aires. Para escribir esos libros, Gálvez investigó con seriedad sobre el tema, adquiriendo hábitos de historiador que luego aplicaría para su labor de redactar biografías.

Los caminos de la muerte, Humaitá y Jornadas de agonía son las tres novelas que componen Escenas de la Guerra del Paraguay. En esta trilogía Gálvez intenta reconstruir el drama bélico desde la perspectiva argentina, paraguaya y brasileña. El compromiso con el realismo es tan serio que ciertos diálogos están directamente escritos en guaraní y en portugués.

La estrategia del autor consiste en contar diversas historias unidas por un fondo común. Al igual que en sus novelas sociales, los escenarios son construidos en un tono romántico, mientras que los personajes son presentados de manera realista. De ese modo el costumbrismo y el pintoresquismo terminan por absorber el relato.

Gálvez introduce a Bartolomé Mitre como a un héroe y a Francisco Solano López como a un villano, siguiendo a la historia oficial; sin embargo, al contextualizar a ambos hombres en su época, lo roles se invierten, pues el líder paraguayo es sinceramente idolatrado por su gente, algo que no sucede con el presidente argentino. De ese modo López termina convertido en la encarnación de su pueblo, el cual reacciona con violencia ante las agresiones y lucha con esmero y valentía hasta su destrucción.

Las Escenas de la época de Rosas reconstruyen las luchas decimonónicas entre los unitarios y los federales. Gálvez toma la perspectiva del federalismo, entrando en un contrapunto literario con Amalia, la famosa novela unitaria de José Marmol.

El Gaucho de Los Cerrillos se centra en torno a la figura de Manuel Dorrego, mientras que El General Quiroga aborda los últimos años de vida del llamado "Tigre de los Llanos". Ambos caudillos prefiguran a Rosas, a quien Gálvez se ocupa en exponer como el hombre justo que fue.

La ciudad pintada de rojo, Tiempo de odio y angustia, Han tocado a degüello y Bajo la garra anglofrancesa abarcan el periodo que va desde 1835 hasta 1848. Las novelas giran en torno a la idea de la conversión de los unitarios al federalismo por influencia de su despertar a la conciencia nacional.

Y así cayó don Juan Manuel... cierra el ciclo rosista, relatando los contubernios que se necesitaron para derrocar a Rosas.

A estas novelas históricas hay que agregarle La muerte en la calles, su versión acerca de la defensa patriótica que los criollos de Buenos Aires condujeron en contra de los soldados británicos que intentaron invadir el territorio en 1806 y 1807. El relato fue llevado al cine en 1952 de la mano del director Leo Fleider.

Novelas políticas

Mientras que en las novelas sociales y en las novelas históricas Gálvez buscó construir un escenario en el que los personajes, según sus rasgos psicológicos, actuaran de modo natural, en sus novelas políticas, en cambio, la intención es más bien plantear una tesis. Por ese motivo éstas no están centradas en una única cuestión, sino que abordan diversos temas que afectan al país.

La tragedia de un hombre fuerte, publicada en 1922, es la primera novela galveciana en la que el autor va más allá de la mera denuncia de la situación nacional y propone modos de superarla: al materialismo, al filisteísmo, al cinismo y a la chabacanería que infecta al país y lo corrompe, se lo combate con nacionalismo. Pero este nacionalismo no es una mera declaración sentimental, sino que es un compromiso sincero con la tradiciones, con el orden y con el espíritu.

Ante la clásica dicotomía que en el discurso intelectual argentino enfrenta a la civilización ilustrada contra la barbarie folklórica, Gálvez propone una síntesis: el espíritu dinámico y transformador que irradia desde las ciudades portuarias debe conjugarse con la firme custodia de los valores eternos que el espíritu atesorador manifiesta en las provincias. Campo y ciudad deben convertirse en una armoniosa unidad.

Por ese motivo la novela gira en torno a un ingeniero provinciano que vive en Buenos Aires porque ha sido elegido diputado nacional. Al principio lo encontramos ocupado en atender sus asuntos íntimos, buscando experimentar el verdadero amor. Tras fracasar en sus intentos, se da cuenta de que el amor al que verdaderamente vale la pena entregarse es el amor a Dios y a la Patria. De allí que, al final de la novela, el protagonista se embarca convencido en la misión de regenerar a la Argentina.

Las otras novelas políticas de Gálvez son menos idealistas. Hombres en soledad, quizás su mejor ficción, trata acerca del entusiasmo inicial y de la decepción posterior que produjo en el escritor la Revolución de 1930. El protagonista es un hombre que se ha dado cuenta de que Buenos Aires está poblada por una enorme masa de personas guarangas, ventajeras, hipócritas, inhospitalarias y frívolas. En la ciudad también habitan unos pocos espíritus virtuosos, pero éstos sólo buscan huir de allí e instalarse en Europa, territorio al que lo perciben como exento del calvario de atravesar las desgracias argentinas. Personajes muy diversos aparecen mientras se desarrolla la historia, mostrando cada uno facetas diferentes de los rumbos que el protagonista puede tomar (el más interesante es, sin duda, un exaltado fascista que termina por suicidarse tras la caída de Uriburu). El final de Hombres en soledad, a diferencia de muchas otras de las novelas de Gálvez, no es abrupto, pues se diluye gentilmente mientras deja al protagonista con el interrogante de si la angustiante soledad ontológica en la que vive se acabará una vez que acepte escuchar el mensaje que Dios le ha dado a la humanidad.

El uno y la multitud, por su parte, es una continuación de Hombres en soledad. Ambientada en el primer lustro de la década de 1940, el relato se desarrolla alrededor de dos grandes disputas que enfrentan a los protagonistas: el choque entre los partidarios del Eje y los partidarios de los Aliados, y la tensión entre los terratenientes de las familias tradicionales frente a la generación de abogados y contadores que se han puesto al servicio de los capitales extranjeros y de la especulación financiera (a ellos Gálvez los llama "cipayos").

En la novela queda claro que, para el autor, la masa argentina sólo podrá salir de su naufragio existencial si se encuentra con un conductor que les marque el camino. Los protagonistas creen ver en Perón a ese hombre providencial, pero terminan por darse cuenta de que el presidente es, en realidad, un sujeto sin la fortaleza espiritual ni la entereza moral suficiente como para evitar que la clase obrera termine por devorarlo. Gálvez llama la atención sobre el hecho de que el trabajador que se suma al peronismo no es ese pintoresco obrero anarquista e ilustrado que pululaba a principios de siglo en la Buenos Aires cosmopolita, sino que es un hombre provinciano desarraigado, que sufre la corrupción de su alma ante una modernización que lo acoge pero despreciándolo en simultáneo.

El final de El uno y la multitud muestra a uno de los protagonistas -el que simboliza al nacionalismo argentino- volcándose a una vida contemplativa al amparo de la Iglesia Católica.

Tránsito Guzmán reconstruye el clima que se vivió en la Argentina cuando estalló el conflicto entre el peronismo y el catolicismo durante el año 1955. Frente a los fanáticos que queman iglesias para demostrar quien manda en el plano político, unos pocos argentinos virtuosos se aventuran a la tarea de proteger a la religión que supera cualquier mezquindad del presente. Es decir mientras el país arde en llamas porque su gobierno cayó en las manos de los políticos equivocados, Gálvez destaca la pervivencia de esos aristócratas que son capaces de sacrificarse para rescatar lo más valioso que tiene la Argentina.

Finalmente La gran familia de los Laris es una obra publicada de manera póstuma, y escrita como un desahogo del autor. En ella se resumen los primeros cincuenta años de la vida política argentina, narrando la historia de tres generaciones de la familia Laris. El texto resulta una crónica de la decadencia de los criollos ante un mundo que se transforma sin consultarles ni incluirles. Gálvez ya no pretende ofrecer una solución para los problemas del país, sino que simplemente se limita a advertirles a sus lectores del estado de decadencia en el que se encuentra la Argentina y del enorme potencial que fue penosamente dilapidado durante medio siglo de disputas políticas.

Novelas psicológicas

En las novelas psicológicas, Gálvez construye o bien personajes complejos que se ven enredados en situaciones banales que los superan, o bien personajes simples que deben atravesar situaciones extraordinarias. Más que fabular sobre la interioridad del hombre moderno, Gálvez aspira a explorar los profundos laberintos del alma humana obligada a escoger entre el bien o el mal.

Así en El cántico espiritual se narra la historia de un escultor que experimenta el amor y el arte con tanta intensidad que logra encontrarle un sentido trascendente a la existencia. Las dos vidas del pobre Napoleón sigue el derrotero de un empleado que, por extrañas circunstancias, es seducido por el mal. Y Me mataron entre todos trata sobre un profesor de filosofía que un día adquiere la habilidad de la telepatía y debe enfrentar el descubrimiento de obscuros secretos en quienes lo rodean.

Algunos de los relatos incluidos en Luna de miel y en Una mujer moderna también se inscriben en la literatura psicológica de Gálvez.

Novelas religiosas

Si bien lo católico es algo que atraviesa toda la obra galveciana, lo cierto es que en algunas de sus novelas el tema surge tan explícitamente que es obvio que la intención del autor es reflexionar acerca de la experiencia religiosa.

Miércoles Santo y Perdido en su noche se focalizan en los dramas de quienes han sido escogidos para la vida clerical. La primera novela analiza el tema de la confesión, la penitencia y la reconciliación. La historia presenta a un sacerdote, buen pastor de su grey, que se ve tentado por los pecados carnales y ve o cree ver al diablo (por ello, en la adaptación cinematográfica de la novela que se hizo en 1955, el título es modificado a El festín de Satanás). La segunda novela tiene por protagonista a otro sacerdote, el cual ha optado por convertirse en clérigo sin estar muy convencido de ello, ha experimentado la severidad de las jerarquías eclesiásticas y por ese motivo vive una crisis vocacional.

La noche toca su fin reconstruye la jornada del 11 de octubre de 1934, en la que cientos de miles de hombres decidieron comulgar en las calles de Buenos Aires mientras se desarrollaba el Congreso Eucarístico Internacional. El protagonista es el hijo de un masón que desprecia y ridiculiza a la religión, pero el impacto que le causa ver esa muestra masiva de fe lo conmueve al punto de sentir la necesidad de abandonar su insensatez y aceptar la existencia de un ser superior.

En Cautiverio se desarrolla un melodrama protagonizado por un matrimonio en donde el marido es un devoto católico y la esposa es una mujer seducida por un mundo hedonista. Después de vivir toda clase de conflictos a causa de ello, el vínculo se reafianza al aceptar que la observancia religiosa no es un castigo sino un premio en la vida de la gente.

Teatro

Gálvez sintió interés por el teatro en su juventud, por lo que sus primeras obras pertenecen al género dramático. La conjuración de Maza, El destino, En las redes del amor y La hija de Antenor fueron piezas escritas con el propósito de ser representadas sobre las tablas, pero sólo unas pocas tuvieron esa suerte.

Su consagración posterior como novelista no le quitó, sin embargo, las ganas de continuar incursionando en el ámbito del teatro. De ese modo, cuando Nacha Regules se convirtió en un éxito de ventas, fue el mismo Gálvez quien elaboró la adaptación del relato al lenguaje teatral, transformando a la historia en una comedia dramática de cuatro actos. El crítico Nicolás Coronado -con quien Gálvez había tenido un encontronazo cuando dirigía la Sociedad Cooperativa Editorial- la defenestró, pero eso no desalentó al público que concurrió masivamente a sus presentaciones.

Por esas épocas también escribiría La serpiente contra el hombre, obra a la que el izquierdista Leónidas Barletta intentó poner sobre el escenario en un centro cultural ligado al Partido Comunista, pero que fue saboteada por quienes consideraban a Gálvez indigno de tener un lugar entre los espectáculos patrocinados por los rojos. El hombre de los ojos azules tuvo mejor suerte pues, si bien no llegó a presentarse en el teatro, al menos si consiguió ser publicada para ser leída por los argentinos. El hermano y La casa derrumbada, en cambio, aún permanecen inéditas.

La obra Calibán, autoeditada en 1943, dialoga vagamente con La tempestad, la famosa historia de William Shakespeare sobre el drama de América: ambientada en una provincia argentina cuyo nombre queda escamoteado, el protagonista Próspero -un gobernante liberal de raza blanca- se ve jaqueado y desplazado por Calibán -un dirigente populista mestizo, que fuese criado y educado por aquel mismo que se convirtió en su enemigo. El texto es una metáfora sobre el lamentable triunfo de las masas comandada por un demagogo de ideas izquierdistas, aunque, al mismo tiempo, también reivindica el papel que puede lograr el pueblo que ha despertado de su letargo.

Biografías

La biografía fue un género en el que Gálvez demostró tener maestría. Su libro acerca del fraile Mamerto Esquiú recuenta con respeto y admiración la vida del notable varón católico argentino sin necesariamente inscribirse en el género hagiográfico, pero mostrando que el recorrido vital del sacerdote estuvo vinculado a la Providencia.

Ese motivo del pequeño hombre llamado a cumplir con su gran destino se repite en el resto de las biografías escritas por la pluma de Gálvez, así como también el estilo novelado de los relatos.

En 1938 la revista Aquí está publicó muchas de las páginas que al año siguiente conformarían el libro sobre la vida de Hipólito Yrigoyen. Para construir ese texto, Gálvez entrevistó a decenas de individuos que conocieron personalmente al presidente argentino y las mezcló con sus propios recuerdos acerca del personaje. El resultado es un libro de carácter emotivo, donde la reflexión estética sobre la figura del líder popular opaca a la valoración política acerca de la obra concreta del dirigente radical. A raíz de ello la biografía fue aborrecida tanto por los partidarios de Yrigoyen como por sus detractores, y admirada por quienes no se encontraban ni de un lado ni del otro de la grieta.

Gálvez presenta a Yrigoyen como un caudillo con una fuerte conciencia de lo nacional, que, movido por su sensibilidad social, se puso del lado de las masas obreras pero no con la intención de elevarlas a su altura sino tan sólo con el propósito de protegerlas de la explotación. A esa interpretación de la figura del presidente radical como un líder paternalista, Gálvez la justifica recordando la posición del gobierno ante los eventos de Buenos Aires de 1919 y de la Patagonia de 1921. Además alabó su decisión de promover la familia tradicional (debido a su rechazo de los intentos por legalizar el divorcio en la Argentina), y celebró que, pese a las presiones internacionales, el presidente no hubiese caído en el entreguismo de la soberanía política y económica de la Argentina a las potencias extranjeras.

Su investigación sobre los antepasados de Yrigoyen lo llevó a adentrarse en el contexto de las fuerzas federales del siglo XIX. Eso lo motivó a seguir indagando hasta encontrar a la figura de Juan Manuel de Rosas, a quien Gálvez quiso ver como la fuente de la que el presidente radical abrevó. Completar la biografía sobre el gran caudillo bonaerense le llevó muchísimo esfuerzo al escritor, quien, apasionado por la tarea que se había impuesto, investigó incansablemente en los archivos para rescatar al verdadero Rosas del mar de mixtificaciones en el que lo habían hundido sus detractores. Así por ejemplo, gracias a su pesquisa documental, se encontró el manuscrito de la "Proclama de Napostá", un discurso que el militar argentino pronunció al concluir su Campaña del Desierto.

La aparición de la biografía de Rosas en 1940 coincidió con el auge del primer revisionismo histórico argentino, por lo que Gálvez recibió el caluroso aplauso de los nacionalistas. La mayor crítica que se le hizo fue el haber omitido las referencias a los documentos que utilizó para componer el texto, volviendo a su trabajo poco atractivo como punto de referencia para investigadores interesados en el tema (la intención de Gálvez era escribir un libro accesible para todos los lectores y no uno sólo disfrutable para los eruditos).

Las biografías sobre el uruguayo Aparicio Saravia y sobre el ecuatoriano Gabriel García Moreno publicadas en 1942 pretendían presentar ante el gran público argentino a esas dos personalidades heróicas de sus respectivos países, pero la acogida de las obras fue bastante pobre. Mejor suerte corrió su texto acerca de la vida del controversial Domingo Faustino Sarmiento: allí Gálvez arranca manifestando su justificada aversión por el polémico personaje, pero, a medida que avanza en en el relato, termina comprendiendo y perdonando a la figura del famoso presidente masón que tuvo la Argentina entre 1868 y 1874.

El libro acerca de la vida y obra de José Hernández es digno de aprecio en cuanto a su ejecución, pero no es errado admitir que, en el fondo, no aporta nada nuevo para conocer o interpretar al famoso poeta argentino. Algo similar sucede con su biografía sobre Francisco de Miranda.

La reconstrucción que hizo de la breve existencia del indígena patagónico Ceferino Namuncurá, en cambio, resulta conmovedora, pues se ocupa en señalar que del corazón de las pampas de los salvajes surgió un alma tan noble que la Iglesia Católica se vio obligada a reconocerla como dotada de beatitud.

Crónicas de viajes

En 1913 vio la luz El solar de la raza. Gálvez intentó publicarlo en España pero, por problemas con su editor, la obra terminó siendo lanzada en Argentina. Críticos como Vicente Gay, Gabriel Alomar y Andrés González Blanco la colmaron de elogios.

El libro deja escuchar el eco de El Greco ou Le secret de Tolède de Maurice Barrès. Si bien se presenta como el relato de sus impresiones de España durante las visitas que hizo a ese país en 1905 y en 1910, el texto no disimula su objetivo más profundo: reivindicar a la raza latina y celebrar a la cultura hispánica. En efecto, excediendo el marco inicial de narrar su experiencia como viajero, Gálvez recorre diversas ciudades y pueblos españoles buscando encontrar los rasgos que ayuden a definir a la identidad nacional argentina. Su viaje, por lo tanto, no es un paseo estético, sino una indagación ontológica.

Al contemplar los paisajes españoles y las costumbres de los pueblos ibéricos, el autor reconoce que la clave de la regeneración nacional de su país se encuentra en ese mismo espíritu que abunda en España y que los conquistadores y colonizadores depositaron en la profundidad del alma americana.

La latinidad que el escritor promueve tiene su epítome en Barcelona, puesto que esa ciudad encarna la síntesis de lo español, lo italiano y lo francés. El autor subraya la peculiaridad catalana dentro de la cultura hispánica, y afirma que el vitalismo y el optimismo de sus poetas anuncian el renacer de la grandeza de la raza latina (debe recordarse que la idea de raza para el escritor no es biológica sino espiritual, visible en el uso de una lengua común y en la práctica de una religión específica).

El viaje en Gálvez, en definitiva, descubre, verifica, confirma y restaura las virtudes de la raza hispanolatina. Y concluye postulando la posibilidad de que la Argentina se reconcilie con sus raíces y vea renacer a su pueblo bajo la luz sanadora del espiritualismo católico.

Por otra parte cabe señalar que Gálvez viajó por Europa por tercera y última vez a mediados de la década de 1920, visitando diversas ciudades situadas a la orilla del mar Mediterráneo en un crucero junto a su esposa. Escribió varios textos sobre la experiencia que pretendió reunir unos veinte años después en un volúmen que fuese acompañado por una reflexión acerca de la decadencia de la cultura greco-latina en el mundo contemporáneo y del puesto de la Argentina en el concierto de las naciones del siglo XX, pero el proyecto, lamentablemente, jamás fue concretado.

Ensayos

La obra ensayística de Gálvez aborda diversos temas, pero su hilo conductor es la promoción del nacionalismo cultural. En su libro La vida múltiple reúne un conjunto de textos publicados en las páginas de Nosotros, en los cuales, además de hacer crítica literaria, comenta la obra de pintores y escultores emergentes de la Argentina, destacando como la mayoría de ellos orientaban su arte hacia la tarea de definir la identidad de la nación.

En la colección El espíritu de la aristocracia retoma la cuestión de la presencia de lo nacional en la cultura argentina, reprochándole a las jóvenes generaciones que su desdén por lo propio y lo local los haga producir obras de escaso valor artístico (ese tema fue motivo de una polémica con los redactores de la revista vanguardista Martín Fierro). También allí sostiene que el país, para convertirse en potencia mundial, necesita conferirle el poder a la aristocracia nacional, la cual estaría conformada por todos los individuos con un espíritu virtuoso que pueblan la Argentina y que están dispuestos a evitar los vicios de la demagogia y del anticlericalismo. El libro, además, ganó su merecida fama por las diatribas antifeministas que el autor incluye en sus páginas.

Los artículos de Este pueblo necesita... son una exhortación a sus compatriotas para que construyan una patria libre y soberana, en tanto que los textos de La Argentina en nuestros libros se inscriben en el marco del tópico de la búsqueda colectiva de la esencia de lo nacional. España y algunos españoles es una oda a la cultura ibérica, donde se destaca que lo más valioso de esas tierras se ha expresado como acción y como contemplación (es por ello que España ha sido capaz de producir a un Ignacio de Loyola y a una Teresa de Jesús).

El libro El novelista y las novelas es una suerte de arte poética galveciana, en la que, más allá de explicar cómo se construye un personaje o cómo se desenvuelve una trama, el escritor aporta una valiosa reflexión sobre la narrativa realista en el contexto de la literatura católica.

Por otra parte Gálvez preparó ediciones críticas y antologías de textos de los autores Bartolomé Mitre y José Sixto Álvarez.

También ofició como prologuista, introduciendo a los lectores a obras de Juan Julián Lastra, Arturo Capdevila, Juan Carlos Dávalos, Álvaro Melián Lafinur, Víctor Juan Guillot, Héctor P. Blomberg, Ernesto Laclau, Eduardo Barrios, Juana de Ibarbourou y Luisa Israel de Portela. Junto a José Roberto del Rio preparó una introducción para una edición del Martín Fierro de José Hernández, publicada por la editorial Vidaurreta de Pergamino en 1943. Y Gálvez prologó también la edición que Enrique Stieben y Oscar R. Suárez Caviglia hicieron de la Gramática y diccionario de la lengua pampa que Juan Manuel de Rosas escribiese en su momento, y que publicase la editorial Albatros de Buenos Aires en 1947.

Estudios sociológicos

Si bien en los relatos de ficción de Gálvez abundan las observaciones sociológicas, el escritor produjo igualmente dos textos pertenecientes a ese campo específico. Así, en primer lugar, aparece su tesis doctoral La trata de blancas, un trabajo en el cual investigó sobre las mafias que controlaban el negocio de la prostitución en Buenos Aires, destacando la presencia de proxenetas judíos (Gálvez denuncia el impune arraigo en la Argentina de los inmigrantes hebreos que poco después formarían la notoria sociedad criminal Zwi Migdal).

Por otro lado, su libro La inseguridad de la vida obrera es un análisis sobre el fenómeno del desempleo, en el que Gálvez intenta aportar información sobre el asunto definiendo al concepto de modo preciso, destacando la importancia de tener estadísticas confiables, analizando la situación en otros países del mundo y proponiendo soluciones como las bolsas de empleo y los seguros sociales para combatirlo.

Música

Gálvez cursó estudios de música mientras asistía en paralelo a la universidad en Buenos Aires. Gracias a ello adquirió la capacidad tanto de componer canciones como de interpretar diversos instrumentos. Se interesó sobre todo por los ritmos populares, especialmente por el tango. El escritor disfrutaba de tocar, cantar y bailar tangos, pero en sus primeras novelas la cultura tanguera es claramente despreciada, coincidiendo con la opinión mayoritaria de la época (a principios de siglo XX el tango era visto como música arrabalera, cultivada casi exclusivamente por los sectores obreros). Sin embargo varios años después Gálvez buscó vindicar al tango, puesto que con el avance de las décadas ese estilo musical se convirtió en un símbolo de argentinidad. Es por ello que escribió una veintena de poemas dedicados a celebrar al tango, los cuales, empero, no llegaron a circular compilados todos juntos en un libro.

Por otra parte, aunque estuvo afectado por una progresiva sordera desde su adultez, aún así Gálvez compuso varias piezas musicales: rumbas ("Cuba"), sones ("Don... Din... Don..."), rancheras ("Criolla linda"), valses ("Color cielo" y "Viejos recuerdos"), sambas ("Nostalgias"), choros ("Mis amores"), y, por supuesto, tangos y milongas ("Fijate bien lo que hacés", "'Qué importa' dijiste", "Tres años", "He jurado", "Ya verás", "Del mismo modo", "Me arrincono" y "Voces"). Fue asistido en esa tarea por otros autores como Orestes Mato, Ignacio Brugat, Alfredo Arrocha, Felipe Mitre, Nicolás Amoruso, y los hebreos Valentín Chadicov y Raúl Kaplun.

Su interés por el arte sonoro lo hizo también competente para prologar el libro Historia estética de la música de su amigo el musicólogo Mariano Antonio Berrenechea.

Memorias

Gálvez escribió Recuerdos de la vida literaria, una voluminosa obra en la que pasa revista y da testimonio de seis décadas de vida literaria argentina. "Amigos y maestros de mi juventud", el primer tomo, fue publicado en 1944. Allí rememora su vida durante la primera década del siglo XX, pero su tono no es enteramente evocativo ya que además aprovecha para hacer crítica literaria. Los últimos tres tomos, en cambio, fueron escritos entre 1949 y 1952: "En el mundo de los seres ficticios", que se centra en el periodo que empieza en 1910 y termina en 1926; "Entre la novela y la historia", que abarca las vivencias de Gálvez desde 1926 a 1938; y "En el mundo de los seres reales", que va de 1938 a 1952. Antes de ser entregada a imprenta a principios de la década de 1960, la obra sería ampliada para incorporar nuevas observaciones.

Recuerdos de la vida literaria constituye una radiografía de la vida cultural argentina de su época. Se encuentra entre sus páginas un resumen de los debates intelectuales de la primera mitad del siglo XX, destacándose el enfrentamiento entre los modernistas y los criollistas, la trastienda de la creación de la Academia Argentina de Letras, de la Sociedad Argentina de Escritores y de la versión argentina del PEN Club, el surgimiento de las editoriales nacionales y de las cooperativas de trabajo literario que ayudaron a profesionalizar al oficio del escritor, y, por supuesto, una descripción de notable vivacidad de los matices y la evolución del nacionalismo católico, movimiento al cual Gálvez pertenecía.

Cientos de personalidades son retratadas por el autor, la mayoría de ellas de modo irónico. Leopoldo Lugones es presentado como su principal antagonista: el conflicto entre ambos comenzó en fecha tan temprana como 1903, cuando Gálvez, en las páginas de su revista Ideas, publicó un texto bastante cursi de Lugones sin la autorización del poeta. La rivalidad se acentuó con los años, pues Lugones, durante mucho tiempo, profesó el anticlericalismo y el anticristianismo, y manifestó un importante desdén hacia lo hispánico -todo lo contrario a lo que Gálvez promovía. Quizás el punto más álgido para ambos fue la discusión sobre el laicismo que mantuvieron durante 1914 en las páginas de la revista Renovación y del diario La Nación. Posteriormente, cuando Lugones abandonó el liberalismo y abrazó el fascismo, Gálvez siguió cuestionándolo, acusando al poeta de predicar un violento militarismo en lugar de un verdadero regeneracionismo.

Bibliografía

  • La trata de blancas. Buenos Aires: Imprenta Tragant, 1905.
  • El enigma interior. Buenos Aires: Librería de América, 1907.
  • Sendero de humildad. Buenos Aires: Arnoldo Moen y Hermano, 1909.
  • El diario de Gabriel Quiroga. Opiniones sobre la vida argentina. Buenos Aires: Arnoldo Moen y Hermano, 1910.
  • La inseguridad de la vida obrera. Informe sobre el paro forzoso. Buenos Aires: Imprenta Alsina, 1913.
  • El solar de la raza. Buenos Aires: Nosotros, 1913.
  • La maestra normal. Vida de provincia. Buenos Aires: Nosotros, 1914.
  • El mal metafísico. Vida romántica. Buenos Aires: Nosotros, 1916.
  • La vida múltiple. Buenos Aires: Nosotros, 1916.
  • La sombra del convento. Buenos Aires: Sociedad Cooperativa Editorial, 1917.
  • Nacha Regules. Buenos Aires: Pax, 1919.
  • Luna de miel y otras narraciones. Buenos Aires: Patria, 1920.
  • El espiritualismo español. Buenos Aires: Bayardo, 1921.
  • Historia de arrabal. Buenos Aires: Agencia General de Librería y Publicaciones, 1922.
  • La tragedia de un hombre fuerte. Buenos Aires: Tor, 1922.
  • El cántico espiritual. Buenos Aires: Agencia General de Librería y Publicaciones, 1923.
  • El espíritu de aristocracia y otros ensayos. Buenos Aires: Agencia General de Librería y Publicaciones, 1924.
  • La pampa y su pasión. Buenos Aires: Agencia General de Librería y Publicaciones, 1926.
  • Una mujer muy moderna. Buenos Aires: Gleizer, 1927.
  • Los caminos de la muerte. Buenos Aires: La Facultad, 1928.
  • El hombre de los ojos azules. Buenos Aires: La Facultad, 1928.
  • Humaitá. Buenos Aires: La Facultad, 1929.
  • Jornadas de agonía. Buenos Aires: La Facultad, 1929.
  • Miércoles Santo. Buenos Aires: La Facultad, 1930.
  • El Gaucho de Los Cerrillos. Buenos Aires: La Facultad, 1931.
  • El General Quiroga. Buenos Aires: La Facultad, 1932.
  • La vida de Fray Mamerto Esquiú. Buenos Aires: Tor, 1933.
  • Este pueblo necesita... Buenos Aires: Librería de A. García Santos, 1934.
  • La Argentina en nuestros libros. Santiago de Chile: Ercilla, 1935.
  • Cautiverio. Buenos Aires: Sociedad Amigos del Libro Rioplatense, 1935.
  • La noche toca a su fin. Buenos Aires: Cabaut, 1935.
  • Hombres en soledad. Buenos Aires: Club del Libro, 1938.
  • Vida de Hipólito Yrigoyen. El hombre del misterio. Buenos Aires: Kraft, 1939.
  • Vida de don Juan Manuel de Rosas. Buenos Aires: El Ateneo, 1940.
  • Vida de Aparicio Saravia. Buenos Aires: El Ateneo, 1942.
  • Vida de don Gabriel García Moreno. Buenos Aires: Difusión, 1942.
  • Calibán. Tragicomedia de la vida política. Buenos Aires: Autoedición, 1943.
  • Amigos y maestros de mi juventud. Buenos Aires: Kraft, 1944.
  • España y algunos españoles. Buenos Aires: Huarpes, 1945.
  • José Hernández. Buenos Aires: La Universidad, 1945.
  • Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad. Buenos Aires: Emecé, 1945.
  • Don Francisco de Miranda: el más universal de los americanos. Buenos Aires: Emecé, 1946.
  • El santito de la toldería: la vida perfecta de Ceferino Namuncurá. Buenos Aires: Poblet, 1947.
  • La ciudad pintada de rojo. Buenos Aires: Instituto Panamericano de Cultura, 1948.
  • La muerte en la calles. Novela de las Invasiones Inglesas, 1806-1807. Buenos Aires: El Ateneo, 1949.
  • Tiempo de odio y angustia. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1951.
  • Han tocado a degüello. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1951.
  • Bajo la garra anglofrancesa. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1952.
  • Y así cayó don Juan Manuel... Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1954.
  • Las dos vidas del pobre Napoleón. Buenos Aires: Losada, 1954.
  • El uno y la multitud. Buenos Aires: ALPE, 1954.
  • Tránsito Guzmán. Buenos Aires: Theoría, 1956.
  • Poemas para la recién llegada. Buenos Aires: Theoría, 1957.
  • Perdido en su noche. Buenos Aires: Sudamericana, 1958.
  • El novelista y las novelas. Buenos Aires: Emecé, 1959.
  • En el mundo de los seres ficticios. Buenos Aires: Hachette, 1961.
  • Entre la novela y la historia. Buenos Aires: Hachette, 1961.
  • Me mataron entre todos. Buenos Aires: Emecé, 1962.
  • En el mundo de los seres reales. Buenos Aires: Hachette, 1965.
  • La locura de ser santo. Buenos Aires: Puma, 1967.
  • La gran familia de los Laris. Buenos Aires: Eudeba, 1973.

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