Mesías

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La palabra Mesías (del hebreo מָשִׁיחַ Māšîaḥ; pronunciado: mashíaj) significa, literalmente, 'ungido'. Es una figura político-religiosa y supremacista de las religiones abrahámicas, y se refiere concretamente a un futuro rey descendiente de David, prometido por Yahvé a través de los profetas al pueblo hebreo, para cumplir el pacto hecho con Abraham sobre la tierra de Israel y su dominio político sobre todas las naciones.

La idea de que el Mesías es el hijo de Dios nacido de una virgen y enviado para Salvación de la Humanidad y redención de los pecados, a través del sacrificio en la cruz y el milagro de la resurrección de los muertos, no corresponde con el sentido original de esta palabra y ha sido agregada después por el cristianismo.

El mesianismo es la creencia religiosa que se caracteriza por la esperanza en la llegada de un Mesías (rey ungido de Israel) que surge como resultado de un largo proceso histórico y político, en la antigua Palestina. La cultura mesiánica, depositaria de un saber escatológico que habla sobre el fin de los tiempos y sobre un salvador redentor del pueblo judío, estaba centrada en el concepto del Mesías o Ungido, y su origen se remonta a la época del profeta Daniel, cuando los judíos estaban bajo el poder de los seléucidas.

Etimología

El término «mesías» proviene del hebreo מָשִׁיחַ (mashíaj, 'ungido'), de la raíz verbal למשוח (mašáḥ 'ungir') y se refería a un esperado rey, del linaje de David, que liberaría a los judíos de la servidumbre extranjera y restablecería la edad dorada de Israel. Se le denominaba así ya que era costumbre ungir en aceites a los reyes cuando se los proclamaba. El término equivalente en griego es χριστός (khristós 'ungido'), derivado de χρίσμα (khrísma 'unción'), y es el término ampliamente utilizado en la Septuaginta y el Nuevo Testamento, que en español derivó a la forma 'Cristo', misma que unida al nombre de Jesús, que los cristianos consideran el mesías definitivo, dio la palabra Jesucristo.

Historia

El concepto de un Mesías es original del mundo judío y se explica únicamente en su contexto cultural. La idea de un Mesías no existe en la Torá, los cinco primeros libros del Tanaj, sino que fue un concepto añadido posteriormente. El Mesías, rigurosamente hablando, es el rey de Israel. Pero, en la Tanaj, vemos cómo se utiliza esta expresión para hablar indistintamente de personajes como David, Salomón, Samuel, y también de otros que no son necesariamente judíos, pero que en su calidad de Salvador de Israel, se les denomina de igual forma. Este es el caso de Ciro, rey de Persia, quien ayudó a los judíos a retornar a Palestina tras largos años de destierro y deportación en Babilonia.

No obstante, la imagen más ampliamente extendida en el siglo I sobre el Mesías evoca, de manera irrefutable, a la mítica imagen del Rey David. Es a su figura, mítica o no, a donde deben volverse todas las miradas si se quiere tener una idea relativamente confiable de lo que los judíos de entonces llegaron a representarse por Mesías. El Ungido de Dios, en el mundo judío, es por excelencia el Rey David. Las esperanzas mesiánicas que se reavivaban cada vez que el pueblo judío se veía expuesto a la derrota y la humillación, constantes ambas de su peculiar historia política, tendían a volver siempre sobre esa época dorada que fue su reinado, en cuya descendencia muchos esperaban al Mesías.

Lo cierto es que ese Mesías davídico, en rigor una figura mucha más rústica y concreta de lo que muchos se imaginan, no suponía más que la idea de un rey, descendiente de la casa real de David, que restablecería el reino de Israel, unificando el reino del norte (Israel) con el reino del sur (Judá) y traería al pueblo judío una época de paz, abundancia y prosperidad para todos los judíos (derivado del saqueo económico contra otros pueblos) como la que recordaban de los días del rey David y el rey Salomón. Cierto es que, a medida que avanzaba la historia, y los judíos se iban haciendo de un sin fin de otras necesidades, el restablecimiento de todas ellas también pasó a formar parte de las muchas cosas que se esperaban del Mesías. Así, cuando sucedió que los judíos fueron deportados, y su templo destruido, la restitución de éstas también fueron contadas entre las cosas que debía hacer el Mesías.

Genealogía del mesianismo

El mesianismo del mundo judío estaba basado, esencialmente, en dos componentes completamente diferenciados que no se vinculan entre sí necesariamente. El primero de ellos es la creencia o la esperanza en la llegada de este Mesías davídico. El otro componente del mesianismo es la creencia de que el advenimiento del Mesías será precedido por una época terrible que marcaría de un modo escatológico el fin de los sufrimientos de Israel. Esta concepción escatológica fue elaborada sobre la base de un conjunto de profecías que, en su verdad desnuda, no eran otra cosa que una manera de defenderse ante la amenaza o la realidad de la opresión. De hecho, los judíos fueron los únicos en desarrollar este tipo de profecías, la profecía escatológica que habla sobre el fin de los tiempos. Los judíos se diferenciaban de los otros pueblos en el hecho de que su actitud ante la historia estaba unida a la convicción de que tenían una misión en la historia. A diferencia de los otros pueblos ellos fueron los únicos en estimar que su dios no era únicamente de ellos, sino que era el único dios verdadero de todas las naciones, y que los había escogido a ellos para llevar a cabo la misión de realizar su voluntad, la dominación del mundo. De esas creencias los judíos sacaban variadas consecuencias. Algunos creían que por ser el pueblo escogido de dios, ello les obligaba a iluminar a las otras naciones para llevar la salvación de dios hasta los más apartados rincones de la tierra. Pero, paulatinamente, se fue haciendo más popular la creencia, según la cual, ser el pueblo elegido era sinónimo de un triunfo total sobre las otras naciones (dominación del mundo) y una prosperidad ilimitada que dios les otorgaría en el fin de los tiempos. Esta creencia pudo haberse forjado ante la dura realidad que los judíos tenían que enfrentar sometidos, como estaban, a las derrotas, las deportaciones y la dispersión.

El Profeta Daniel

La apocalíptica escatológica, antes del profeta Daniel, señalaba ya que la nueva Palestina surgiría de una inmensa catástrofe cósmica como un nuevo Edén; que por apartarse de dios, el pueblo judío debería ser castigado con el hambre y la peste, y debería ser sometido a un juicio muy severo que diera lugar a una total purificación; que dicho juicio tendría lugar el día de la Ira en el que el Sol y la Luna se oscurecerían, se juntarían los cielos y la tierra se estremecería; que allí serían juzgados los incrédulos, pero que un remanente salvador de Israel sobreviviría a estos castigos, cumpliéndose con él el designio divino; que, luego de esto, dios no insistiría en su venganza y se convertiría en un libertador; y, por último, que dios, junto con el único sobreviviente, el salvador justo, y los santos muertos, se reuniría de nuevo en Palestina para ser Juez y señor.

Con Daniel, sin embargo, se inicia una apocalíptica escatológica dirigida a los estratos más bajos de la población. Allí, en cuanto al castigo, el tono de voz es aún más crudo. En el sueño de Daniel, escrito hacia el año 165 antes de la era cristiana se fija el primer Apocalipsis que puede ser tomado propiamente como tal. Este es escrito en una época en que Palestina estaba bajo el poder de la dinastía greco-siria de los seléucidas. El pueblo se hallaba dividido entre aquellos que adoptaban fácilmente las costumbres griegas y aquellos que se aferraban a las tradiciones judías. Es entonces cuando Antíoco IV Epífanes interviene a favor del partido pro-griego y prohíbe la práctica de la religión judía. Los pro-judíos responden violentamente a las pretensiones de Antíoco IV Epífanes y dan lugar a la insurrección conocida en la historia judía como la Revuelta de los Macabeos. El sueño de Daniel es escrito en estas circunstancias.

De acuerdo con lo establecido por Daniel en su sueño, el mundo es dominado por un poder tiránico cuya capacidad de destrucción es ilimitada. Según los judíos, el despotismo de ese dominio se hará cada vez más insoportable, hasta que llegue la época del Mesías en las que guiados por él lograran liberarse. Entonces, según los ellos, les será dado a los judíos heredar la tierra y así culminará la historia. El reino de los judíos superará, supuestamente, a todos los reinos anteriores y no tendrá sucesor.

Construcción de la Idea del Mesías

Desde la anexión de Palestina por Pompeyo, en el año 63 antes de la era cristiana, hasta la primera guerra judeo-romana de los años 66-73, la lucha de los judíos en contra de los romanos era estimulada por esta apocalíptica militante que databa de los tiempos de Daniel y que no había dejado de elaborarse desde entonces. Así, la propaganda subversiva en contra de los romanos se acomodaba muy bien con la fantasía de un salvador escatológico. Ese salvador del pueblo de Israel fue concebido, al comienzo, como un simple monarca descendiente del rey David y restaurador de la Nación. Pero con el tiempo, a medida que la situación política se hacía más desesperada, el semblante de este salvador se fue transformando, paulatinamente, hasta aparecer como la figura de un ser sobrehumano dotado de poderes excepcionales. En el sueño de Daniel, el Hijo del Hombre (forma particular que cobra en Daniel la figura del Salvador), parece personificar a todo Israel. No se trata allí, por tanto, de la figura de un solo hombre: el Mesías profetizado no sería otro que el propio pueblo judío. Pero, apenas un siglo más tarde, esta idea había cambiado, adquiriendo los ribetes fundamentales con los que aparecería en los tiempos de Jesús.

Desde Daniel a Esdras el sentido y la significación del Mesías se ha ido transformando, precisando y especificando. Menos de un siglo los separa. En Esdras, la significación del Mesías es mucho más concreta que en Daniel: el Mesías es el León de Judá, que con su rugido consume a su última bestia, el águila romana; y es también, el Hijo del Hombre, que aniquila con la tormenta y con el fuego de su aliento a las multitudes de gentiles y reúne a las diez tribus dispersas de Israel por tierras extrañas y establece en Palestina un reino de paz y de armonía. En todos estos apocalipsis la cizaña, el rencor y el espíritu revanchista en contra del victorioso Imperio romano es evidente.

Apocalipsis de Baruch

En el Apocalipsis de Baruch, el Mesías aparecerá únicamente en el momento culminante de la historia. Según Baruch, debe venir un tiempo de terrible opresión e injusticia, el del último y peor imperio, que para ellos, por cierto, se identifica con el Imperio romano. Cuando el poder de los romanos sobre los judíos haya alcanzado su punto culminante aparecerá el Mesías. El Mesías de este período es representado como un gran guerrero que vencerá y aniquilará a los ejércitos enemigos, tomará cautivo al caudillo de los romanos y lo ajusticiará en el Monte Sión. Luego de esto establecerá un reino que permanecerá hasta el fin de los tiempos. El pueblo judío, entonces, dominará sobre todas las naciones.

Mesianismo en el siglo I

La cultura judía del siglo I, se halla particularmente sugestionada por las esperanzas de una era mesiánica. Como nunca antes, los judíos del siglo I esperaban la llegada del Mesías. No hay que olvidar que el levantamiento en armas contra Roma tiene lugar el año 66 de la era cristiana, apenas veinte años después de la muerte de Jesús. Los manuscritos de Qumrán, que dan cuenta de una profunda religiosidad escatológica y mesiánica, han sido datados, de acuerdo con el método paleográfico, entre el año 175 antes de la era cristiana y el año 70 de la era cristiana. Es una época ampliamente influida por el pensamiento apocalíptico y escatológico del profeta Daniel y los Apocalipsis de Esdras y Baruch (escritos apenas 80 o 90 años antes del nacimiento de Jesús). Es, definitivamente, una época mesiánica como no la había conocido nunca antes Israel, y como no la volverá a haber nunca más.

Debido a que el conflicto con Roma se hizo cada vez más duro, el mesianismo se fue transformando en una cuestión cada vez más popular. Fue precisamente esta fe demencial en un Mesías prometido lo que impulsó a los judíos al levantamiento contra Roma que culminó con la destrucción del Templo y de Jerusalén hacia el año 70 de la era cristiana. Y fue también el mismo mesianismo el que los condujo a la sangrienta revuelta del año 131 de la era cristiana, encabezada por Simón Bar Cochba, el último de los Mesías de ese período de la historia de Israel. La ejemplar represión contra este último levantamiento judío terminó por opacar su belicosidad política y acabó definitivamente con sus esperanzas en un Mesías guerrero. A partir de allí, surgirán entre las comunidades dispersas muchos Mesías, pero ninguno de ellos capaz de encabezar un levantamiento armado.

El mesianismo de los días de Jesús estaba alentado por la ocupación romana y el despótico reinado de los reyes Herodes. Pues, aunque dichas concepciones se remontan a una época muy anterior a la ocupación de Roma, está claro que desde que Pompeyo anexó Palestina al Imperio Romano, las fantasías mesiánicas del pueblo judío se agudizaron hasta transformarse en una apocalíptica militante y subversiva. Este es el contexto histórico que ve nacer a Jesús. La Palestina de esos días es el escenario del nacimiento de muchos Mesías: sabemos del caso de Judas el Galileo, que hacia el año 6 de la era cristiana se sublevó contra los romanos auto-proclamándose Mesías. Luego hay un tal Theudas, que hacia el año 44 persuadió a una muchedumbre para que le siguiese llevando sus bienes hasta el Jordán y que tras auto-proclamarse Mesías, fue ordenado decapitar por el procurador romano Fadus. En los mismos días de Jesús, el procurador romano Poncio Pilatos, ordenó ajusticiar a Al Yaced, el Mesías samaritano, en las faldas del monte Jerisín. Y, bueno, para que hablar de Juan el bautista, también considerado Mesías, en su época, y decapitado por Herodes Antipas. Luego están Jesús el carpintero de Nazareth, crucificado en Jerusalén, y Santiago, su hermano mayor, también decapitado en Jerusalén; Simón el mago, Simón Bar Cochba e incluso, el propio Franz Montano, entre otros tantos, pues la lista es larga. Y no podía ser de otro modo, dado el grado de sugestión que los judíos de esa época experimentaban con el tema mesiánico. Jesús es uno más, entre otros muchos, que creyeron ser portadores de las buenas nuevas para el pueblo judío. Este es un punto central para lo que venimos diciendo. Pues nos ayuda a poner las cosas en orden, a situarlas en su contexto histórico y a limpiarlas y despejarlas de todas las leyendas sobre Jesús que fueron elaboradas después. Reescribamos, pues, la historia de Jesús, sirviéndonos únicamente de los datos que pueden ser probados por la moderna historiografía, y reconstruyamos, luego, la forma en que, paulatinamente, se le va a ir invistiendo de caracteres que, ciertamente, el Jesús real nunca tuvo.

Cristianismo

El cristianismo establece la creencia de que las profecías hebreas respecto al Mesías se referían a Jesús de Nazaret, por lo cual es llamado con el título, traducido al griego como "Cristo" ('Ungido').

Jesús de Nazaret fue uno de tantos predicadores judíos que hubo en Judea durante la convulsa ocupación romana y que se autoproclamaron Mesías. Muchos judíos le reconocieron como tal y le siguieron, sin embargo, las autoridades fariseas, con un autogobierno limitado bajo Roma, estaban obligadas a suprimir cualquier tesis sediciosa como como la que predicó Jesús al proclamarse "rey de los judíos" y proclamar el inminente establecimiento de su reino. Debido a ello, y a instancias de los fariseos, el predicador y líder de la secta fue ejecutado en Jerusalén hacia el año 33, mediante crucifixión con el cargo de sedición contra Roma.

Posteriormente el judío fariseo Saúlo de Tarso no tardaría en llamarlo, en vez de Mashiaj, Χριστός (Christós), que es la traducción griega de la palabra "Mesías". Tras cambiarse el nombre a Pablo, predicó la figura de "Cristo", indisolublemente unida a la rebelión contra Roma, por todo el Imperio, difundiendo el cristianismo fuera del estrecho círculo judío e introducido en Roma cual doctrina de agitación y subversión en contra de la autoridad del emperador.

Esta secta judía marginal, conocida luego como los primeros cristianos, abrazó las esperanzas mesiánicas contenidas en el sueño de Daniel. Para ellos, ahora esas esperanzas mesiánicas estaban cifradas en una segunda venida de Jesús. Los cristianos o nazarenos, como se les conocía entonces, consideraban la historia (al igual que los judíos que los habían precedido) como dividida en dos épocas, en el antes y el después de la victoriosa venida del Mesías. Como el Mesías se había apersonado en la figura del carpintero Jesús, los nazarenos confiaban en la inminencia de una segunda venida, victoriosa y final. La convicción de los cristianos era la de que la segunda venida de Jesús ocurriría pronto, en poder y majestad, y que se establecería un reino mesiánico sobre la tierra que duraría mil años. Dado que los cristianos no eran otra cosa que un movimiento de reforma del judaísmo, imaginaron la época mesiánica con las categorías de las apocalípticas judías. Ahora bien, la idea de que la segunda venida era inminente fue, poco a poco, perdiendo su vigor y su fuerza. A medida que pasaban los años fue haciéndose evidente que la segunda venida de Jesús no estaba a la vuelta de la esquina. Paulatinamente, los innumerables Apocalipsis cristianos fueron siendo desacreditados hasta no subsistir más que uno solo, el Apocalipsis de Juan. De todos modos, pese a que la segunda venida de Jesús no se produjo nunca, el cristianismo logró imponerse.

Rechazo del judaísmo oficial

El judaísmo oficial rechaza que Jesús sea el Mesías ya que, ateniéndose a las fuentes originales en hebreo, la figura de Jesús de Nazaret no cumple estrictamente con las condiciones que dan las escrituras hebreas para reconocer al Mesías.

Por ejemplo, un versículo de Isaías en la traducción cristiana dice:

Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.
Isaías, 7:14

Sin embargo, en el texto original en hebreo, la palabra usada en lugar de "virgen", es almah que no significa "virgen" sino "mujer joven". 'Virgen' en hebreo es Betulah. Asimismo, se señala que según Isaías el nombre del Mesías es "Emanuel" ("Dios con nosotros") y no "Jesús" ("Yahvé es Salvación").

Pese a que el judaísmo oficial niega para sí mismo a Jesús de Nazaret como el Mesías, es un hecho que los judíos tuvieron que influir de alguna manera en la población gentil, y esa fue a través de una nueva versión de su religión, lo que en esencia conduciría al crecimiento de su propio poder. Ellos jamás habrían podido ejercer la enorme influencia que hoy poseen sólo con su religión, misma que a nadie interesaría sino a ellos. Sin esta astuta influencia ideológica, actualmente los judíos serían tan solo una pequeña tribu de Medio Oriente encerrada en su propio mundo supersticioso y apenas con alguna importancia. Sólo con el auge del cristianismo y el islam, los judios pudieron convertirse en un factor muy importante en el mundo, simplemente porque estas dos ramas se vinculaban a ellos como su origen.

Función y significado

El concepto de lo que significa en realidad la figura del Mesías se extrae principalmente de los textos proféticos (Isaías, Jeremías, Oseas, Miqueas y Zacarías) que anuncian la aparición de un futuro líder judío, descendiente directo de la línea de David, que llevará a cabo la redención política y espiritual del pueblo judío. Reunirá a todos los judíos del mundo y los llevará nuevamente hacia la Tierra de Israel y llevará a cabo la restauración de Jerusalén (Isaías 11:11-12, Jeremías 23:8, 30:3; Oseas 3:4-5). Establecerá un gobierno en Israel que será el centro de todo el gobierno mundial, tanto para los judios como para los gentiles, poniendo a todas las naciones (goym) en absoluta sumisión y servidumbre para los judíos y para su dios Yahvé (Isaías 2:2-4; 11:10, 42:1). Este líder reconstruirá el Templo de Jerusalén y restablecerá su culto (Jeremías 33:18), restaurará el sistema de corte religiosa de Israel y establecerá la ley judía como la única ley sobre la tierra (Jeremías 33:15).

En la Olam Ha-Ba ("La Era Mesiánica"), todas las naciones reconocerán al dios judío como el único y verdadero dios y a la religión judía como la única religión verdadera (Isaías 2:3, 11:10, Miqueas 4:2-3; Zacarías 14:9). Todas las naciones del mundo reconocerán al Mashiaj (Mesías) como el líder mundial, y aceptarán su dominio.

Comienzo de la Era Mesiánica

Según el propio judaísmo y la masonería, los judíos tienen un tiempo limitado para cumplir todo esto, o al menos es lo que ellos mismos han establecido con el propósito de motivar a sus congéneres a acabar y tener éxito en la creación del Nuevo Orden Mundial. Según las fuentes clásicas judías, el año hebreo 6000 (año gregoriano 2239) marca el último tiempo para el inicio de la Era Mesiánica. El Talmud, el Midrash, y la obra cabalística, el Zohar, establece que la 'fecha límite' en la que debe aparecer el Mesías es de "6000 años a partir de la creación". Según la tradición, el calendario hebreo comenzó en el momento de la Creación, datada en el año 3761 a.C. El Rebe de Lubavitch, como otros, sostiene que el Mesías debe llegar antes del comienzo del Shabat del año 6000.

El año hebreo correspondiente al año 2016 es 5776, por lo que a partir de ese año quedan alrededor de 224 años para que los judíos hagan cumplir sus profecías. Para el año 2100 planean ya haber exterminado totalmente a la raza blanca de la faz de la Tierra y posteriormente arruinarán por completo a China, Japón, la India y otras potencias.

Requisitos para ser el Mesías

Los requisitos legales para reconocer al Mesías están contenidos en el Tanaj; Estos identifican al Mashíaj esperado por los judíos y los cuales deben cumplirse al pie de la letra.

  • El Mesías debe de ser judío. (Deuteronomio 17:15, Números 24:17).
  • Tiene que ser miembro de la tribu de Judá (Génesis 49:10) y descendiente varón directo tanto del Rey David (I Crónicas 17:11, Salmo 89:29-38, Jeremías 33:17, II Samuel 7:12-16) como del Rey Salomón. (I Crónicas 22:10, II Crónicas 7:18).
  • Tiene que reunir al pueblo judío del exilio y devolverlos a Israel. (Isaías 27:12-13, Isaías 11:12).
  • Tiene que reconstruir El Templo Judío en Jerusalén. (Miqueas 4:1).
  • Tiene que traer la paz mundial. (Isaías 2:4, Isaías 11:6, Miqueas 4:3).
  • Tiene que convencer al mundo entero para que reconozcan y sirvan a Yahvé. (Isaías 11:9, Isaías 40:5, Sofonías 3:9).

Numerosos mesías

Desde los días del profeta Daniel hasta Simón bar Kojba una innumerable cantidad de Mesías hizo su aparición en todo el mundo judío, reivindicando uno u otro aspecto de los contenidos esenciales del mesianismo. Una lista detallada de aquellos Mesías que han logrado cruzar la barrera del tiempo y llegar hasta nuestros días ilustra hasta qué punto la obsesión mesiánica era algo extraordinariamente popular en esos días. De los cientos de Mesías que hubo en la Palestina de los siglos I y II los siguientes aquellos de quienes se tiene registro en la historia.

Fuente

  • Martín Geneve, El Mito de Cristo.

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